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OPINIÓN

Filosofía de la detención

Mercado y lenguaje no son medios sino inercias que nos mueven. Detenerse se vuelve acto de libertad

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Jueves, Mayo 31, 2018

Detenerse. Este término está llamado a ocupar un lugar privilegiado en nuestros tiempos, donde la premisa básica es la del exceso: en la producción, en el deseo, en el pensamiento. Todo lo que resulta bendecido en nuestros tiempos tiene esta marca: ser productividad, incremente, siempre más. Potenciar el deseo, desencadenar las fuerzas técnicas, rebasar los límites, romper cada marca, exceder la tasa de retorno, lograr el crecimiento económico en término de PIB. Pero resulta evidente que todo esto, que parece un acto, es decir, el resultado de una decisión y de la potestad de algo así como un sujeto (el resultado de nuestro “yo puedo”), pronto se nos revela como una impotencia, e.d., como su contrario: la imposibilidad de parar. Cuando vemos la competencia y la escalada en la producción nos preguntamos entonces: ¿se trata de una potencia nuestra o más bien de una inercia?

El mundo de la producción, trátese de la esfera de cosas materiales, de servicios o de modos de vida, parece lleno de vida, lleno de ingenio y de creatividad. Todas las fuerzas están dirigidas a la producción de bienes, servicios y, sobre todo, del sí mismo (de “subjetividades”, se dice). Pero, mientras esta fuerza desmesurada parece a todas luces una actividad, es fácil ver que detrás de ella se oculta un profundo automatismo, un no poder detenerse, un hacer siempre lo mismo, ininterrumpidamente, sin que ello tenga ya el menor sentido, ni correspondencia alguna con algo el cumplimiento de las necesidades.

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La producción no está ya centrada en el cumplimiento de necesidades, sino que más bien se dirige a la proliferación de siempre nuevas necesidades. Pero más allá de eso, la producción es esencialmente reproducción de sí: reproducción de la producción y luego reproducción de la reproducción. La producción mundial busca no solamente la producción (y reproducción de sí como sistema), sino que busca producir-más, reproducirse incrementándose. Esta fuerza de autopotenciación, que parece surgir de la voluntad humana, en realidad se corresponde más con lo que Freud llamó la pulsión de muerte. Por pulsión de muerte debe entenderse esa fuerza autónoma, no-subjetiva, ínsita en lo que en primera instancia parecía el resultado del trabajo humano: las mercancías y las palabras. Lo que fascina en Marx de la mercancía es cómo los productos humanos cobran vida propia y acaban por someter a sus creadores. Pero lo que observan Freud y Marx, cada uno a su modo, es que no es ya posible pensar ni el dinero, ni el lenguaje como meros instrumentos mediadores de la vida humana. Ellos se han vuelto constitutivos y autónomos.

No movemos el mercado, sino que el mercado nos mueve, nos empuja, nos impulsa o nos expulsa. No usamos el lenguaje, sino que éste nos habla. En el caso del mercado recordemos la fórmula de Marx: una sociedad precapitalista produce una mercancía, que luego cambia por dinero, para poder obtener una mercancía diferente: M-D-M. El dinero funge aquí como mediador. En la sociedad capitalista, en cambio,  se comienza con una cantidad de dinero y se produce una mercancía para generar más dinero (capital) D-M-D+. Aquí el origen y el fin ya es el dinero, no las cosas que satisfacen necesidades. Muchos han dicho que debe recuperarse el valor de uso por encima del valor de cambio. Pero resulta que no hay uso fuera del intercambio. Todo uso está hecho para otro: yo trabajo para mí y para los otros y por ellos podemos intercambiar productos. El problema surge cuando el intercambio subsume al uso. El dinero funciona como aquello que le pone valor a todo. Es el “equivalente universal”, la regla con la que todo se vuelve comparable. Gracias al dinero, las cosas más diferentes (una computadora, un corte de pelo, un masaje, una jornada laboral) se vuelven comparables: todo tiene precio. Pero si por el dinero todo precio, él mismo no tiene medida. Cuando tengo sed, un vaso de agua es invaluable, pero el sexto vaso de agua, cuando estoy saciado, ya no vale nada. En cambio, el dinero no tiene medida, es el exceso y la desmesura por excelencia. ¿Cuánto dinero es suficiente? La respuesta es: ¡siempre más! Y es así como se sostiene su espiral.

No se trata aquí de condenar moralmente dicho impulso, sino de mostrar un mecanismo, pues es cierto que la fuerza del dinero hace “vivir” a las sociedades más allá de sus propios intereses. Es como una segunda voluntad en operación, una suerte de mecanismo ciego que actúa, a pesar de todo, de manera inseparable al deseo. El lenguaje funge de manera similar (que no idéntica). Las teorías clásicas del lenguaje afirman que éste funciona como un mediador entre sujetos: S1-L-S2. Es lo que se enseña en las escuelas de comunicación y se repite por todos lados sin pensar: un sujeto habla a otro sujeto y se comunica por un “medio” que llamamos lenguaje, para comunicar un “mensaje”. Pero una mirada más penetrante nos dice que la relación va del lenguaje, al sujeto, al lenguaje, es decir, que no es el sujeto el que se sirve del lenguaje, sino que el sujeto es un intermediario del lenguaje: L-S-L. Esta es la razón por la cual dice Lacan que un sujeto es lo que representa un significante (lenguaje) para otro significante (más lenguaje).

El lenguaje nos habla, pero ahí también nos sostiene más allá de nuestra propia vida concreta y sus intereses. Cuando hablamos, nuestra palabra ya no nos pertenece, queda dicha, a expensas de su recepción y su interpretación por otros. Porque el lenguaje es de los otros es que nunca podemos expresar lo “más propio”, lo vivo. El lenguaje remite al lenguaje y no a mi querer y mi desear. Pero al mismo tiempo, por el lenguaje, que no puedo vivir, es que tampoco puedo morir, porque mi palabra me sobrevive. Cuando hablo, ya no soy dueño del sentido de mi decir.

Las analogías entre dinero y lenguaje deben ser analizadas con cuidado. Lo innegable es que en nuestra época: el deseo sexual y la producción de mercancías (de nuevo trátese de cosas, de servicios o de “subjetividades”) funcionan en un mercado regido por la pulsión de una productividad ilimitada. Que la publicidad occidental se encuentre tan fuertemente erotizada-sexualizada habla ya de la cercanía que hay entre el consumo y el placer erótico en general. Es también por ello que la gran liberación sexual de los 60, prometida como un contrapoder a la producción capitalista, terminaría en la creación de un inmenso mercado del sexo y en una sexualización del mercado. Esto nos habla, como lo notaran por caminos diversos Lacan y Baudrillard, del hecho de que el sistema capitalista no vive de la represión, sino del mandato, no vive de la prohibición, sino del exceso (o bien, vive tanto de uno, como de otro). Ya Freud había visto que el superyó mostraba dos caras: una prohibitiva (la conciencia moral, si se quiere, que nos prohíbe, que nos impone las reglas sociales) y otra de mandato (que no prohíbe nada, sino que, por el contrario, incita, da órdenes). No hay que creer entonces que la sociedad capitalista no es represora, sino que logra ser, al mismo tiempo, liberadora y represora a la vez y que cualquier intento por “contener” lo excesos o bien, incitar a “mayores y superiores potencias” son tareas unilaterales e inútiles de manera aislada.

Cuando se discute sobre el mercado bien se pueden afirmar dos cosas aparentemente contradictorias: a) que el libre mercado nunca ha existido porque el Estado lo ha controlado siempre, que el capitalismo es una gran fuerza productiva, pero que realmente siempre se le ha limitado, que el deseo humano, que está a su base, es una potencia infinita, pero que siempre se le ha castrado; y b) que el mercado necesita límites porque está fuera de quicio, que el capitalismo posee una potencia destructiva que debe ser controlada, o que el deseo desmedido es aquel que precisamente no ha aceptado la castración y en realidad no desea ya nada, sino sólo a sí mismo (potenciación ciega del deseo). Pero aquí hay que ser firmes y aceptar ambas tesis: hay que traspasar los límites y hay que ponerlos, simultáneamente. Hace falta más Estado (en el sentido del estado de derecho) y menos (en el sentido de brazo punitivo). Quien no entiende que hace falta más y menos Estado es que no ha visto que el carácter contradictorio del capitalismo se combate con un espíritu igualmente contradictorio.

De manera análoga, quien crea que el “lenguaje” supera el concepto de naturaleza solo debe acercarse a las ideas de Goethe (el poema Die Natur) a la filosofía de la naturaleza de Schelling o al mismo Schopenhauer para ver cómo el “significante” se comporta como la ciega voluntad romántica: sin origen, sin finalidad, en un eterno juego, creando y destruyendo criaturas, es decir, sin dejarse gobernar por principio de individuación, ciega, cruel, haciendo de la muerte su instrumento, indiferente a la subjetividad, pero al mismo tiempo, representado un protopensamiento sin imágenes, etc.

Volvamos ahora a la pregunta inicial. ¿Qué tiene todo esto que ver con la capacidad de detenerse? Lo hemos anunciado ya, nuestra época se distingue por su idolatría unilateral al principio productivo, al principio activo, a la génesis constante. Pero en ese, su apego, se ciega al hecho de que lo que opera no es una voluntad personal, sino un automatismo. El lenguaje se produce y se reproduce, vacío, y se torna verborrea. El dinero crece en espiral sin consideración por su carácter de mediador social. De este modo explicamos lo inexplicable de nuestra época, como el hecho de que gobiernos y empresas, a sabiendas del daño irreversible que se inflige al medio ambiente, sean incapaces de detenerse. No hay catástrofe suficiente, no hay escándalo que convenza. Todo simplemente anda. A tal punto está colonizado el deseo propio por esa fuerza trans-humana, al tal punto forman un mismo y único movimiento, que nos hacemos sino ver el hundimiento de un barco sin poder hacer nada. Mucho se podría hacer respecto a la sobrevivencia de la especie, pero justamente lo que necesitamos es dejar de hacer. Dicho así puede parecer que invocamos un pensamiento new age con sabores orientales, un taoísmo occidental que llama al no-hacer de cara al frenesí productivo, un orientalismo que clama “serenidad” de cara al permanente estado de excitación que demanda hoy la vida contemporánea. Pero nada más lejano. No se trata aquí de “huir” a oriente, ni de “abrirse” a nuevas posibilidades. El discurso de “reinventarse”, de “abrirse a lo nuevo”, de “multiplicar las posibilidades” remite a la misma lógica de la hiperproducción y se cimenta en una imposibilidad radical contemporánea: la de estar satisfecho. No se debe confundir la satisfacción con el conformismo. No hacer nada y estar conforme es lo opuesto de detenerse para alcanzar una satisfacción. Podríamos decir que la satisfacción es absolutamente inseparable de la capacidad de detenerse. No es que se deba o incluso se pueda detener o controlar el mercado, o el lenguaje. Es el apego, es decir, la falta de distancia respecto a la lógica autonomizada de aquellos lo que convierte al hombre en un esclavo de la producción, siendo que él mismo no produce nada, sino que es arrastrado por una inercia ciega.  

Si queremos entender mejor esta lógica ilógica podemos recurrir a Chesterton, quien dice: loco es aquel que ha perdido todo menos la lógica. Pensemos en el paranoico: para él todo cuadra, todo puede articularse bajo el principio de razón suficiente. Nada sucede sin estar conectado en la gran, absoluta y unidimensional red de causas que tiene por fin último a su persona (la víctima absoluta, el punto cero que articula por una referencia narcisista el sistema de hipótesis y deducciones). El paranoico es el racionalista por excelencia. Lo que no puede hacer es detener su pensamiento, o mejor, su pensamiento lógico. Más cuerdo es el que sabe interponer la duda ante su razonamiento y detenerse. La confianza que se le puede tener a la ciencia actual depende de su capacidad de escepticismo, y sólo en la medida en que lo puede extender contra sí misma. Una ciencia que no duda de sus resultados es ideología. Más aún, cuerdo no es solamente quien puede tomar distancia de sus razonamientos, sino quien puede operar con más de una lógica. Es decir, que puede moverse entre niveles del discurso, puede adoptar diferentes reglas para jugar diferentes juegos y entender los tránsitos necesarios entre diferentes tableros. Así, la detención funciona aquí como índice de cordura: detenerse y dejar de jugar un juego. Esa es la libertad más profunda que se debe mantener siempre: poder jugar o no jugar. Incluso cuando la vida depende del juego, se puede decidir no fundirse con el juego, no identificarse con las piezas del tablero, detener la identificación.

En el diario leí una vez la declaración de un hombre que había asesinado a su mujer: “es que no podía detenerme”. Es lo que escuchamos en los crímenes de odio, pero, sobre todo, reconocemos aquí la estructura misma de la venganza. La venganza no es un sistema de restitución: ojo por ojo, diente por diente. Al contrario, la venganza es el sistema que mantiene el vínculo de la guerra por medio de una constante escalada de violencia que ya no puede ser detenida. La venganza es por definición imposible porque intenta restituir lo que no puede ya ser restituido. Esa es la lógica del crimen organizado: mandar “mensajes” de poder cada vez más potentes. Donde el poder es fuerza sin política o fuerza políticamente no-vinculante, el único cauce que posee es la violencia y puesto que toda violencia es fuerza bruta, no posee ya finalidad fuera de su propia potenciación.

Lo evidente en todos estos ejemplos es la incapacidad ya de parar, de ser satisfecho por algún acto de violencia, de poseer un rango, territorio o medida suficiente de poder. El poder que sólo quiere potenciarse es un poder que no puede detenerse, sino hasta su autodestrucción. La guerra de venganzas es la versión en negativo del potlatch: una obligación para con el prójimo, pero sólo para destruirle, un vínculo social que promueve su propia supresión. El enigma aquí es, claramente ¿cómo detenerse? En los grandes procesos históricos de reconciliación, como los que tienen lugar después de una dictadura militar o después de un gobierno que ha cometido crímenes de lesa humanidad o segregación racial o de cualquier clase, requiere de ese punto cero, de la suspensión absoluta de las condiciones normales. No hay aquí posibilidad de detener la cadena de venganzas, de odio y resentimiento sin ese punto cero donde se detiene el tiempo.

De manera muy similar hay que leer las relaciones económicas. Llega un punto en el que la desigualdad, las deudas, la competencia, las traiciones, etc., han llegado tan lejos, que la sociedad queda condenada a su autodestrucción. Un ciudadano ya no puede llamarse tal cuando su pobreza condiciona el destino de su vida y de sus descendientes. Es por ello que los judíos hacían uso de la figura del jubileo. Cada 50 años debían de cancelarse las deudas porque, era evidente, ellas se convierten poco a poco en un mecanismo de esclavitud. Sin el perdón de las deudas, sin ajustar el reloj en ceros respecto a la desigualdad en la riqueza, el sistema económico-social, cualquiera, se transforma en automatismo y hace de la condición de los jugadores un destino personal y generacional. El jubileo detiene el tiempo, detiene las deudas, para las ambiciones y las anula para recomenzar. En la modernidad se discutió intensamente cómo es que Dios mantenía la armonía del mundo. El más agudo (y ridículo para su tiempo) fue Malebranche, quien decía que Dios debía intervenir en el mundo para ajustar los relojes. Esta es la única función divina que le queda al hombre hoy: no el realizar la justicia eterna y duradera en la tierra (reino de Dios en la tierra, como decían los románticos alemanes) sino intervenir en el constante desajuste del mundo. Intervenir para detener los procesos que se han vuelto contra el vínculo social y que han hecho de la injusticia un automatismo irrevocable que se produce y se reproduce sin cesar. Hay que intervenir, siempre, incluso sabiendo que todo se descompondrá de nuevo en algún punto, incluso sabiendo que cierto desajuste forma parte de la existencia en común; lo que no hay que aceptar es el automatismo que hace de la producción y reproducción de la desigualdad una ley férrea e inescapable. La dificultad para pensar en otro sistema económico no tiene que ver con la falta de crítica o imaginación, tiene que ver con la imposibilidad de parar lo que ya fue echado a andar.

La estructura actual del disfrute de la mercancía y de la adicción son muy similares: un objeto que promete satisfacción, una frustración profunda al descubrir que no es así, una nueva promesa de satisfacción, pero ahora con una mercancía más grande, más potente, más refinada, más rápida, etc., que vuelve a decepcionar, mientras el cuerpo que buscaba el disfrute, se destruye lentamente. Este proceso no se puede detener: la mercancía, como la droga, cada vez es más potente, pero también más desilusionante y, lo que es peor, los efectos “secundarios” de la sustancia o de la mercancía comienzan a dañar el cuerpo hasta enfermarlo y someterlo a una situación de sufrimiento crónico. Lo que no puede hacer el consumidor es restringirse, es decir, parar en su fiebre de consumo. Lo mismo el que sufre de adicción: no puede comer, sumar o beber, solo una. La moderación es un signo de debilidad y el consumo debe terminar en el consumo de uno mismo: en la consumición.   

A nivel global sabemos que el consumo de combustibles fósiles, el uso del automóvil, el uso de plásticos, etc., es insostenible. Y, sin embargo, no podemos detenernos, no queremos detenernos. Todo ello habla no solamente de una fuerza que nos arrastra en contra de nuestra lucidez y nuestro mejor cálculo en beneficio propio, sino de que, de alguna manera, lo gozamos. No lo disfrutamos, no experimentamos satisfacción, pero aun así algo goza en ello (para usar un término de Lacan), algo que no podemos detener.

Filosofía de la detención: por ello deberíamos entender un pensamiento que se plantea la pregunta por el enigma de cómo detenerse. ¿Cómo es que lo que parece una acción en realidad responde a un automatismo ciego que además se potencia a sí mismo, amenazando con la destrucción de los hombres, que son el soporte y combustible de éste? ¿Cómo es que somos incapaces de detener estos procesos y de detener esa, nuestra pasión, que los alimenta diariamente? Es falso que nuestras aflicciones provengan de viejos “traumas” que operan desde la distancia del pasado en el que tuvieron lugar. La aflicción se produce y se reproduce cada día, cada momento, como la vida en adicción. 

Hoy todas nuestras esperanzas globales están puestas en el crecimiento económico, en la expansión de las posibilidades personales y colectivas, en la multiplicación de mundos e interpretaciones. Pero la vida concreta está hecha de decisiones que limitan lo posible, de plazos que interrumpen la apertura eterna del tiempo, de precipitaciones de lo virtual en lo actual, de restricciones de tiempo, de espacio, de financiamiento. Esta limitación la hemos visto como la “dolorosa finitud”, como la grosera realidad que nos impide saltar a los confines de lo posible. Pero aquí debemos invertir el punto de vista. Sin restringirse, una fuerza infinita no puede crear nada, porque toda creación es creación de lo finito y limitado. Lo que debemos explicar no es entonces aquel mundo eterno, infinito, abierto y en constante devenir, sino cómo es que todo ello se detiene para precipitarse en este mundo concreto, limitado, restringido y con plazos. Debemos explicar cómo es que, en este mundo, lo ilimitado puede alcanzarse por la detención y no por la ambición.

Es ahí donde aparece lo más significativo para el hombre. Poner un punto, abandonar una empresa, suspender una deuda, interrumpir un proceso, todos ello son ejemplos de la detención, algo que no deberemos llamar ni acción, ni no-acción, pero que permite que algo se cristalice, que algo adopte forma, que dure y que, eventualmente, perezca.

Para terminar, diremos que una acción en sentido amplio puede consistir tanto en comenzar algo, como en mantenerlo, como en detenerlo. Pero comenzar y mantener son automatismos cuando falta la posibilidad de la detención. Un acto es aquello que rompe una inercia. Esta capacidad de cambiar las inercias, lo hemos llamado detención, recordando que movimiento uniforme y reposo son indistinguibles.

Todos nos llaman a hacer algo, urgentemente, nos llaman a hacer más. En este momento lo más urgente es lo contrario, atreverse a parar.

Aquí me detengo.

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