Ser feliz: éste es el imperativo de nuestra época. ¿Quién podría tener algo en contra? Que cada quien sea feliz como mejor le parezca. Pero ¿qué significa este ser feliz que se invoca por todos lados? Happy, glücklich, heureuse, feliz. Antes de toda respuesta concreta, se entiende por felicidad lo que, supuestamente, debe alcanzar cada quien, su imperativo. Aristóteles decía que todos los hombres quieren ser felices por naturaleza. Kant decía que el principio de moralidad es el imperativo, el mandato, que le da su necesidad y fuerza al deseo; parafraseando: actúa de tal manera que los motivos de tus acciones puedan ser tomados como una ley universal, válida para todos los hombres, en cualquier situación imaginable. Pues bien, hoy vivimos una condición dual que podríamos llamar aristokantiana: no queremos, sino que debemos ser felices. Sé feliz o fracasa. Es lo que escuchamos todos los días hasta el punto de sentirnos agobiados y culpables por no ser felices. O mejor, por no corresponder a una cierta imagen de felicidad.
La felicidad se nos presenta hoy como un mandato, un modo de obedecer. Pero: ¿no somos nosotros mismos los que quieren ser felices? ¿No somos nosotros los que se imponen ese deber? ¡Precisamente! La búsqueda de la felicidad es hoy un mandato que genera culpa y que no sabemos de dónde viene, pero lo seguimos como si fuera nuestro. Esta es la verdadera medida del éxito. Puedes fracasar incluso económicamente, pero no puedes fracasar en ser feliz.
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Se nos dice entonces: sé feliz. Pero, además, se nos dice: sólo tú puedes ser feliz. No importa lo que te rodee. No importa quién te rodee. Tú debes ser feliz aquí y ahora. No tienes que hacer nada, no necesitas nada, no debes ser esclavo de nadie. ¡Todo esto parecería muy sabio! No ser esclavo de las cosas, de las situaciones, de las personas, ni sus opiniones. ¿Qué otra cosa enseñaban los estoicos sino una vida virtuosa y feliz en la adversidad? ¿Qué otra cosa enseña el budismo, sino la capacidad de sobreponerse a las ilusiones de la vida y encontrar la felicidad rasgando su velo? Es una suerte de budismo-occidental, porque nos habla místicamente de la vida sin apegos y al mismo tiempo de la solución ético-moral a los retos de la vida contemporánea. Meditar para ser uno mismo, es decir, practicar sa-zen (meditación Zen) para ser un yo: es la versión más refinada del budismo occidental, nuestra taoilustración.
Sé feliz, sólo tú puedes. Esto parece una verdad, por cierto, tan cristiana como budista: sólo el individuo puede hacer algo por su alma o con su mente. Pero debajo de esta idea existen dos “creencias prácticas” (cosas que hacemos como si existieran) en nuestro mundo moral contemporáneo: primero, que sólo el alma o la mente existen (que todo lo demás, el “mundo exterior”, “material”, las “cosas” no tienen poder sobre nosotros y que son una nada); segundo, que estoy yo solo (los demás no importan esencialmente y no son diferentes del resto de las cosas: cuentan como meras condiciones a las que me debo sobreponer). Es por eso que las dos doctrinas que resultan más despreciables para nuestra época son el materialismo (que dice que la relación con las cosas es irreductible) y la política (que dice que la relación con los otros cuenta para toda ética. Vivimos una síntesis de budismo y cristianismo. A medias, claro está, porque se cercena el carácter colectivo del cristianismo (Iglesia) y el carácter de desapego del budismo (donde el goce extraído del absurdo de la vida, la soledad, el artista maldito, etc., resultan ser formas del narcisismo más elemental).
Sé feliz. Tú solo. ¿Pero por qué funciona este imperativo precisamente en esta época? ¿Por qué nos parece tan normal, tan aceptable, tan natural? Porque nos permite estar de acuerdo con nuestra propia época. Es la moral que hace vivible nuestros tiempos. Que los hace vivibles quiere decir que los hace soportables sin tener que cambiarlos, o mejor, sin tener que querer cambiarlo. Pero este modo de hacer vivible el capitalismo es también y sobre todo, un modo radical de ser capitalista y de profundizar en el capitalismo subjetivamente. Cuando se dice: sé feliz, basta que yo quiera ésto: mi propia felicidad y nada más que ella, para sostenerme anímicamente en la vida actual sin dejar de ser productivo. Se trata de un imperativo cínico—realista: no puedes cambiar el mundo, ni a los otros; y de un imperativo económico: no existe la sociedad, sólo tú, con tu vida, tus pertenencias. En un primer momento se decía: no puedes cambiar el mundo, pero tú puedes cambiar. Ahora se dice: no es necesario que cambies, basta con que te aceptes: tu pereza está bien, tu egoísmo está bien, tu gula está bien. Y si quieres cambiar, ser saludable, hacer más, también está bien, si es lo que “realmente quieres”, quien te hacer ser “auténtico”. La ética de la justicia o de la verdad es suplantada por la ética de la autencididad.
Sé feliz, tú solo, sólo tú. Pero la debilidad de este imperativo budo-kantiano-liberal es visible si lo ponemos en contexto. Agregando algunas palabras éste dice: tú (es decir, nadie más debe afectarte, ni su miseria, ni su angustia, ni su destino), debes (es decir, obedece, no te desvíes) ser (no importa lo que hagas, lo que pienses, lo que cuenta es lo que tú seas, “verdaderamente” en tu “interior”) feliz (no justo, debes actuar de acuerdo a una humanidad posible). Es la ética del individuo que pretende salvarse solo y en su interioridad, ideología que se nutre del fracaso del pensamiento y la praxis de una comunidad que no descanse sobre ningún tipo de dominación. El individuo contemporáneo, llamado a ser feliz, es el sobreviviente que intenta existir sobre la ruina de lo que le hizo posible alguna vez: una comunidad. Igualmente, lo que ha fracasado en nuestros tiempos es la posibilidad de una agencia humana: la capacidad de producir efectos en el mundo, de comenzar y acabar cosas.
Sé feliz, tú solo, solamente tú, tú, en soledad. Este imperativo es falso también en relación co aquello que pretende: un imperativo válido para todos. Y es que no puede ser para todos porque el contexto histórico y material en el que se formula exige justamente lo inverso. O mejor, dicho el contexto actual hace que dicho imperativo justifique y se articule con el modo de producción capitalista y su lógica productora de desigualdad. Se afirma la validez de cualquier interpretación del mundo, siempre y cuando esté de acuerdo con mi “ser más propio” (no hay entonces nada qué cambiar). Y se niega la relevancia de cambiar el mundo circundante por un argumento escéptico que va así: el mundo no existe, sólo tu mente; si existiera, no podría ser cambiando; si pudiera ser cambiado, no podríamos asegurar que fuera para bien; si fuera para bien, no podríamos asegurar que el cambio durara. Éste es la verdadera creencia que nos paraliza.
Pero la felicidad no puede ser la corona de la ética. Tampoco la fidelidad a uno mismo. Toda ética basada en el placer o en el deseo, consciente o inconsciente, es una ética del narcisismo. Hoy todos protestan por ser tratados “abstractamente”. Protestan por ser un número, o una estadística. Queremos en cambio nuestros nombres propios. Queremos nuestras historias. Queremos que el mundo sea nuestra casa, que esté personalizado a nuestra medida. Contrario a esto, Kant formuló en su época un imperativo que hoy nos parece abstracto, frío, casi inhumano. Compórtate no como eres tú mismo, no como te lo dicta tu “sustancia propia”, no por lo que te produce felicidad, sino por la obligación para con una humanidad posible. Hoy podríamos frasearlo así: convierte en el objeto de tu deseo más profundo la humanidad posible, es decir, la universalidad. ¿No es esto un barbarismo frente a los clamores por la diferencia, por las verdades locales, por las singularidades? ¡Todo lo contrario! Pues una singularidad es sólo singularidad si reconoce su singularidad propia. Es decir, si se comprende sobre la base de una multiplicidad común. La singularidad que se sabe singularidad es aquella que no necesita afirmarse como excepción a una norma común, porque ésta no lo constituye absolutamente. Pero, por otro lado, dicha singularidad sólo puede retener su condición de singularidad, si se sabe dentro de un mundo compartido, más allá de su singularidad. El concepto de universalidad es el peor comprendido. De suyo pensamos lo universal como un “saco” donde las individualidades son arrojadas de manera indiferente. Esto se llama subsunción. Pero lo universal en sentido ético-político no significa un conjunto capaz de subsumir casos particulares. Universal es lo que concierne a todos, lo común. A condición de que se comprenda que lo común no es un denominador universal o una característica que defina a todos los hombres, sino aquello que, sin serlo todo, lo toca toda. O bien, sin concernir particularmente a nadie (ni a una sustancia o característica), concierne a todos. Es este el valor genérico (pero no general) que Kant demanda de cada uno.
Lo que pide Kant al actuar no es el sacrificio de lo singular en aras de una generalidad, sino comportarse a la altura de lo que puede ser un para-todos, incluso si ello no comporta mi felicidad personal. Yo puedo seguir siendo quien quiera en mi singularidad, pero mi compromiso se mide por mi modo de responder, desde mi singularidad, a aquello que nos concierne a todos.
Durante la Ilustración el mundo aparecía como lleno de particularidades, de multiplicidad rampante, de desorden. La universalidad y orden constituían un anhelo. Hoy percibimos lo contrario: que el mundo está lleno de generalidades, de homogeneidad y orden y lo que necesita es excepciones, excesos y singularidades. Pero es fácil mostrar que nuestro mundo es tan moderno como antimoderno: un desorden rampante junto con estrictos ordenamientos sociales, jurídicos y políticos; interconectado globalmente y fragmentado hasta hacer prevalecer los valores más chovinistas y tribales.
El llamado actual a la felicidad es un llamado a la singularidad de la vida propia, sin consideración de una humanidad posible. En cambio, el frío llamado de Kant resulta mucho más urgente que nunca: comportarse universalmente. Esto significaría comportarse de acuerdo con una comunidad posible, un para-todos justo. Este para-todos justo se enfrentaría a todo orden sostenido sobre la dominación, pero también a toda estrategia política de sustracción (de excepciones). Pero una pregunta más fundamental subsiste: ¿por qué deberíamos oponer la felicidad a la justicia?