Acudo a reportear el cierre de campaña de López Obrador y corroboro el fenómeno que envuelve al protagonista de nuevos tiempos para el país.
Todo apunta que ganará la elección del próximo domingo. Es todo un caso. El hombre concita fobias y pasión. Esto último es impresionante. La cita es a las 2 de la tarde y antes ya había varios miles allá en Los Fuertes. Se soportó un aguacero de casi una hora y el flujo de simpatizantes no paró.
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Llegué al monumento a Zaragoza en un autobús urbano donde más de la mitad van al acto. Dos combis llegan atrás y todos los viajeros van al mismo destino. Personas de clase media y media baja, familias enteras, con paraguas, impermeables, chamarras y gorras.
Parecen ir a una peregrinación. Van contentos, no les importan los nubarrones que ensombrecen el cielo. La espera es de casi tres horas y sigue llegando la gente. Esta casi cubierta la plaza de La Victoria.
Llama la atención la proliferación de personas de la tercera edad, jóvenes y niños. Recogen en el trayecto banderines, paraguas, carteles, playeras y gorras. No veo tortas ni refrescos como pago a la concurrencia.
El entusiasmo de la gente es como de una feria. A falta de paraguas desatan las grandes lonas de propaganda y las convierten en tiendas improvisadas para evitar el remojón. Junto a mi está una señora como de unos 35 años. Su aspecto es humilde, su conversación festiva, los ojos mezcla de curiosidad y esperanza.
“Yo vengo de San Ramón, ¿conoce usted por allá?” Si allá al sur de la ciudad, claro. “Ayer vine al acto del PRI, también al cierre de campaña. Bueno, nos trajeron, nos trajo Antorcha, pero orita vengo por mi gusto…mi hija también vino con sus niños, por ai andan..”
“Lo que queremos es que cuando llegue a gobernador Barbosa nos regularice las colonias. Allá hay muchas colonias irregulares. Pagamos las casas pero no nos dan escrituras. Y nos usan para todo. Pero mire usted, ayer fuimos con los del PRI pero los líderes antorchistas gritan y echan porras, nomas los de las primeras filas…los de atrás nos quedamos callados. Allá toda la gente que yo conozca va a votar por Morena, por eso venimos aquí…”
El relato coteja los dos tipos de movilización que se dan en tiempos de elecciones. El acarreo típico, con tortas, refrescos y pago, y el señuelo de beneficios secundarios. Grupos controlados, como mercancía que se alquila para gritar consignas a favor o en contra según sea el caso. Estribillos anotados, ensayados, repetidos; cantinelas que un hombre con altoparlante repite a todo pulmón, y que los seguidores secundan mecánicamente.
Y la contraparte: gente que gastó en dos o tres combis o camiones, procede de lejos con hijos y abuelos, trae unas tortas aplastadas y botellas con agua que comparten todos. Se acomodan aquí y allá; el vestuario es modesto, la convicción indudable, el entusiasmo a flor de piel a prueba de chubascos.
Aquel hombre octogenario, con bastón viejo, pantalón guango, gorra mojada y paso un poco titubeante buscando acercarse lo más posible al presídium; esa señora joven que sentada en el pasto comparte una torta con su hijo de 5 años y le da la mitad de su botella de agua; la dama encopetada de colonia alta, que luce buen calzado, vestido fino y paraguas caro. Maestros, muchos maestros, mezclados con jubilados, burócratas y hombres del campo.
Ironías visibles y rodantes: muchos microbuses que lucen el cartel de Martha Erika Alonso de Moreno Valle, ahí están formados en las calzadas de Los Fuertes, con gente que traen del interior del estado.
La plaza está llena y entra el hombre repartiendo saludos. Luce eufórico, derrocha sonrisas, apretones, hay estallidos de animación y miles de fotos con celulares. Tarda más de media hora en llegar al presídium y pronuncia un discurso de 38 minutos.
Domina a la multitud como un director de orquesta. Hay estallidos de delirio y largos silencios para escuchar. La retórica conecta a la perfección con los miles de seguidores. Habla fluido, combina humorismo con anuncios de gobierno; riega ofertas, sella compromisos, toca todos los temas.
La clave de su discurso es el lenguaje de la gente de la calle, los temas de la cotidianidad; términos sencillos, palabras llanas pero no vulgares. Se entiende con su gente como si fueran pitcher y cátcher. No hay barreras entre él y la gente, el aparato de seguridad propio de los poderosos –si lo hay- no se nota; su estado mayor es una abigarrada multitud que lo sigue como a un santo laico.
El encuentro entre el líder y sus seguidores es intensamente emocional. Rompe todos los moldes de un mitin político como hemos visto miles. Contrasta frontalmente, por ejemplo, con las giras de un presidente de la república: auditorios cerrados y controlados, barreras metálicas, círculos de seguridad severísimos del Estado Mayor; revisiones como de antiterrorismo; discurso con tele promter, lenguaje acartonado, aplausos por nota, invitados con secciones privilegiadas; todo teatral con guión reiteradamente supervisado.
Y con sentido común uno deduce: quien consiga hacer exactamente lo contrario a todo esto, con suma facilidad conquista al público objetivo. El hartazgo también abomina la liturgia que el tiempo ha gastado, que huele a maquillaje, a oropel, a teatro, a escenografía.
Pero lo que hace la diferencia entre los concurrentes a un mitin político es, indudablemente, la actitud del participante. ¿Va o lo llevan? ¿Acude o participa?, ¿está ahí por conveniencia o por convicción?, ¿hay coacción o espontaneidad? Y de esa actitud se va a derivar el voto.
Y luego los cálculos: por cada concurrente espontaneo, ¿cuántos votos hay atrás de parientes, amigos o conocidos que no pudieron ir por angas o mangas?
La actitud del asistente es, en definitiva, la clave para medir la calidad de quienes asisten a un acto político.