Cabello negro con fleco, un par de coletas sujetadas con listones y una amable sonrisa era la manera de describir a Miranda. Papás habían esperado a que terminaran las clases en el kinder para llevarla a vacunar. Llegaron muy temprano a la clínica y ella no tenía la más mínima idea de a qué iban. Mamá le había dicho que la llevaban para que le pusieran “soldaditos” que la defenderían de las enfermedades. A la pequeña se le hizo buena idea, pues hacía poco que se había enfermado de la garganta y no había sido divertido.
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Esperaron un buen rato sentadas y finalmente fueron llamadas por una mujer vestida de blanco que salió de una puerta. Entraron a un cuarto donde había un escritorio, una cama alta con sábanas azules y varios gabinetes. Luego de revisar unos papales que le dio mamá, la mujer sacó de un gabinete algunas cosas, sentó a Miranda en la cama alta, levantó la playera para descubrir su brazo, aplicó un líquido frío con un algodón y luego “¡Ay!” sintió un piquete tan doloroso que la hizo llorar y enseguida buscó a mamá para que la cargara y dijo señalando a la causante de su dolor: “Mala, mala”, a lo que mamá respondió: “No digas eso, ella te acaba de poner los soldaditos que te platiqué”. La enfermera regaló una paleta a Miranda, puso un sello en los papeles y dijo mientras salían del consultorio: “Tiene que venir el próximo mes para la siguiente vacuna”. La pequeña se horrorizó ante la idea de regresar y entre sollozos dijo a mamá: “No quiero venir otra vez a que me pongan soldaditos”.
Esa misma noche, la niña tuvo fiebre por la aplicación de la vacuna y le parecía ver a la mujer de blanco acercarse con la jeringa en una mano y una paleta en la otra mientras ella decía: “No, mala, no paleta”. Al día siguiente despertó sintiéndose mejor, pero le pidió a mamá no llevarla nuevamente a ese lugar.
Durante las vacaciones Miranda acompañó a papás a la plaza comercial donde tenían una cafetería. Pepe, sobrino de papá de14 años, llevaba los pedidos a los locales de la plaza. Se llevaba a la pequeña para que se distrajera. Cualquiera que fuera la dirección de entrega, ella siempre pedía pasar por la tienda de mascotas, pues le gustaban mucho los animalitos que ahí había y los miraba a través del vidrio. Solía decir el nombre del animalito al revés, por ejemplo a un pollo le decía “Lli-to-po”, a un gato “Ti-to-ga” y, a su favorito, “Ri-to-pe”, un cachorro juguetón que parecía querer quitar el vidrio con las patas para salir a jugar con la niña.
Esa misma tarde la nena dijo a papá: “Quiero un ri-to-pe”, extrañado le preguntó “¿Un qué?” y ella repitió “Ri-to-pe”. Al ver que no le entendía, jaló del brazo a papá y llegaron a la tienda de mascotas para mostrarle el cachorrito. Al regresar se reunieron con mamá para explicarle, pero no estuvo de acuerdo en comprarle un perro, pues se tendría que quedar solo en casa. Al escuchar esto, Miranda se puso muy triste y no quiso comer.
Días más tarde, Miranda fue con mamá de compras, llevaba un libro para colorear y sus lápices en una mochila, por si se aburría. Al entrar a una tienda de telas, la niña se quedó sentadita en una banca mientras mamá pedía algo en el mostrador. Antes de sacar su libro, se quedó viendo cómo la gente pedía una tela y el empleado bajaba un rollo, extendía la tela, la medía y cortaba. De pronto vio que debajo de la tela que salía de un rollo, algo se movía. Se acercó para averiguar qué era , miró con detenimiento, levantó la tela y ¡Pum! Se llevó una enorme sorpresa al ver que había un cachorrito pequeño y peludo que luchaba por salir de ahí. El perrito levantó la cara, vio a la nena y movió la colita animadamente por lo que de inmediato se gustaron. Lo cargo y estrechó para acariciarlo mientras le decía “¡Ri-to-pe! ¡ri-to-pe!”, a l tiempo que el animalito le lamía la cara. Mamá terminó sus compras y la estaba buscando por lo que gritó su nombre. Al oírla, metió al cachorro en su mochila y encontró a mamá para darle la mano, salir de la tienda y continuar caminando entre la gente. Al llegar a casa puso al perrito en una caja de zapatos y le dio leche en un plato. Al acabar de comer, cerró la caja y la metió debajo de su cama. Estaba feliz de tener al fin una mascota.
En la noche, al sentarse a merendar, el perrito comenzó a ladrar dentro de la caja y papá dijo; “¿Oyeron eso?”, pues no podía saber de dónde veía el ladrido. Al ver que podría ser descubierta, Miranda ladró igual que el cachorro, pero debajo de la mesa para que papá creyera que la había escuchado a ella. El truco funcionó, papá ya no dijo nada y terminaron de tomar su merienda sin novedad. Después de irse a dormir, la niña salió de su cuarto en medio de la oscuridad para conseguir más leche para su animalito. De regreso al cuarto sacó la caja y la abrió, pero el perrito al verse libre, de un salto escapó y echó a correr haciendo mucho ruido. Tiró una escoba y ladraba contento de haber escapado de su encierro. Mamá y papá se levantaron y rápido salieron de su cuarto para ver qué pasaba.
Como era de esperarse, al prender la luz sorprendieron a Miranda con la causa del escándalo en sus manos y le preguntaron de dónde lo había sacado. Ella les respondió “Ri-to-pe es mío, yo lo encontré, me quiero quedar con él”. Mamá seguía sin estar de acuerdo y muy seria dijo “Hija, tener una mascota es una gran responsabilidad y hay que hacer muchos sacrificios ¿estarías dispuesta a hacer sacrificios por él?”. La pequeña no podía comprender bien a qué se refería mamá, pero le parecía que pedía algo a cambio de que el perrito se quedara. Sus ojos se llenaron de lágrimas y en medio de un sollozo les dijo: “Si ri-to-pe se queda, yo voy a que me pongan más soldaditos”. Esta repuesta sorprendió y enterneció a papás, pues se dieron cuenta que la niña efectivamente quería hacer algún sacrificio por quedarse con su mascotita.
Días después llegó el momento de ir a la siguiente vacuna. Llegaron al consultorio y nuevamente esperaron sentadas. Miranda iba seria, pero tranquila. La mujer de blanco las llamó, entraron al consultorio, revisó los papeles, sentó a la niña en la cama alta y abrió el gabinete para sacar sus cosas. Al voltear, la nena sostenía la manga de su blusita para descubrir su brazo y con los ojos cerrados esperaba a que el dolor llegara.
Ese día fue muy especial para Miranda. Al llegar a casa vio que papá estaba en el patio. Se le colgó del cuello para que la cargara y le contó que la mujer de blanco no era mala, pues le había dado soldaditos sin picarla, sino con algo que se tuvo que tomar. Por otro lado papá había hecho una casa preciosas para su mascota, con una pequeña ventana y había pintado unas letras en la entrada que le dijeron era el nombre del cachorro. Cuando papá leyó las letras, la niña no dejaba de reír feliz.
Las letras decían: “Rito P.”.