Alejandro Armenta le puso el cascabel al gato, y ahora tiene el cuello en la guillotina.
Es un priista que no se clasifica en el montón. Tiene simpatizantes y detractores como resulta natural en casi cualquier político. Pero su peculiar estilo de ser hace que no pase inadvertido.
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El augurio negativo que algunos hacen respecto de su futuro pudiera no ser así. Y hay antecedentes que lo respaldan. Se recuerda, por ejemplo, la disidencia priista de Cuauhtémoc, Muñóz Ledo y don Rodolfo González Guevara. Satanizados en su momento, el tiempo les dio la razón.
En su posición no hubo oportunismo, hubo honda discrepancia interna.
En la oposición no sólo conquistaron sitios de privilegio, sino que abrieron la puerta para la democratización en la vida política del país. Como tantos otros de otras corrientes. Su movimiento fue para democratizar y romper vetustos moldes en el tricolor que no lograron.
La respuesta que les dieron fue la expulsión y el sambenito de subversivos. La guadaña presidencial era demoledora. Casi como ahora.
Hoy Armenta decide transitar por la senda del pecado, para los castos oídos priistas.
Como entonces.
Y le han desatado los demonios en su contra. Pudieran expulsarlo, por supuesto. Suena lo más lógico.
Lo que no han combatido son sus razones.
Si bien no se trata de una figura toda santidad, difícilmente podrán decir que los pasos de Armenta ahora son oportunistas.
Un pecado tuvo, es cierto. No distanciarse en su momento de un gobierno como el de Marín.
Pero, pasado ese, levantó banderas y emprendió luchas que pocos en Puebla se atrevieron. Ni a la fecha.
Su campaña por el distrito de Tepeaca fue aguerrida y frontal contra Moreno Valle, en la figura de Mario Rincón. Y le arrancó un poderoso gajo al omnipotente poder entonces.
Internamente en el PRI, frente a Manlio mismo, más de una vez levantó la voz. Tuvo posiciones de discrepancia dentro del ámbito priista y hasta llegó a parecer incómodo.
Hay testimonios de que en la campaña de Blanca fue arrinconado por la burbuja de la candidata. Armenta quería una confrontación real, pero si bien formó parte del comité, no tuvo decisión ni mando. Así lo reconoció, tiempo después, la propia candidata y su equipo.
Atribuir a Alejandro la derrota de Blanca no resulta ni cierto ni justo. Su equipo cercano (de ella), yerno incluido, bloqueó y blindó todo, desplegó una campaña descafeinada para no despertar las iras del gobierno poblano y evitar la exhibición de los expedientes punibles de la candidata, lo que finalmente de todos modos ocurrió y terminó de hundirla.
Otro factor en esa contienda fue la evidente concertación entre los gobiernos federal y estatal, como telón de fondo, pero signos y síntomas del poder real, finalmente. Que Blanca también terminó aceptando.
La otra derrota que salpicó a Armenta fue la de López Zavala, pero si somos objetivos ¿quién ganaría con un candidato así? De entrada, el candidato fue Zavala, no Armenta. Y quien perdió realmente, en toda la línea, fue Marín, más que ganar Moreno Valle. Don Mario era un bocado apetitoso para los leones.
Casi cualquiera le hubiera ganado, con solo manejar de modo inteligente y masivo sus negativos, que eran monumentales.
Eso que hizo Moreno Valle, se negó a hacerlo Blanca Alcalá. De modo que, nos parece que no resulta correcto cargarle a Armenta milagros que no hizo.
Para su fortuna, a Alejandro tampoco le han sacado expedientes negros, como abundan en la hoja curricular de muchos conspicuos tricolores, de los mandos nacionales y de la nomenclatura local.
Finalmente el pliego o bandera que le puso Armenta en la cara a César Camacho, su aún coordinador –sí, el de los millonarios relojes, el de esa propensión exhibicionista tan pobre de los opulentos priistas- no ha tenido respuesta.
El silencio de Camacho y de Ochoa Reza –sí, el de las flotillas de taxis, los gestionados en Puebla incluidos- y peor aún, su falta de postura política ante los palmarios reclamos de Armenta, no hacen sino darle la razón a este.
Pero cuando la razón no vale, ¿qué vale tener razón? Si ni siquiera han tenido una posición pública y resuelta ante la escandalosa y abominable lista de los gobernadores ladrones, priistas y opositores.
Con estos elementos en el escenario, lo altamente probable es el corte de cabeza de Armenta, con lo cual no harán sino revaluarlo para las contiendas por venir.
El poder vertical está intacto. La interferencia en los negocios se considera intrusión. Y se castiga con la expulsión.
Su posición priista, con todo esto, es altamente vulnerable.
Sus razones, están intocadas.