Miércoles, 20 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La repetición (y a propósito de la Revolución Rusa)

¿Podría ser distinto el evento si se volviera a repetir? Se repite un acto para que sea distinto.

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Lunes, Diciembre 4, 2017

Hace 100 años fue capturado el Palacio de Invierno, el Zar y toda la familia Romanov fue liquidada y comenzó el experimento comunista. Desde 1989 el comunismo está muerto. El comunismo es historia. Y por ello se puede hablar de él. Se puede hacer objeto de la investigación histórica y museográfica, si se quiere. Pero el signo más evidente de su muerte se hace patente cuando la estrella roja (o la hoz y el martillo, o el Che) se convierte en el estampado favorito de las playeras de marca. Al final vienen los turistas. Al final de la historia.

Los turistas aman los museos porque no pasa nada. En cuanto estalla un conflicto en algún sitio histórico, inmediatamente se suspenden las visitas. Análogamente, cuando un personaje, una historia o una idea logran entrar al mercado, se puede tomar ello como el índice de su neutralización. Lenin y el Che están en las playeras. Pero si se mira de cerca, el comunismo está todavía demasiado cerca. Todavía no se fabrican estampas de Fidel Castro para pegar en la cajuela del coche y a Bernie Sanders todavía se le puede acusar de comunista en E.U. El comunismo está a medio camino entre hecho histórico definitivamente pasado y peligro posible de retorno. Pero lo que no puede aparecer en su legítimo derecho buscará caminos sinuosos para emerger y también para deformarse hasta lo grotesco.

Más artículos del autor

La idea de un Estado fuerte fue leída durante décadas, las del triunfo del neoliberalismo, como de raigambre fundamentalmente comunista. A ello habría que oponer la disminución de la intervención del  Estado y promoción del libre mercado. Pero la miseria neoliberal no se disimula ni para los capitalistas, por lo que no sorprende que Trump ganara con la promesa de un Estado con fuerzas renovadas y de corte proteccionista en materia económica. Que su posición no haya sido más que un señuelo no demerita el hecho del atractivo que ideas antes consideradas “populistas” y “totalitarias” recuperen hoy de nuevo su valor; y es que el juicio sumario que cayó sobre estas ideas fue más totalitario que aquello que se pretendía combatir y las “razones” detrás estas decisiones en contra de la ideología, más ideológicas que su enemigo. Que las ideas vuelvan y se “repitan” es inevitable. Pero es aquí donde debe prevalecer la escucha atenta, porque en este río revuelto, habrá muchos pescadores. Para meditar sobre lo que está en juego, propongo aquí un largo desvío: pensar la repetición. Hablaré pues, en términos generales, de qué puede significar repetir y cómo se puede anudar ello con la historia del comunismo.        

A=A no hay nada que objetar a eso. Toda igualdad estricta es trivial. Pero cuando escribimos 2+3=5 no decimos dos veces lo mismo. De hecho, esta igualdad es verdadera sólo en el caso de los números naturales bajo la operación suma, base 10. La igualdad es un símbolo de la diferencia. Dos cosas diferentes son puestas en relación. Dicha relación puede ser la igualdad, la equivalencia, un orden (como x>y), etc. Cuando tratamos con variables, como en la expresión y=2x, podemos incluso tratar con conjuntos infinitos. En este caso si x e y tienen por rango los números naturales. Esa serie infinita de igualdades surge de la repetición de una operación. En este caso el resultado es monótono, predecible. Pero eso depende del conjunto y la operación que hayamos elegido. Si tomamos el caso del conjunto de Mandelbrot, un fractal muy popular, veremos que una fórmula cuyo resultado es tomado como un nuevo input de esa misma fórmula, obtenemos una figura muy peculiar. Se trata de un fractal, que está acotado en el espacio (en una región de los números complejos), pero que tiene un detalle infinito, que nunca se repite, aunque existe una propiedad llamada auto-similitud, es decir, que si bien los patrones nunca se repiten de forma idéntica, es posible reconocer un parecido entre ellos.

Una fórmula que se retroalimenta produce un resultado caótico: se trata de una serie cuyos valores están completamente determinados, pero el comportamiento es de facto impredecible. La repetición de la fórmula es un sistema determinista, pero que engendra siempre formas nuevas, pero no arbitrarias. En la evolución los organismos se "repiten" por medio de la reproducción. En el caso de los organismos con reproducción sexual, ésta tiene lugar por la combinación de gametos, como óvulos y espermatozoides. Eso asegura variabilidad dentro de la especie. Una especie no se distingue por un rasgo, sino por una serie de rasgos y un espectro de variaciones, constituyendo así un espacio, una suerte de tema y variaciones, como sucede en ciertas piezas musicales. Por cierto que en la música, la armonía clásica está construida sobre grados, que indican las notas fundamentales, sus tensiones y resoluciones. Todo el juego armónico se despliega entre repeticiones, tensiones, inversiones, retornos, tránsitos y sustituciones.

En el caso de organismos más simples, la reproducción puede tener lugar por mera división celular. Pero aunque el mecanismo está dirigido a producir copias idénticas de las células, en la copia de ADN o el ARN, suceden “errores”, que llamamos mutaciones y que son fuente de variabilidad sobre la que constantemente opera la selección natural. Toda repetición, pues, genera al mismo tiempo un elemento que cita al anterior, pero que al mismo tiempo se destaca de él. Esto en un sentido puramente temporal: repetir es producir diferencias entre dos que cuentan como iguales (en el entendido de que la igualdad depende del punto de vista que se elija). Pero en un sentido espacial, las variaciones se acumulan, coexisten entre sí y crean espacios. Por ejemplo, si es verdad que no hay dos hojas de higuera idénticas, dicha forma existe solamente como variaciones en torno a un diseño relativamente abierto. Tan abierto como para que reconozcamos que no hay dos hojas idénticas, tan cerrado, como para que veamos ahí hojas de higuera. La hoja de higuera general es el resultado de una muestra. Pero a lo que atendemos no es a la hoja ideal, sino siempre a un conjunto de variaciones y transformaciones. Todo objeto, la silla, el perro, el árbol, es un conjunto de variaciones que hacen un grupo o comunidad no porque cumplan una misma propiedad, sino porque podemos deformarlos unos en otros. Podemos tomar una hoja de higuera e idealmente deformarla hasta que se convierta en la otra, y ese grado de variación interno entre las hojas de higo nos da el umbral para reconocer cuando se trata de otro tipo de hoja. Pero en tanto que ambas son hojas, podemos deformar también una en otra, aunque con otros criterios.

Un niño repite sus conductas hasta el cansancio. El adulto también, sólo que la complejidad enmascara el hecho repetitivo. El niño repite evidentemente actos simples que pueden parecer triviales. Tira con su mano, apenas en camino de ser controlada, un empaque pequeño de cartón. Lo tira una y otra vez, sin cansarse. Freud cuenta el juego del niño que lanza un carrete y luego lo jala, repitiendo: aquí, allá, aquí, allá. El ejemplo de Freud parece muy simple, se trata de jugar con la ausencia y la presencia, la cercanía y la lejanía, pero ¿es esto todo lo que sucede? La presencia y la ausencia son, en este juego, un continuum. Lo mismo la lejanía y la cercanía. Más bien parece que en el juego se empalman el mundo continuo y el discontinuo. Lo que el niño explora a la vez, es el mundo binario y el mundo de los matices. Al lanzar el carrete, las direcciones nunca son las mismas y no parece seguro que el niño esté más interesado en el objeto, que en la exploración del espacio a través de aquel. El niño va forjando su noción de espacio por medio de la repetición. O el espacio resulta ser el atlas de todos los mapas que corresponden a cada lanzamiento. El niño que tira el empaque nunca lo hace de forma idéntica, de modo que cada vez el objeto muestra una nueva perspectiva, un escorzo, un matiz de luz. Pero el objeto es justamente ese conjunto de matices y variaciones, ese espacio de transformaciones que hacen al empaque ese empaque. Y lo mismo puede decirse para cualquier objeto para cualquier conjunto de objetos para cualquier clase para cualquier universo qué está compuesto de matices de transformaciones y variaciones.

Ningún objeto consiste en una serie de cualidades que lo definen de manera intrínseca. Todo objeto es ya un espectro de variaciones; no solamente de perspectivas que nos pueden dar diferentes lados de éste, sino incluso transformaciones del mismo objeto que son equivalentes desde algún punto de vista. Además, lo que podamos decir de este objeto depende a su vez de los objetos con que lo pongamos en relación y de ese espacio en general en el cual lo inscribimos y a partir del cual lo interpretamos. Durante el siglo XX aparecieron innumerables “históricas críticas” de occidente a partir del desenmascaramiento: genealogías, deconstrucciones, arqueologías; de la moral, de la economía, del yo. Aquí debemos ser cuidadosos y no creer que el desenmascaramiento significa encontrar el verdadero origen de la moral, el verdadero origen de la ciencia, o que consistiría en encontrar el punto preciso de la historia donde se “inventó” una institución, una idea, un dispositivo.

Todo intento por fechar el origen preciso de Occidente (o su declive), en una lengua (las indeoeuropeas), un pueblo (el griego, por ejemplo) o una religión (el cristianismo), nos devuelve más bien un juego de repeticiones y anticipaciones. Sor Juana recuerda en El Neptuno Alegórico ese juego entre civilizaciones que consiste en dar acogida a los dioses. Cada pueblo, condenado por naturaleza a desaparecer, deja a sus dioses huérfanos, y son otros pueblos los que les dan casa temporal. Por eso María estaría anticipada en Cibeles y ésta en Isis: cristianismo, Roma, Egipto. Aunque visto más de cerca, si la repetición es el juego del pasado, la anticipación (prolepsis) lo es del porvenir. El juego del repetir y el anticipar, y mejor, del conjunto de repeticiones y anticipaciones, traza una suerte de grafo, una suerte de hýsteron próteron (postero primero), figura retórica donde un futuro queda esbozado antes de describir el tiempo anterior que le daría sentido: “su esposo está muerto y le manda saludos” (Fausto). Para darse cuenta de la riqueza de la repetición se puede echar una mirada a los tropos: antanaclasis, epizeuxis, conduplicatio, anadiplosis, anáfora, epístrofe, diáfora, diácope. Puede verse que los nombres de estas figuras incluye frecuentemente un prefijo de lugar o de posición: anti (contra), ana (hacia arriba), epi (arriba), cum (con), dya (a tarvés). En el español muchos de esos prefijos han pasado como preposiciones: con, contra, para, de, desde, cabe, bajo, hacia, tras, vía, sin, so, etc. Dichas preposiciones hablan del lugar, de una disposición o relación espacial. La repetición es también en este sentido un modo de configurar el espacio y no meramente un fenómeno temporal.  

Cualquiera está familiarizado con las llamadas figuras ambiguas (Kippbilder en alemán), que pueden parecer una cosa u otra dependiendo del tipo de mirada. Las sombras de dos rostros pueden convertirse en una copa si jugamos a invertir la relación figura-fondo. O conocemos también esa figura que en una dirección deja ver un conejo y en otra un pato. La fascinación de estas figuras no reside en que súbitamente cambien, sino en la posibilidad de cambiar una y otra vez el punto de vista, haciendo que cada vez, como por magia, aparezca una figura y desaparezca otra. La repetición en este sentido es el juego del cambio reversible del marco de referencia. Esta imagen fascina porque nos revela una relación que podríamos llamar “quiasmática”: o vemos el conejo o vemos el pato, pero no ambos y sin embargo, sabemos que ambos pueden aparecer por medio de una transformación reversible de la atención o la perspectiva.

Pero la repetición también es temible, pensemos tan solo en la forma de la compulsión: entregarse al automatismo, al mero tic psíquico. Tropezar siempre con la misma piedra, aburrirse como Sísifo, sufrir como Prometeo. Todos los días lo mismo, con la conciencia de saberse preso de su irremediable inercia. Temible repetición de la historia que no viene de desconocerla, sino de una fatalidad forjada por la costumbre: me miro repetir la historia, la misma vieja historia, patética y terrible. A diferencia de la tragedia, donde el héroe va al encuentro de su destino por ignorarlo, aquí ya conocemos el desenlace y, sin embargo, por pagar al Otro o alguna fuerza de la tierra su tributo o por el simple placer de confirmar mi existencia por la repetición de un par de muecas, insistimos. Cuando un crimen de lesa humanidad se admite, la legislación internacional exige reparación y no-repetición. Se exige con ello arrancar de raíz las condiciones que hicieron posible la perpetración de un crimen repetido. Porque un crimen de esta naturaleza adquiere su marca distintiva por repetirse: no es un asesinato masivo, sino calculado, repetido. Aquí no-repetición implica anular las condiciones de una necia y criminal insistencia. ¿Repetir o no repetir? Falsa opción. La verdadera pregunta es ¿qué repetir? El terror a que se repita el holocausto, la Shoah, debe considerar que el hecho no será exactamente igual. Demasiada vigilancia al perpetrador y la víctima obnubilan la lucidez y la atención, el estado de vigilancia que se exige para reconocer los signos de una catástrofe reeditada en otro escenario, con otros actores, pero con el mismo guion. Pero el lado más valiente de la repetición proviene de la cita. Cita es invocar un hito, un punto de referencia y sembrarlo en el contexto de un presente. Un momento propicio aquí y ahora sólo brilla como tal cuando se deja iluminar por un hecho pasado cuyo lustre no opacan los siglos. Espartaco será para la eternidad el esclavo que se levanta, su paradigma, El paradigma, dice Agamben, es un hecho singular, pero que se eleva a calidad de ejemplo. El castigo ejemplar es siempre particular, pero la elección del condenado inscribe las coordenadas de la conducta que se quiere suprimir a través del miedo. Pero el castigo ejemplar nunca es puramente singular, deberá repetirse para ir afinando (u oscureciendo, como en el caso del terror) su especificidad. De nuevo el paradigma es el espacio que se crea por la repetición de un hito, hecho siempre singular, pero elegido de manera tal que invoca, desde su inicio, un conjunto de ejemplos posibles. Por ello el castigo ejemplar manda un mensaje ambiguo: ¿quién es verdaderamente el que ha sido mandado a la horca?, ¿qué define al chivo expiatorio? Marx, por su parte, habló de la repetición como la manía revolucionaria por excelencia. El presente, aunque le pesara a Marx, no posee nunca las fuerzas suficientes para sostener una revolución. Los franceses citaban a los romanos. Lutero, a Pablo. Y no porque debieran usar sus ropajes para ungirse en alguna legitimidad fantasiosa. Es que la cita daba el otro punto que permitía, por un arco, conectarse con el punto del presente, para que la revolución dejara de ser un capricho, un desahogo coyuntural y adquiriera la densidad de un hecho histórico. Sin estos arcos del presente con el pasado y con el porvenir, el presente se ahogaría en su nulidad puntiforme. Y sin esa cita, o mejor, conjunto de citas, el hecho singular no podría convertirse en paradigma, esquematización necesaria para que devenga un universal, es decir, un "para todos" nacido de la experiencia y sus contingencias y no de una universalidad prefabricada.

En todo esto hay que reconocerle a Deleuze su mérito de haber dado a la repetición su dignidad ontológica. Pero hay que señalar su limitación al haber querido hacer de la repetición una diferencia sin concepto, es decir, incapaz de producir una forma global, un espacio de repeticiones y también un espacio de diferencias simultáneas y no solo locales (como dx). No había, en un pensamiento más global, riesgo alguno de entregar la diferencia a la integral y al límite matemático, es decir a la anulación del proceso inmanente de la diferencia en el plano del continuo. Había que pensar los sistemas caóticos, en donde el comportamiento del sistema no converge hacia un valor, no se vuelve monótonamente periódico. Había, pues, que ir suficientemente lejos y arribar al concepto de atractor: un conjunto de valores que producen un espacio en torno del cual un sistema impredecible, pese a todo, “orbita” (https://tinyurl.com/y8mw4dox). Ese es la importancia del concepto de límite, no un valor determinado que se asume, sino una suerte de imán que da al devenir una forma y que le otorga a los procesos un cauce. Platón había anticipado esta idea en el Timeo, cuando discute el concepto bastardo (como él lo llama) de espacio (Xora). El espacio no pertenece a las ideas eternas y generales, pero tampoco al mundo de las copias y el devenir. El espacio es lo que aloja, como una nodriza, las formas reales de la naturaleza, pero no de manera indiferente, sino dejándose formar y actuando, en consecuencia y de vuelta sobre esas mismas formas reales. Entre el mundo de las ideas que podemos identificar, mutatis mutandis con la matemática, y el mundo físico, está el espacio, que debemos llamar bastardo porque aloja las formas y él mismo posee una forma, porque acoge una multiplicidad en su seno y porque al mismo tiempo ejerce sus restricciones. Y espacio es también entonces la forma de una repetición.

El atractor de Lorenz (http://complex.upf.es/~josep/lorenzatt.jpeg), por ejemplo, nos describe el espacio por donde se moverán los valores de un sistema dinámico caótico particular. Es decir, el sistema no es predecible para cada valor (el conjunto de valores de un estado), pero en el tiempo, hay un espacio probabilístico que da forma al caos. Heidegger en un despliegue de platonismo dice que el alfarero que hace una jarra da forma al vacío. Es decir, el alfarero no hace una cosa al fabricar la jarra, sino que crea un espacio que puede albergar el vino. Esta forma que alberga las cosas es justamente la Xora platónica. Pero habría que precisar que la jarra no es un simple contenedor, ni un "lugar" que pondría cada cosa en (o que daría a cada cosa) su sitio. Así como el atractor de Lorenz está hecho de innumerables “órbitas” singulares que trazan un espacio más o menos definido por acumulación, el espacio se forja por repeticiones en torno de un atractor, que puede ser un vacío, un agujero, un territorio, una tendencia, etc. Lacan lo llamaba objeto a, eso en torno de lo cual el deseo gira por medio de la pulsión, componiendo un espacio singular, el del síntoma de cada uno. Cada quien carga consigo el espacio de su deseo, que posee su propia forma, su conjunto de tema y variaciones, de objetos y sus transformaciones (sustituciones, desplazamientos, condensaciones, etc.).

Mas también, cuando repetimos, ¿no nos entregamos al intento desesperado de leer y releer una secuencia de eventos para probar que otro resultado era posible? ¿No repetimos para probar que las cosas pueden ser distintas esta vez? En Die Macht der Gefühle, una de las películas de Alexander Kluge, una mujer le pregunta a un cantante de ópera sobre el trágico desenlace de su personaje en el 5º acto: “¡Usted interpreta esta pieza por enésima vez! Usted debe conocer verdaderamente el fatídico desenlace, Lo conozco, pero no en el primer acto, ¿Entonces por qué actúa con una esperanza en el rostro?, Porque no puedo conocer el 5º acto en el 1er acto, ¿Quiere Usted decir que la ópera podría haber tenido otro desenlace?, Absolutamente”.  Ni la historia más espantosa tiene signado su destino. No hay tragedia ontológica. En el comunismo histórico, no estaba signado, en ningún sitio, su catastrófico final. La historia no está atrapada por ningún destino, llámese metafísico o económico, ni por ninguna decisión originaria. Cada repetición significa la ratificación de una decisión, no la sombra de sus efectos. El sujeto tiene el derecho siempre inapelable de impugnar el destino, aunque este se haya repetido mil veces. Llegamos entonces de nuevo a la Revolución Rusa y al siguiente llamado: hay que repetirla. ¿¡Pero cómo!? … es que los gulags, es que Siberia y totalitarismo. Sí, pero también, es que… el lazo social no subsumido por el lazo económico, es que la sociedad que no dependa de la extracción de plusvalor, es que la posibilidad de apropiarse de un destino en un proyecto común. ¿Acaso cree usted que todo eso de la lucha de clases, el final de la explotación, la lucha contra la propiedad privada podría haber acabado de otro modo? Sí, absolutamente.

Vistas: 957
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs