El estilo de hacer política mexicano nunca fue digno de concursar en parte alguna. Hay en el mundo casos ejemplares y los hay peores. Y los sucesivos gobernantes del país se consuelan comparándose con los peores.
Nos referimos a los hombres del poder, a quienes toman las decisiones. A las élites que han dominado la escena durante varias décadas. Y en la generalización, brillan como cometas las excepciones. Personajes, pocos, que rebasan la mediocridad que los ha rodeado. Hombres de ideas, de talento. O de valor.
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Hoy el paisaje es semejante a un pantano. Un colega me describe así a una parentela de caciquillos poblanos: “son ignorantes, antipáticos y petulantes..”
Y en este molde caben todos, o casi. De la cúpula del país, a la base, se degeneró toda la escala. Las virreynaturas estatales son un filón multiplicado de la podredumbre.
Alguna vez hubo espíritu de servicio en los cargos públicos. Honor y dignidad. Se cuidaban las formas. Había incluso sentido patriótico.
Pero de pronto todo se volvió negocio impúdico. Con monumental descaro todos escalan por el botín. Se pasan las presidencias del marido a la esposa, o al resto de los parientes, y repiten. Los gobernadores a las esposas, los senadores y diputados a hijos, hermanos, nietos y concubinas.
Los líderes sindicales y de organizaciones de presión no sueltan la ubre. Con toda desfachatez chantajean al gobierno para medrar al infinito. No veo diferencia de estos ejércitos de impunidad con las mafias de la droga, la extorsión, el secuestro, robo y chantaje.
Claro, los traficantes del poder público no exponen el pellejo. Si acaso el nombre y apellido, y eso el paterno… porque materno no tienen!
Ubíquelos, están en todos lados. Los conocemos con nombres, apellidos, cargos, grupos, membretes… y lujos. Además esto último, sí, son cínicos y de pésimo gusto. Analfabetos y corrientes, vulgares y rupestres. Su amo, fin, motor y bujía es el dinero, el negocio por todas las vías.
El filón más lucrativo son las obras públicas, las concesiones. Los contratos, las canonjías y comisiones. El intermediarismo multiforme. Los moches son una parte prosaica de reciente cuño, especialmente en las cámaras de diputados y senadores. Más no exclusiva de ellos. Secretarios de estado y gobernadores son de alcurnia en estas prácticas que a todos los iguala.
El instrumento, ya se sabe, son los cargos públicos, esos que en esta ocasión se renuevan en número superior a los 4 millares.
Con la lámpara de Diógenes y una lupa habría que buscar hombres dignos en esta multicolor piara.
Esa asquerosa costra del poder se ha blindado. Controlan o han cooptado a los órganos que en teoría deberían ser autónomos o ciudadanos. Han hecho leyes que en el papel son perfectas. Algunas hasta son objeto de reconocimiento exterior. Se consiguen premios por “transparencia”, “certificación”, “sentido social”, etc.
En la práctica la mayor parte de las leyes son papel sanitario para los hombres del poder. El pacto de impunidad es un paraguas gigantesco. Se protegen unos a otros, simulan actos de justicia y sanciones. En la práctica son tácticas de protección en tanto fenece el sexenio.
Frente a este mar de corrupción, cinismo, desfachatez e impunidad, nada de extraño tiene que Morena registra un avance público y subterráneo impresionante. Peligrosos para el statu quo, no para la gente o el país.
Es un peligro para la nomenclatura.
La bandera de denuncia de la corrupción que levanta López Obrador ellos se la dieron.
Y siguen, generosamente, aportando nuevas contribuciones cada día. El caso Chihuahua es una más. Pero esto sigue… Ya veremos.