En “El Retrato del Artista Adolescente”, James Joyce deja de manifiesto que san Francisco Xavier, cuyas festividades la Iglesia de Roma conmemora cada 3 de diciembre, se erige en el Santo Patrono de los Colegios Jesuitas.
La ciudad de Puebla, como pocos lugares en el orbe, acaso tan sólo como el Dublín descrito por Joyce, deja sentir a cabalidad en su ambiente social, la clara vocación por la enseñanza y la formación intelectual y moral de los jóvenes que los integrantes de la Compañía de Jesús han manifestado de sus inicios, coincidentes por lo demás con los albores mismos de la ciudad, cuando el Colegio del “Espíritu Santo” contara con el patronazgo y el decidido apoyo de don Melchor Covarrubias.
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Antecedentes y destinos diversos, conformantes no obstante del universo común que se engloba en una generación, generación que, en, dicho sea de paso, en su historial ha contemplado tanto el desplome de los muros como la variación de las costumbres, generación a la que, como acaso en situación similar dijera Jorge Luis Borges, le ha tocado vivir : “tiempo difíciles, como a todos los hombres, en todos los tiempos”; y que tuviera, tras largos años de haber egresado de la escuela, la decisión fundamental de reunirse con el deliberado propósito de rememorar tiempos irremisiblemente idos, así como el de degustar juntos y en compañía de la conversación, del pan y de la sal.
El día en que se llevó a cabo la comida de ex alumnos del Instituto Oriente de mi generación, la televisión transmitió por la noche la película “Mariana, Mariana” en cuya trama un hombre rememora los días escolares de su infancia, y con la imaginación cercada por la nostalgia, los remordimientos y los deseos; que las dos situaciones en cuestión suscitaran; las asociaciones no cesaron de sucederse una a otra en un constante y concatenado fluir de imágenes y anhelos.
Recientemente fallecido un amigo, padre de algunas de nuestras compañeras escolares financió el primer número de una revista escolar en la que escribíamos, entre otros, tanto un servidor como el ahora renombrado novelista Pedro Ángel Palou.
El ejemplar aquel fue impreso en forma de tabloide y tirado bajo la supervisión de don Ángel Islas, padre de nuestro amigo el ex senador Víctor Hugo del mismo apellido, y quien ostentaba en el espacio de su escritorio los arreos propios de la masonería más arcaica junto a los instrumentales propios de la charrería conformando una combinación visual de objetos capaz de sugerir mil y un cosas a la imaginación juvenil de la que en aquel entonces estábamos investidos.
En claro desacato a las disposiciones concernientes a los derechos autorales, publicamos el entonces muy novel relato de José Emilio Pacheco, “Las Batallas en el Desierto”, inspiración, precisamente de la ya referida cinta de Alberto Isaac; realizándose el tiraje correspondiente en la imprenta del diario “El Circulo Poblano”, con todos los lineamientos tradicionales de la edición periodística y sus medias arcanas y misteriosas: medianiles, cuadratines, cintillos, orejas, ventanas, picas y líneas ágata, que la era digital ha destinado al olvido más atroz, de manera similar a como Galileo y Copérnico determinaron con sus avances científicos respecto a la sabiduría de los alquimistas antiguos.
Aunque “alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo, no habrá una barrera en el mundo que mi amor profundo no rompa por ti”, en el relato de “Mariana, Mariana” el bolero de Pedro Flores juega un papel fundamental al ser la piedra de toque que desencadena las añoranzas de los tiempos idos, y acaso sea precisamente esa, la sensibilidad que las charlas dejaban entrever en el encuentro de una generación que ha vivido y padecido transformaciones vertiginosas sin precedente acaso, al menos entre los integrantes de las generaciones vivas que habitan hoy por hoy el mundo.