Era sabido que quien ganara las elecciones presidenciales en los Estados Unidos significaba una verdadera amenaza para los pueblos del mundo, pero sobre todo para aquellos de su principal zona de influencia económica, es decir, Latinoamérica. Hubiera ganado Hillary Clinton o Donald Trump era lo mismo. Sin embargo, se podía pensar, en uno de esos pensamientos de dormitación en el transporte público, que una sociedad no puede caer en lo grotesco, en una pantomima absurda, en lo vulgar. Si quiera de pensarlo, ese superyó freudiano actuaba de inmediato apelando desde el sentido común, atravesando por la incredulidad a merolicos, charlatanes o fanfarrones callejeros, hasta recordar a aquel personaje de la primera mitad del siglo XX, el del bigotito curioso, ese que en Alemania llamaban Führer.
Ganase quien ganase nos afectaría a los que no somos gringos, güeritos. Pero, ¿podría ser posible que una nación, un pueblo, fuera tan imbécil de comprarle las ideas más racistas, xenófobas, misóginas a un personaje ridículo, que parecía salido de una mala comedia mexicana de Galavisión (canal 9 de televisión abierta, el antiguo “Canal Cultural de Televisa” -ahora 9.1-)? No, no sería posible. En la época del acceso a la información, de la sociedad y la economía del conocimiento, de la globalización, de la nanotecnología, la inteligencia artificial y hasta la amenaza de invasión zombie, no podría ser posible.
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Y no es que un ciudadano del mundo o un latinoamericano de a pie pudiera comprar la demagogia de una mujer que no ha tenido una trayectoria política muy limpia que digamos; es más, parece que su trayectoria ha sido bastante corrupta y oscura. Pero no sólo oscura, sino rojiza, del color de la sangre que favoreció cuando ocupaba los diferentes cargos públicos en su nación. Además, estar casada con quien le dejo muy mal sabor de boca a los estadounidenses durante los años 90 (sólo basta preguntarle a su becaria, la señorita Lewinsky). La señora Hillary Rodham, señora de Clinton, no era una opción ética para nadie, pero al menos no parecía el hijo bastardo, el personaje no reconocido, de una comedia de Chespirito. A final de cuentas, Hillary era el eufemismo de Trump y éste el disfraz de ella.
Pero los gringos son los gringos. Perdón por la tautología, pero son un pueblo (como pueblo) que no se distinguen por ser muy inteligente o brillante. Quizá si se tuviera que medir su IQ como nación, presentarían un importante déficit. O, si se tuviera que medir su raciocinio por dedos de frente, mostrarían una frente ampliamente calzada, como decían las abuelas mexicanas. Una sociedad miedosa, insegura, que no sólo tolera la violación de todos sus derechos, sino que compra los chistes y las hipótesis más elementales, las propuestas de vida y de campaña políticas directamente extraídas del Simón Simonazo.
Y no es que los gringos (y gringas), en general, parezcan idiotas, lo son, o al menos lo actúan bastante bien. Dicen que el hábito no hace al monje, pero lo distingue y, así ocurre con el pueblo de las barras y las estrellas. Sin lugar a dudas, son idiotas, en todos los sentidos: a) como aquellos que sólo piensan en sí, en sus miedos, en sus percepciones; b) como agentes de su propia condición, su idiosincrasia (palabra de la misma etimología), y c) unos completos, perfectos y profesionales ignorantes. Los güeritos le han dado una buena lección a Tocqueville sobre lo que es la mayor democracia del mundo: la decisión política de un país (y de muchos en el mundo) en manos de una mayoría de idiotas.
No podría pasar. ¿Quién votaría por el fanfarrón del peinado ridículo? ¿qué sociedad, con tres dedos de frente (aunque ya dijimos que los estadounidenses parecen licántropos) podría votar por un probado racista (que presume sus fotografías con miembros del Ku Klux Klan), fascista, misógino, clasista (…necio, un estúpido engreído, egoísta y caprichoso, un payaso vanidoso, inconsciente y presumido, falso enano -ahí falló Lupita Dalessio- rencoroso, que no tiene corazón)? ¿no sería como darse un balazo en el pie? ¿los gringos no sentirían feo que el mundo los viera como los más grandes imbéciles del orbe?
A las 10:00 de la noche de un martes, como el 8 de noviembre de 2016, cuando el sueño mina todo esfuerzo por sostener los párpados en alto, y los ojos comienzan a sentirse arenosos, se escucha que Donald Trump va ganando en los distritos electorales. De inmediato, uno cree que no pasará nada. Lo mismo sucedió con Cuauhtémoc (Cárdenas, no Blanco) en 1988, y con Andrés Manuel en 2006. Uno se va a dormir y al despertar, hasta Carlos Salinas pudo ser el triunfador en las elecciones estadounidenses.
Sin embargo, uno despierta con el mal hábito de la encender el televisor, que sirve como compañía a la existencia, y lo in-creíble pasó. No sólo al despertar el dinosaurio estaba ahí, sino que era aquel payaso que se dejó crecer, se creyó en él y se convirtió en el Leviatán hobbesiano, futuro guía de la peor amenaza para el mundo: el gobierno los Estados Unidos. El ratón cuáquero, y también vaquero, salió de la celda y no sólo escapó, ganó la elección y el futuro, al menos de los siguientes cuatro años.
De inmediato, mi cabeza pasó de pensar lo idiota como fundamento para el egoísmo y miedo gringo, además de la connotación hacia la ignorancia que representa el término (sí, lo sé, decir gringo idiota es pleonasmo), a intentar comprender la designación del presidente electo de Estados Unidos, así como a su pueblo y su subnormalidad esencial. Sociedad política y sociedad civil gringa son imbéciles, eso los unifica, los identifica. Al igual que el idiota, el imbécil es aquel que no puede moverse solo, que carece de autonomía locomotora, el que ocupa un bastón. De ahí la dialéctica de la naturaleza imbécil norteamericana: un pueblo de imbéciles e idiotas que tomaron como bastón a un idiota e imbécil que tomó como bastón a un pueblo miedoso y egoísta.
Pero, ¿qué había en la cabeza de esos invasores zombies que votaron en Estados Unidos? ¿qué había en esos migrantes, latinos, que, de liliputienses y hambrientos connacionales o hermanos de región, ya con su mica o naturalizados, ahora, ya como esclavos obesos con tenis Nike cantantes de “Oh, say does that star-spangled banner yet wave O'er the land of the free and the home of the brave?” votaban en favor de la migra en grandote, en güerote? De los blancos, ¿qué se podía esperar de los cuáqueros excluyentes, asesinos de orígenes e invasores del universo? Nada, la vocación de la ética protestante weberiana se mostró tal y como lo es: una ética de idiotas e imbéciles enajenados norteamericanos. El 8 de noviembre, ¿ahora será su nuevo Thanksgiving day?
Y habrá quien diga que no todos y todas los norteamericanos votaron por Trump, pero lo hubieran hecho por Hillary que no es más que otra botarga de la misma idiota-incracia estadounidense. ¿Cuál de esos güeritos que ha salido a manifestarse pusieron en duda su sistema político y a los aspirantes presidenciales? Garbanzos de a dólar. Ahora Michel Moore tiene material para un nuevo trabajo cinematográfico. Pobre Fidel Castro, él siempre tan cuidadoso de distinguir entre el pueblo y el gobierno norteamericanos. Ahora puede ver, que esos gobiernos existen porque esos pueblos les dan vida.
Increíblemente, los microbuseros (choferes de microbuses de Chilangolan -en pocho para camuflarse) neonezas (neo-ciudadanos de Nezahualcóyotl, no Neonazis), los que son skinheads no por ideología nazi, sino por los piojos que residen en sus seborreicos cueros cabelludos producto de la exposición al calor por horas, todavía portan la bandera de las barras y las estrellas en los retrovisores de sus unidades, esperando un día ser el payaso (no sólo del rodeo) racista y macho que gobierne, aunque sea su vida.
El sentimiento de desesperanza llega. Trump representa la humanidad, la real, la neoliberal y competitiva; la de las competencias y nuevos modelos educativos; las de la economía del mercado; las de la globalización de inclusión forzada y los resentimientos culturales; la del odio por el otro, visto como peligro, amenaza e invasor; la cruel que asesina en las fronteras, que deja morir en los mares.
Esperemos que ocurra la máxima de los gobiernos del mundo, “nunca cumplen lo que prometen”, porque de hacerlo ahora, parece que ni el Santo, el Chapulín Colorado y San Juditas Tadeo juntos podrán hacer frente al magnate de copete de peluquín henequenero. Pero, ¿ahora qué hará Superman, Bugs Bunny y el Pato Lucas que combatían al Führer? ¿lo harán contra Trump? Gringos a final de cuentas.
Ya qué pensar sobre los descerebrados del norte, así son. El ácido fólico que les dieron a sus madres durante el embarazo quizá era radiactivo, como la leche Liconsa, la de la Conasupo, que tomaron muchos de los que votaron por el PRI en México hace tres años. Seguiremos igual de jodidos o más, con Trump o sin él. Continuamos con la miserable vida que tenemos en nuestro país, con nuestros propios Trumps y fregando al que se deja (basta preguntarles a mujeres, indígenas, migrantes nacionales y de origen de otras naciones), que “el que no transa no avanza”, lema de nuestro Trump-Partido en el poder.
Pobre México, tan lejos de Dios y con un copete imbécil dentro y otro copete idiota rubio fuera, pero tan cerca los dos. El gobierno habla de un Plan B, ante la situación. Pero si este país siempre ha sido el Plan K para sí mismo y para los gringos, somos su patio trasero. Tan sólo basta ver cómo el bucles de Washington pasa por encima del pobre Juárez, de esos devaluados $20 pesos, y el morenazo oaxaqueño sólo se queda estupefacto ante el Síndrome de Estocolmo que se convierte en la sangre de la identidad nacional. Sólo del susto ya no se podrán juntar $10 pesitos para la Afore y los Tres Tristes Tigres engrosarán las filas del desempleo. La selección nacional tendrá que comenzar con el muro ante la inflada selección nacionalista del nuevo Káiser gringo, o vencer a la escuadra del norte en el único terreno donde eso puede ocurrir.
La pesadilla se convirtió en una nueva pesadilla. De lo peor ganó lo peor. Un verdadero gringo, un racista, un macho, un clasista, un empresario neoliberal llegó al poder en Estados Unidos y mostró con el traje al desnudo del emperador, la esencia del pueblo que lo eligió. “Dios, perdónalos porque no saben lo que hacen”… bueno, mejor no.