La propuesta de candidaturas independientes tenía un sentido: abrir el sistema de partidos, realizar una agenda difícil o imposible de realizar por las organizaciones políticas con registro. Para esta perspectiva, nuestros partidos están tan comprometidos en algunas cuestiones, como la corrupción, que difícilmente llevarían a su agenda la solución de este problema de manera eficaz. Es necesaria una fuerza externa para cumplir con esa agenda.
Para que esa propuesta cumpliera con ese propósito, se requerían varias cosas, como planteó quien es quizá el principal responsable de que las candidaturas independientes sean hoy una realidad en México, Jorge Castañeda. Primero que la lucha se concentrara en una candidatura. Aquí se puede añadir que esa candidatura única puede darse al inicio o al final del proceso electoral. Segundo, que tuviera una agenda clara. Tercero, que fuera acompañada de un equipo de campaña que, en su caso, sería el próximo gabinete. Cuarto, una red de candidaturas a otros cargos (legislativos federales y locales, gubernaturas, ayuntamientos).
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En la segunda quincena de octubre, una vez cerrado el plazo para la solicitud de registro de candidatos independientes, estamos muy lejos de esa propuesta. La sociedad mexicana no fue capaz (o no lo ha sido hasta ahora) de proponer una candidatura única con las características señaladas por Castañeda. Características que le daban sentido, viabilidad y razón de ser, que la constituían como una solución a los principales problemas en este momento político del país.
En lugar de eso, tenemos una pandemia de independientes, tal como lo expresó la revista Proceso. Lejos de concentrar el descontento lo van a dispersar. Por supuesto que no llegarán a la candidatura las decenas de ciudadanos que pretenden hacerlo y que lo han expresado ante la autoridad. Pero con que lleguen unos cuatro o cinco la dispersión del voto está asegurada.
No hubo acuerdo previo entre los varios interesados. Ni siguiera discusión o diálogo. Cada uno siguió su propio camino. En varios casos, los más visibles, estas candidaturas van contra el espíritu de lo propuesto por Castañeda: superar los límites que nuestros actuales partidos tienen. Los independientes más conocidos fueron miembros de partidos políticos. Algunos hace unos pocos años, otros hace pocos meses, y hay hasta quien hace pocas semanas.
No se dio la unidad en torno a un solo candidato y una agenda precisa. La agenda podría definirse todavía. Y la unidad también: si a lo largo del proceso algunos de ellos renuncian a favor de otro. Pero no se ve como escenario probable. Tampoco parece haber una red de candidaturas a los poderes legislativos y a los cargos de elección locales que apoye a los candidatos a la presidencia.
Aunque algo podría cambiar, quedamos muy lejos de la sensata y, ahora lo vemos, ambiciosa propuesta de Castañeda. En cierto sentido esa propuesta se trivializó. Más que intereses públicos, lo que parece estar en muchas candidaturas y precandidaturas independientes son intereses privados. Incluyendo el afán por los quince minutos de fama. Hay precandidatos no solo sin ninguna oportunidad de alcanzar el registro, sino sin el menor merecimiento para llegar al cargo público que pretenden. Más un concurso de egos que propuestas para resolver nuestros problemas públicos.
¿A qué se debe que no se haya dado esta alternativa, con las características señaladas? ¿A las incapacidades de acción colectiva de la sociedad mexicana? Es lógico que se den acciones y actitudes extraordinarias ante acontecimientos extraordinarios, como un sismo. Pero ante problemas ordinarios, como la corrupción y las ineficiencias gubernamentales, la solidaridad y organización de la sociedad no es fácil. ¿Se debe a que el descontento hacia los partidos actuales no es tan crítico como algunos pensamos?
Todavía la historia de las candidaturas independientes para el 2018 está por escribirse. Aunque el inicio no da razones para el optimismo, las cosas pueden cambiar. Pocos pensaban que Trump iba a ganar la elección. Podría haber un anti-Trump en México, un triunfo no previsto pero positivo para nuestro interés público.
Lo que costarán
El ego: “yo fui candidato”. Los quince minutos de fama.
Las cosas no están tan mal: la sociedad no ha reaccionado con fuerza contra los partidos