El sexenio del presidente Peña Nieto se acaba lentamente, y la calificación general ronda en lo negativo.
Lo que arrancó con una serie de razonables expectativas se torna en un túnel oscuro y con salida angosta.
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Muchos asuntos fueron planteados con un excesivo optimismo. Vendidos a la opinión pública como hechos consumados, cuando apenas eran el arranque. O en el mejor de los casos, con una escenografía de bondad y bonanza que en el camino se complicó.
Y en algunos casos fue al fracaso rotundo.
La economía no se traduce en mayores empleos y la promesa de la gasolina más barata se convirtió en el mayor estallido de violencia social de los últimos años.
La guerra al narco y las matanzas, punto vulnerable del anterior sexenio, se ha multiplicado en la geografía. Las cifras del delito en todas sus formas crecen cada día y con ellas la inseguridad y el temor entre la gente.
En las estadísticas, las tablas que reflejan el robo, el asalto, la extorsión y el secuestro se van por las nubes. Pero además se rompen todos los records en temas candentes como el robo de gasolina, el ataque y muerte a periodistas, y la corrupción en todos los niveles junto con la impunidad.
Aumentan las zonas geográficas del país donde hay tal vacío de autoridad y ausencia de estado de derecho, que parecen territorios controlados totalmente por la delincuencia. Es el caso de Tamaulipas, donde tiroteos, bloqueos, incendios de vehículos, control de aduanas y asesinatos son la constante. Todas las semanas.
En ciudades otrora polos turísticos como remansos de paz, el zarpazo de las bandas se ha vuelto común. Las carreteras de Puebla, Veracruz y el bajío, por sólo citar algunas, son también áreas bajo acoso y hasta dominio de las mafias.
El gobierno federal y casi los de todos los estados, se han retraído de sus responsabilidades fundamentales. Un gobierno autoritario se tornó en un gobierno ausente.
Y acaso lo más grave es esa apreciación tan extendida de que la corrupción todo lo toca, todo.
No hay transparencia en el ejercicio del poder; atrás de cada nombramiento hay acuerdos oscuros o arreglos sospechosos; comisiones por obras; aparte de socios, compadres o parientes beneficiados. Todos vinculados al poder.
La figura más alta del país y el último de los policías no son dignos de confianza.
Y como si fuera la joya de la corona, el más importante proceso electoral del país, antes de la elección presidencial, rodeado de corrupción, manipulación y descrédito. Es el caso del Estado de México, que resume literalmente… el estado de (este país llamado) México.
Con este saldo desastroso ya casi al final del sexenio, no parece haber en el horizonte una pequeña luz, un asidero que salve al gobierno federal.
Los discursos no llenan hoy ni siquiera los espacios de los periódicos, ya no digamos las rendijas de esperanza que llegan a mostrar algunos sectores.
Estamos pues, en vísperas de un final verdaderamente al borde de la derrota y la condena general.
Parece excesivo el pesimismo, pero no hay elementos para dar paso a lo contrario.
Quisiera estar equivocado.