“Como decía San Agustín: Hay tres tiempos: el presente del pasado, el presente del presente y el presente del futuro”
Edgar Morin, Educar en la era planetaria, p. 133.
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Vivo en un país que parece atrapado en un presente perpetuo que por ignorar el pasado, se ha auto-condenado a repetirlo cíclicamente. Vivo en un país desmoralizado que por no tener esperanza se ha vuelto incapaz de construir su futuro.
Nos ha tocado ser ciudadanos en un país y en una etapa del mundo en que parece haber un solo tiempo: el presente separado del pasado y del futuro. El presente permanente que para unos es el mejor de los mundos al que hay que defender para no perder privilegios –legales o ilegales, morales o inmorales- y para otros es una condena imposible de evitar y a la que hay que adaptarse, acostumbrarse, resignarse como la única realidad posible.
Por dejar el pasado en el pasado desde una supuesta filosofía que nos pide mirar y disfrutar intensamente el día de hoy, ignoramos todos los procesos humanos y sociales, las luchas de las generaciones que nos precedieron, la herencia política, cultural y espiritual que hemos recibido de ellos pero tenemos encerrada en las vitrinas de los museos y acumulando polvo en los libros de Historia.
Por mirar tanto el presente desde una supuesta visión de felicidad y liberación o desde la profunda desmoralización derivada de todos los intentos fallidos de cambio social, nos desentendemos de una seria, sistemática y comprometida búsqueda de colaboración para la construcción de un proyecto de futuro mejor, viable, equitativo, democrático y justo.
La escuela y la universidad no están exentas de esta tendencia a vivir en un solo tiempo, en el presente perpetuo que perpetúa las inequidades, las injusticias, la corrupción y la violencia con tal fuerza y profundidad que se ha convertido en una cultura cada vez más extendida y aceptada.
Porque esta vivencia de un solo tiempo ha llegado a la definición de las metas y objetivos de la educación en todos los niveles y en todo el país. La vivencia del presente perpetuo se ha adueñado de las reflexiones y análisis del sistema educativo trayendo consigo una preocupación excesiva y exclusiva por responder a las necesidades del mercado laboral y de la sociedad de la información.
De tal manera que hoy podemos constatar planes y programas de estudio que dejan fuera a las artes y las humanidades que son las disciplinas que nos comunican la rica herencia del pasado que puede y debería enriquecer nuestro presente y son también las áreas que pueden estimularnos a soñar con otros mundos posibles, con realidades que superen las múltiples carencias que tiene nuestra existencia social actual.
Se sacrifican las humanidades en vez de magnificarse, afirma Edgar Morin. Se desprecia y aún se teme a las humanidades porque generan pensamiento creativo, pensamiento crítico, libertad de decisión y de acción en un mundo que quiere obediencia, aplicación acrítica y docilidad, afirma Martha Nussbaum señalando el enorme riesgo que implica esta tendencia educativa mundial para la supervivencia y consolidación de sociedades democráticas.
Por ello en el discurso de las políticas educativas actuales los significados se han trastocado. Pertinencia significa empleabilidad, calidad significa competitividad, innovación significa incorporación de tecnologías.
Pero como afirmaba san Agustín, existen tres tiempos que además están recursiva y retroactivamente ligados y por ello no deberíamos olvidar el pasado y el futuro por enfocarnos excesivamente en el presente.
Existe el presente del pasado, es decir, el mundo y el país de hoy que es como es porque es producto de una historia, de un proceso que viene del pasado y que nos ha ido constituyendo, generando una identidad dinámica pero impregnada de la herencia, produciendo una cultura viva y cambiante pero imposible de desligarse de los significados y valores que nos llegan de nuestra historia.
Existe también el presente del presente, es decir, la situación actual que tiene fortalezas y debilidades, que nos plantea elementos a consolidar y factores a enfrentar y cambiar.
Además existe el presente del futuro, es decir, la realidad actual que está impregnada de futuro, que tiene en sí misma semillas o potencialidades de construcción del mañana que deben ser analizadas para ir generando probabilidades emergentes de lo mejor –de lo que podríamos llamar progreso, mejora, desarrollo, humanización- y revertir las probabilidades de empeorar la situación actual –lo que podríamos denominar decadencia, deterioro, involución, deshumanización-.
La escuela y la universidad que se precien de ser instituciones auténticamente educativas, la institución o el sistema educativo que sea capaz de mirar al ser humano completo y complejo y de buscar su desarrollo y transformación permanente debe asumir la tarea de educar en tres tiempos: en el presente del pasado, incluyendo la riqueza de la herencia presentada de un modo vivo y enriquecedor; en el presente del presente, incorporando procesos formativos para el análisis crítico y proactivo de las realidades actuales; y finalmente, en el presente del futuro, insertando espacios para la formación de personas, profesionales y ciudadanos capaces y comprometidos con la construcción de un futuro posible y mejor para todos.