“El trabajo consiste en lo que un organismo está obligado a hacer; el juego consiste en lo que un organismo no está obligado a hacer”.
Mark Twain.
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Como una especie de mensaje simbólico resulta que las celebraciones del Día del niño y del Día del trabajo se suceden una a la otra en el calendario a nivel mundial. Se trata de celebraciones que coinciden en su motivación dado que tienen que ver con derechos fundamentales pero difieren en su contenido porque como dice la frase de Mark Twain que sirve de epígrafe al artículo de hoy, una tiene que ver fundamentalmente con el derecho a no ser obligado a realizar tareas no propias de la infancia como el trabajar mientras que la otra tiene que ver con el respeto a los derechos fundamentales de quienes por su situación existencial están obligados a hacerlo.
En efecto, la niñez se concibe como una etapa de la vida en la que la persona es aún frágil y requiere de protección y afecto que generen las condiciones propicias para su desarrollo. Es así que la Declaración de los derechos del niño establecen el deber de todos los Estados nacionales de garantizar que los infantes tengan un nombre, una nacionalidad, una comunidad preferentemente familiar en la que se les brinde afecto y protección para su crecimiento, servicios básicos de salud y de acceso a una Educación que les proporcione las herramientas cognitivas, afectivas y morales para su pleno desarrollo y para la generación de un proyecto de vida autónomo. Es por ello que los niños deben tener siempre prioridad en recibir protección y socorro en cualquier tipo de circunstancias críticas.
La realidad nacional y mundial nos debe hacer caer en la cuenta de todos los desafíos que hay aún que afrontar como humanidad para garantizar que estos derechos de la infancia se cumplan. Millones de niños en el mundo siguen sufriendo hambre, desnutrición y otras enfermedades y son víctimas inocentes de los conflictos bélicos y políticos generados por los adultos. Millones de niños tienen aún que trabajar para poder ayudar a sus familias a sobrevivir y carecen de las condiciones mínimas de salud, educación y protección que deberían tener según las convenciones internacionales que siguen quedando a nivel de documentos y declaraciones pero lejos aún de volverse realidad.
Por otra parte, la conmemoración del Día del trabajo o Día internacional de los trabajadores surge a partir de la lucha de los adultos que vivían la obligatoriedad del trabajo en condiciones de explotación que los hacían sobrevivir en condiciones infrahumanas. La lucha por la jornada laboral de ocho horas diarias y por la creación de leyes que protegieran los derechos básicos de los trabajadores implicó muchos años de sacrificios y protestas y muchos muertos.
Algo se ha caminado desde que iniciaron los movimientos de protesta y sin duda que el sacrificio de los “mártires de Chicago” que son emblema para el mundo y de los trabajadores caídos en Cananea y Río Blanco, símbolos de la lucha obrera en nuestro país ha valido la pena.
Sin embargo en el terreno laboral también siguen existiendo aún muchos espacios de simulación y explotación y seguimos viviendo realidades en las que millones de personas no tienen aún acceso a un empleo digno y a una remuneración que les permita tener una vida plena.
Me gustaría sin embargo abordar el tema desde otro ángulo que tiene que ver con la forma en que estamos entendiendo la finalidad de la Educación y que debe sin duda cambiar si queremos enfocar la educación desde y hacia una perspectiva humanizante y no meramente económica.
El pensador francés Edgar Morin al hablar de las distintas unidualidades que constituyen al ser humano plantea que somos seres que viven de manera prosaica –es decir, en prosa- porque necesitamos dedicarnos a cosas que nos permitan sobrevivir en el mundo –entre otras cosas, el trabajo- y también de manera poética –es decir, en verso- porque nos resulta vital también la experiencia de elementos que nos sirvan para vivir humanamente, más allá de la mera supervivencia. En la dimensión poética de la vida se encuentran elementos como el juego, la diversión, la amistad, la fraternidad, el amor, la belleza, la autorrealización, etc.
Pues bien, tal parece que en el mundo del mercado global en que vivimos hoy, la educación se concibe como un camino fatal desde la dimensión poética –cada vez más restringida, tal vez al nivel de preescolar y la primaria baja- hacia la dimensión prosaica –el resto de la primaria, la secundaria, el bachillerato y la universidad-, es decir, del mundo lúdico y cálido de la infancia en la que no estamos obligados a trabajar hacia el mundo pragmático y frío de la vida adulta en la que nuestra única finalidad es volvernos eficientes para el mercado laboral.
Porque el mundo del trabajo se ha reducido a la dimensión prosaica de la supervivencia y se le ha quitado todo el potencial de desarrollo como seres humanos que conlleva. De ahí las frases ingeniosas pero trágicas que encontramos respecto del mundo del trabajo. “Algunos dicen que el trabajo duro no ha matado a nadie, pero yo me digo ¿Por qué arriesgarse?” decía el ex presidente estadounidense Ronald Reagan. “Algo negativo debe tener el trabajo porque si no ya los ricos lo hubieran acaparado” dicen que afirmaba Cantinflas. “Lo más triste es que la única cosa que se puede hacer durante ocho horas al día es trabajar” dice una frase del escritor William Faulkner.
Desde esta percepción parcial y negativa del trabajo se educa a las nuevas generaciones, con la falsa idea de que la escuela es una especie de aduana que hay que pasar para poder ganar el derecho a acceder a la obligación fatal de trabajar, cuando por un lado la educación es mucho más que preparación para el trabajo y por otra parte, el trabajo es mucho más que esa fatalidad que los adultos tenemos que enfrentar para sobrevivir.
Ojalá estas celebraciones nos sirvan para reflexionar un poco acerca de esta distorsión que ha sufrido la relación entre educación y trabajo y podamos resignificar la escuela como un espacio que forma para la vida y no solamente prepara para el trabajo y resignificar el trabajo como una actividad que nos ayuda no solamente a sobrevivir sino a vivir humanamente porque nos permite desarrollar nuestras potencialidades, disfrutar de espacios donde convivimos y co-creamos con otros y realizarnos a través de lo que hacemos día a día para transformar el mundo que nos fue dado construyendo una realidad mejor.