Miércoles, 20 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

López Obrador

¿Pasado, polarización y autoritarismo? El revés de las críticas.

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Jueves, Junio 7, 2018

 

No reaccionar frente a la catástrofe, porque puede venir otra peor, es el resultado de un pensamiento arbitrario, conformista y que, lejos de encarar el futuro como una posibilidad, prefiere quedarse con su pequeño privilegio, sin siquiera considerar que también éste desaparecerá.

Más artículos del autor

 

La tarea del filósofo no puede consistir en apoyar o denostar candidatos. Sin embargo, éste no puede quedarse callado frente a los acontecimientos de su época. Le corresponde entonces el deber de expresarse sobre su época al mismo tiempo que sobre las coyunturas más inmediatas, tratando, de forma imposible, de hacerle justicia a ambas escalas de tiempo.

Todo acontecimiento político que tienen lugar en el mundo, por lejano que parezca estar del “centro”, no solamente posee la dignidad de pertenecer al presente, sino que forma parte del entrelazamiento de eventos que constituyen la historia humana. Por esta razón la elección mexicana de julio del 2018 no debe ser leída como un episodio más en una provincia tropical, sino como un evento que extrae su sentido de un contexto global y local a la vez.

López Obrador se ha hecho blanco de tres críticas fundamentales: a) que su política está fuera de tiempo porque mira a políticas sociales y económicas del pasado que “ya han demostrado no funcionar”; b) que su actitud política polariza a la sociedad; y c) que él representa una tendencia antidemocrática, visible en abierta hostilidad contra sus adversarios, sean políticos, empresarios o medios de comunicación. Sin embargo estas críticas niegan que: a) a la luz de la crisis de la economía neoliberal en el resto del mundo, tanto derechas como izquierdas están reevaluando “el pasado” y no negando la existencia de la crisis y peor aún, tomando este modelo económico como si fuera vanguardista, como lo hacen los detractores de López Obrador; b) la polarización que ha provocado la candidatura de este último surge de una división ya existente en la sociedad mexicana, producto de desigualdades económicas resultantes del modelo neoliberal, mientras que la polarización que promueven los otros candidatos, se funda en el miedo y el odio, muchas veces con tintes de clase; c) que la catástrofe autoritaria no es una posibilidad, es ya una realidad.

 

  • El presente
  • ¿Qué es el presente? Preguntémoslo seriamente. ¿Viven en el mismo presente el norte, el centro y el sur del país? ¿Viven en la misma temporalidad el agricultor, el empresario, el intelectual, el político y el científico? Para pertenecer al presente, ¿debe el político saber sobre la radiación de fondo? ¿Y debe el científico conocer la historia del neoliberalismo y de la globalización? ¿Viven en la misma escala los que han sufrido la noche de los 400 años y los que amanecieron en el siglo XXI, convencidos de la irrefutable virtud de la globalización? Se habla del presente con mucha ligereza, pero ¿qué ha cambiado realmente con la Independencia, con la Revolución, con el PRI, con la alternancia para la vida concreta de tantos, de tantas?

    Se repite hasta el cansancio el lugar común de que América Latina no ha conocido la modernidad, que ésta es un fenómeno europeo y norteamericano. Pero la modernidad no es un “modelo” que pueda ser aplicado aquí o allá, se trata de un acontecimiento “civilizatorio”. La conquista de Tenochtitlán es un evento moderno. El encuentro entre el “viejo” y el “nuevo” mundo es un evento moderno. Y ese experimento llamado la Nueva España es un experimento moderno. Moderna es la conquista de los mares como la vida bajo esa misma conquista. La modernidad tiene esa doble cara, siempre la tuvo. América Latina fue moderna desde la conquista. O al menos fue tan moderna como la madre España.

    Durante demasiado tiempo se dijo: América Latina, África y Asia deben mirar a Europa, porque, si hacen bien las cosas, ésta posee el rostro de su futuro. La “ignorancia”, el desempleo, la pobreza, la injusticia, todo eso desaparecería, si se aplicaban los métodos correctos. Pero ¿cuál era el método? La conquista primero, el imperialismo después, el modelo de dependencia por deuda al final. Eso era parte del modelo: unos a expensas de otros. ¿Cómo repetirlo sin invertir la dominación a través de medios violentos? Europa no resolvió sus conflictos de clase, simplemente los expulsó de su territorio. Vivió así los años dorados del estado de bienestar tras la segunda guerra mundial. Parecía que el mundo debía mirar hacia allá e imitarlos. Sin embargo, tras las reformas neoliberales, ese mundo se acabó. Se dijo que era económicamente insostenible para el Estado. Se dijo en el momento en que la capacidad productiva del mundo rebasaba con mucho las necesidades materiales de la población mundial y en que la riqueza se acumulaba y concentraba en unos cuantos actores económicos. El mundo nunca había sido tan rico, tan exuberante, tan pujante … y al mismo tiempo, tan injusto. Así sucedió la paradoja de paradojas: resultó evidente que Europa no era el mundo por venir que debía esperar el mundo precarizado, sino todo lo contrario: el mundo precarizado era en realidad el futuro de Europa y de Estados Unidos. Y es que si hubo un mundo no precario, éste se debió a la precariedad de otros.

    Poco a poco el rostro del centro del mundo, de occidente, se fue aproximando al del “tercer mundo”. Para allá vamos todos, excepto unos cuantos. Nos preguntamos entonces: ¿es el estado de bienestar el futuro o cosa del pasado? ¿Representa la pobreza generalizada el pasado de la humanidad, que poco a poco abandonamos, o más bien el futuro, resultado de la lógica económica actual?

    En los años 80 el mundo dio un viraje. Preparado por el final del patrón oro y el anuncio de una guerra de las divisas, comienza el experimento del neoliberalismo. Hubo razones: el viejo modelo keynesiano que parecía haber salvado a E.U. de la crisis económica y el estado de bienestar europeo de posguerra habían conducido a inflación y estancamiento económico. Vinieron la destrucción de sindicatos, las privatizaciones y el eslogan de Clinton: it’s the economy stupid! Pero hoy vemos la devastación ecológica, la concentración de la riqueza, crisis económicas globales (derivadas de la especulación) que se creían ya imposibles, presentan un mundo anterior a las guerras mundiales. Según el estudio de Pikkety, la concentración de la riqueza es, tras el reinado del neoliberalismo, equiparable a la que existía en Inglaterra en la revolución industrial. Nuestro presente es un abierto retroceso en cuanto a ganancias sociales. Nuestro mundo liberal es económicamente más sofisticado, pero políticamente más pobre. Posee instituciones bancarias internacionales, pero en términos de justicia social, no posee las organizaciones más elementales.

    Llegamos entonces a López Obrador. Se le acusa de vivir en el pasado, de pensar en modelos económicos anteriores al neoliberalismo. Pero es que, en el mundo entero, se piensa ya desde los más diversos horizontes en alternativas al neoliberalismo, lo que incluye repensar y reconsiderar el pasado.  En el mundo entero, tanto la derecha, como la izquierda se levantan contra las consecuencias perversas de la globalización, comienzan a proteger sus mercados, entran en guerras de precios. La derecha, lo hemos visto en Europa del Este, pero también en Europa central, aunque en menor medida, se vuelve hostil a la globalización y hace llamados nacionalistas. Los nacionalismos se desatan de nuevo. Y en E.U., estamos forzados a verlo todos los días, Trump representa también la reacción conservadora contra el libre mercado, el neoliberalismo y la globalización. En realidad, las alternativas de la derecha no son alternativas en absoluto, pero sirven como síntoma innegable del “malestar en la globalización” como la ha llamado Stiglitz.

    Por su parte, la izquierda contemporánea ha producido diversos movimientos globalifóbicos, pero también nuevos llamados al keynesianismo o a la conservación de antiguas formas de vida (con sus sistemas legales, de salud, de crianza, etc.). Si en algún tiempo ser liberal significaba ser de izquierda, hoy el neoliberal es quien se cierra al futuro y desea quedarse en el siglo pasado, en los 80s, con una economía que no ha funcionado. Por el contrario, la izquierda más pujante hoy no pide progreso, sino detenerlo y reconocer otros modos de organizar la sociedad y la economía propios de pueblos indígenas. Hoy que los modernísimos economistas apelan a la sustentabilidad, ¿no deberían reconocer en muchos pueblos “antiguos” la genialidad de haber hecho compatible la vida en la ciudad y la conservación ecológica? ¿Quién está antes y quién después? La apelación a modelos “viejos” que tanto se critica en López Obrador en realidad responde a una crisis planetaria. No por ello está asegurado el éxito de su apuesta, pero resulta más moderno, más contemporáneo reconocer, como el planeta lo está haciendo de innumerables maneras, que la modernidad, el progreso, el supuesto libre mercado y la globalización han mostrado ya fuerza destructiva: del lazo social, de formas de vida, de la naturaleza, etc. Es más moderno quien reconoce la crisis que quien, creyéndose moderno, defiende su presente más estrecho, sin ver que éste se decidió hace décadas y que hoy se encuentra en su crisis más escandalosa.

    Mirar hacia atrás reconociendo la crisis actual, como lo hace López Obrador, es más contemporáneo que negar la crisis del modelo neoliberal, como lo hacen sus detractores, haciendo además alarde de ignorancia de lo que ha pasado en los últimos treinta años. Es más contemporáneo reconocer la desorientación del mundo que, regodeándose en petulancias pseudo-intelectuales, afirmar que se conoce el mundo presente e, incluso, tanto mejor, cuál es el verdadero futuro al que debemos transitar. La modernidad, stricto sensu, posee elementos profundamente chovinistas (europeos), antiguas formas de vida ofrecen conocimientos para el futuro, el rostro demacrado del tercer mundo se convierte en el espejo futuro del primer mundo, la derecha en otras partes del mundo y la izquierda se preguntan por modelos anteriores de cara a la caducidad del modelo presente. Para quien no ve nada de esto no hay lazarillo que le ayude, ni comentario que le instruya.

  • La polarización
  • La política existe porque acepta una pluralidad irreductible de posiciones y actores. Es evidente que la política polariza y debe polarizar, pero solamente en su esfera. Es decir, el diferendo, la campaña política, la polémica en las cámaras, todos ellos son modos de la polarización y el conflicto, pero que se procesan de manera regulada. Los primeros en denunciar la polarización son siempre aquellos en vías de perder su poder. Ahora, cuando las instituciones no son capaces de procesar el conflicto, la política, irremediablemente, las desborda. Es así como emergen los movimientos sociales. Pero, cuando resulta posible, nuevamente, articular dentro del juego político el diferendo, sobre todo en un escenario de desigualdad económica, es natural ver emerger la polarización. Ningún político posee el poder y la magia de polarizar por su mera voluntad. El político no tiene otro camino que capitalizar la polarización ya existente. Los primeros en “denunciar” la polarización son aquellos que pretenden ocultar las diferencias realmente existentes, que son de naturaleza económica, pero también de acceso al poder y la justicia. 

    En esta lógica, deberíamos acusar a los revolucionarios franceses de polarizadores y, en territorio conocido, también a los independentistas, a Madero, Villa y Zapata, incluso a la oposición que “polarizaba” a la sociedad en contra del PRI. La polarización política es reflejo de otras polarizaciones. Pero ¿no es un gran logro reconducir la polaridad social al juego político regulado para que se dirima ahí?

    Pero reconozcámoslo, hay polarizaciones que no tienen un fondo social, ni económico, sino más bien ideológico, en el sentido más pobre de la palabra. Estas polarizaciones son las que se derivan de los venenos más mortales para toda sociedad: el miedo y el odio. El discurso de López Obrador se ha nutrido de la polarización social, solamente. Recordemos el lema de una de sus campañas “por el bien de todos, primero los pobres”. Pero quien le acusa a él o a cualquier otro candidato, sobre una base no política, es decir, apelando al miedo y al odio, ese es responsable de envenenar a la sociedad y es el verdadero y despreciable polarizador.

    Quizá lo más lamentable de las campañas políticas no resida en los ataques que se dirigen los candidatos entre sí. Ello, por tedioso y degradante que resulte, es algo que podemos esperar. La tragedia tiene lugar cuando los fieles de los candidatos comienzan a atar no al candidato, sino a los votantes que se decantan por los adversarios. Un vistazo a las redes sociales nos presenta una jauría furiosa denostando a otros ciudadanos por sus preferencias electorales. Lo terrible es que los comentarios más virulentos suelen descansar en tendencias abiertamente clasistas y fascistas, que se nutren del miedo y el odio sembrados sistemáticamente.   

     

  • El autoritarismo
  • Debemos guardarnos de toda tendencia autoritaria. Debemos velar por el buen funcionamiento de las instituciones. Debemos proteger la libertad de prensa y de expresión en general. Debemos hacer todo por garantizar el acceso a una justicia expedita y neutral. La pregunta es, si creemos todo esto, ¿por qué lo tememos como si se tratara de un temible escenario posible, cuando en realidad forma parte de nuestro presente? ¿No conocemos por las organizaciones de derechos humanos sobre las violaciones sistemáticas del Estado contra migrantes, contra mujeres, contra indígenas? ¿No es esto un signo inequívoco de autoritarismo? ¿No es la corrupción generalizada y la falla del sistema de justicia uno de los más graves indicadores de una democracia defectuosa? ¿No es en este régimen donde se ha perseguido a periodistas por destapar escándalos políticos? ¿No es este el país donde más periodistas son asesinados, superando incluso las cifras de países en guerra? ¿No se persigue hoy, como siempre, a los enemigos del régimen? ¿No han denunciado numerosos movimientos sociales cómo la militarización ha formado parte de una estrategia dirigida contra ellos y no contra el crimen organizado, como se pregona? ¿No fueron las reformas educativa, fiscal y energética acuerdos cupulares que vulneraron la legitimidad de las instituciones de representación social? ¿No constituye la partidocracia el signo de descomposición de las instituciones?

    La catástrofe no es un escenario posible, es ya una realidad. Que las cosas siempre pueden ir peor es algo innegable, pero aquello que se señala como el riesgo inminente: el autoritarismo, constituye ya nuestra cotidianeidad. No reaccionar frente a la catástrofe, porque puede venir otra peor, es el resultado de un pensamiento arbitrario, conformista y que, lejos de encarar el futuro como una posibilidad, prefiere quedarse con su pequeño privilegio, sin siquiera considerar que también éste desaparecerá y más pronto de lo que cualquiera se puede imaginar.

    Vistas: 1603
    AL MOMENTO
    MÁS LEIDAS

    Blogs