Miércoles, 20 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Don Pedro Ángel Paolóu, ¡¡adiós, amigo!!

Uno tiene derecho a cantar los logros y méritos de sus amigos, ¿o no? Si no, ¿para qué son?

Xavier Gutiérrez

Reportero y director de medios impresos, conductor en radio y televisión. Articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Desempeñó cargos públicos en áreas de comunicación. Autor del libro “Ideas Para la Vida”. Conduce el programa “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.

Domingo, Enero 14, 2018

Don Pedro Ángel Palóu, en estricto sentido, no lo fue. No fue de esas amistades de reunión frecuente, cercanísima, pero hubo una especie de camaradería derivada de cosas en común: el trabajo, los medios, los libros,  los periódicos y revistas, el café, la cultura como eje.

El tiempo le dio buenos cimientos a nuestra amistad.

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Era mucha nuestra diferencia de edad, pero la vida nos acercó todo el tiempo. Lo conocí por los años setenta, empezaba con mucho ahínco su pasión para promover la cultura desde la modesta Comisión de Promoción Cultural en el edificio Alles.

Fue un incansable promotor de todas las actividades artísticas. Nació para eso, una suerte de Rey Midas para promover la cultura. Todo lo que tocaba lo convertía  en motivo  de difusión para compartir con otros. Yo siempre le dije que su pila matriz y motriz  era el periodismo.

Ese virus lo llevó a ver, hacer y tocar todo con fines de divulgación y gozo colectivos.

Así el deporte como todo lo que la cultura engloba. Y creció, se multiplicó, se mantuvo activo por décadas. Y de ahí saltó a la historia. Otra vez, la esencia curiosa del periodista lo llevó a hurgar el pasado.

Se puso a entresacar vidas y hechos, a ponerlos en relieve, darles orden y divulgarlos. Sus temas centrales fueron la batalla del 5 de Mayo y los personajes de la Reforma. Con un autodidactismo exitoso publicó múltiples libros, propició otros, animó a cronistas, facilitó la tarea a divulgadores y artistas de todos los planos.

Y hacía eso cuando a los gobernantes de todos los niveles no interesaba  ni entendían la cultura, ni la historia. Con escasas excepciones.

Pero él ponía a Puebla en el mapa nacional con sus actividades mil en este campo.

Empezó haciendo esta notable labor sin recursos, o con migajas que él arrancaba de los presupuestos y les daba un uso multiplicador. No fue fácil. Lo vi en largas antesalas o chocar con la incomprensión del poder. Pero era persistente, porfiaba todo el tiempo.

Escribía, comentaba, gestionaba, investigaba, promovía,  publicaba. A veces como que tenía el don de la ubicuidad.

Colaboró conmigo en programas de radio; en la revista “Momento” fue uno de los más de cuarenta articulistas en ese memorable y plural  medio de análisis y crítica, donde se conjuntó  un excelente abanico de opinadores de la izquierda a la derecha.

Tomábamos café de vez en cuando e intercambiábamos vivencias y anécdotas, con confidencias mutuas y sabroso sentido del humor. Su imagen con un abrigo largo, boina, bufanda y pipa, y un grueso legajo de periódicos bajo el brazo, fue parte del paisaje del centro histórico.

Recuerdo de modo especial una larga comida en el restorán “Prendes” de la capital, y otra en la que me llevó a descubrir los deliciosos chiles en nogada de “El Cazador”, de don Fausto Sáinz. Inolvidables días de otras décadas. No era un hombre acartonado, y bien lejos de modales aristocráticos. Sencillo, llano, amigable, me saludaba con una sonrisa, casi carcajada, y un afectuoso manotazo en el hombro.

Algunas de sus visitas a mi oficina eran especialmente gratas: me obsequiaba un libro que pasaba a comprar a la Librería de Cristal. O alguno de su propia autoría. Era también como un archivo ambulante de la historia. Todos los temas los abordaba con buen sabor, con pausas, disfrutando  una taza de café, como contando un cuento…

Su creación de la Secretaría de Cultura, la primera en todo el país, mostró su visión para estos asuntos inmersos en la tarea de gobernar y le dio un sitio especial a Puebla en el ámbito de la cultura de la nación. Y millones de poblanos recibieron frutos de su quehacer promocional a lo largo de más de 4 décadas.

Me honró invitándome a comentar algunos de sus libros en la presentación de los mismos.

En los últimos años, lo pasaba a saludar en su fría oficina de la Casa de la Cultura, y me mostró con su carcajada pícara  que ahí, a sus espaldas, en el muro, conservaba enmarcada  y colgada una caricatura que le hice hace algunos ayeres.

Don Pedro dejó huella, y no sólo por sus páginas sobre la historia de Puebla, sino por su amor por el estado, la ciudad, el país; su visión de la patria, su concepción del funcionario público, el sentido del quehacer cultural, su trato con la gente.

En la capilla funeraria, la noche del viernes último saludé a su hijo Pedro. Nos dimos un abrazo. Me apretó fuerte y me dijo al  oído: “Xavier, tú sabes cuánto te quería mi padre…”

Yo pienso que don Pedro se fue feliz. Hizo en la vida lo que tenía que hacer, y lo hizo muy bien.

No fue un hombre perfecto, desde luego. Fue sólo… Don Pedro Ángel Palóu.

xgt49@yahoo.com.mx

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