“Una vida sin examen no merece la pena ser vivida”.
Sócrates (Ver).
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“…la educación debe contribuir al desarrollo global de cada persona: cuerpo y mente, inteligencia, sensibilidad, sentido estético, responsabilidad individual, espiritualidad.
Todos los seres humanos deben estar en condiciones, en particular gracias a la educación recibida en su juventud, de dotarse de un pensamiento autónomo y crítico y de elaborar un juicio propio, para determinar por sí mismos qué deben hacer en las diferentes circunstancias de la vida”.
Jaques Delors, La educación encierra un tesoro (Ver).
Cada año nos sorprende más el ritmo con el que se van adelantando los tiempos de las festividades características de nuestra cultura. Cuando aún no ha iniciado el mes de mayo ya se nos está bombardeando con publicidad para el Día de las madres, no acaba de celebrarse esta fecha y ya estamos recibiendo promociones para festejar a los padres aunque falte un mes o más para que llegue la fecha y así va ocurriendo con todas las festividades.
La Navidad es un caso especialmente notable. Este año empezamos a ver decoraciones y alusiones comerciales a esta festividad desde que terminó la celebración del día de muertos, es decir, casi dos meses antes de la fecha que en el mundo cristiano conmemora el nacimiento de Jesús de Nazareth.
Muchos estudiosos han hablado del fenómeno de la aceleración del tiempo y de la prisa como característica esencial de la vida en este mundo líquido. En lo personal me impresionó mucho hace ya más de una década, la lectura de la novela La lentitud, en la que el gran literato checo Milan Kundera aborda el tema de manera magistral, mezclando la ficción de una historia con la reflexión filosófica sobre la velocidad de la vida moderna como forma de escapar de la necesidad de enfrentarnos a nosotros mismos y a las preguntas y tensiones que nos plantea la existencia cuando la revisamos con cierta calma y profundidad.
Los seres humanos de este siglo tenemos un enorme miedo a la lentitud, a la vida pausada, al ritmo vital que nos deje tiempo para la auto-revisión, para la reflexión sobre nosotros mismos, sobre nuestro papel en el mundo y sobre el sentido último de la existencia.
Esta es la tesis que desde mi punto de vista, sostiene la novela de Kundera. Una tesis que me parece muy acertada y me dejó una marca significativa que no ha dejado de rondar mi pensar y sentir en estos años.
Aplicando esta tesis al fenómeno de adelanto de las festividades navideñas me surge la idea de que en realidad podemos hablar de dos navidades que tendrían sentidos totalmente opuestos: una navidad, la de la prisa y el consumo frenético al que nos someten los mercados globales y otra navidad, la de la lentitud y la reflexión que somete a examen nuestra vida que tiene que ver con el auténtico sentido de la tradición cristiana occidental.
Poco hay que añadir a toda la crítica que se ha hecho y se hace cada año respecto a la primera navidad. Es evidente la avidez y la agresividad creciente con que los empresarios de todos los ramos compiten por ganar mercado e incrementar sus ganancias en estas fechas, fomentando la idea de que se trata de fechas en las que hay que regalar cosas para mostrar el afecto entre nosotros y gastar en los festejos todo el dinero posible.
La prisa que nos devora nos hace víctimas propicias para esta dinámica comercial y nos lleva a vivir estas fechas con la misma velocidad frenética con que transcurre nuestra existencia durante el resto del año. Vamos de brindis en brindis, de posada en posada, de intercambio en intercambio de regalos porque “es lo que toca hacer”, porque “así son estas fechas”, como una especie de destino del que no podemos escapar.
Sin embargo la invitación de la otra navidad está ahí y nos sigue interpelando. Independientemente de si somos creyentes o no, si profesamos alguna religión cristiana o no, la segunda navidad nos brinda la oportunidad de bajar la velocidad de la vida cotidiana, vivir un poco la lentitud necesaria para encontrarnos con lo profundo de nosotros mismos y reencontrarnos con los demás a los que queremos.
Por coincidir con el final de un año que representa el cierre de un ciclo y el inicio de otro la segunda navidad es una invitación al autoexamen, a la reflexión autocrítica y la deliberación para tomar decisiones que nos hagan un poco mejores seres humanos.
Habría que preguntarnos si los padres de familia y los profesores, todos los que tenemos alguna responsabilidad como educadores en la sociedad estamos contribuyendo a formar a las nuevas generaciones en el hábito de examinar la vida de vez en cuando para que merezca la pena ser vivida, si estamos impulsando el cuarto pilar para la educación del futuro que tiene que ver con que cada niño y adolescente aprenda a ser, a diseñar su propio proyecto de vida a partir de la reflexión y la decisión autónoma y a irlo viviendo con convicción, más allá de las influencias externas y las presiones del mercado.
En esta época de las dos navidades, los educadores tendríamos que revisar si estamos cumpliendo con esta tarea fundamental de contribuir a la formación global de cada persona o estamos simplemente contribuyendo a producir al homo consumens que exige la sociedad centrada en el mercado.
Para ello tenemos primero que perder el miedo a la lentitud y vivir personalmente en el autoexamen y la actitud permanente de aprender a ser.