Qué pobreza y mezquindad exhiben todos los actores políticos ante el estado de cosas en el país.
Cada vez hay más extensiones geográficas de México prácticamente sin gobierno. En esas zonas el poder se lo reparten las bandas delincuenciales de toda laya y los grupos que con banderas de lucha, sindicales o docentes, imponen su ley con presión y violencia.
Más artículos del autor
El orden social, de naturaleza injusto, donde conviven miseria y opulencia, recibe los embates violentísimos de estas bandas. Los partidos y los gobiernos eluden asumir su papel. Las policías y fuerzas armadas cada vez son más el recurso primero y último de la autoridad. Y con frecuencia, o son parte del problema por sus vínculos con el hampa, o resultan rebasados por el poder de fuego de la delincuencia.
Pero este clima no es de excepción. No son puntos aislados del territorio donde ocurre todo esto. Son vastas porciones. Estados casi por completo bajo el caos. Miles de kilómetros de autopistas bajo control de grupos sedicentes magisteriales; igualmente vías férreas; redes de transporte ferroviario desarticuladas; pasos fronterizos fuera del dominio del gobierno.
Igualmente, centros y zonas comerciales bloqueadas, saqueadas o cerradas; arterias de la capital y de ciudades importantes convertidas en campo de lucha; ductos de Pemex permanentemente perforados y el combustible robado por ladrones; cárteles rivales en disputa abierta por territorios del país; robo y asalto en carreteras a tráileres y autobuses; puertos y zonas hoteleras impactadas por el chantaje de la CNTE, en fin, un cuadro horrendo.
Y en medio, como en un ring de box, los gobernadores saliente y entrante de Veracruz en una interminable guerra de estiércol. Ellos y sus familias y sus grupos, envueltos en fraudes, abusos, enriquecimiento insultante, asqueroso. Impunes todos.
¿De qué le sirve a una nación contar con un gobierno legalmente constituido en el poder, con miles de soldados y policías, sin tener el control pleno de la nación y sin garantizar absolutamente el derecho a la seguridad y libre tránsito a sus ciudadanos?
No sufrimos la invasión de una nación enemiga, ni el acoso de una guerrilla, ni la fuerza invisible de los grupos terroristas que asuelan el mundo, pero estamos con escenarios con tales características. El número de muertos a diario y las cifras acumuladas, retratan al territorio nacional como el de una nación en guerra. O peor inclusive.
Y el presidente de la república, las cámaras y los partidos, se desentienden de este amenazante clima.
El presidente Peña inclusive, emprende viajes al extranjero con harta frecuencia, ajeno por completo a sus responsabilidades más elementales. Y eso ocurre justo cuando las crisis se multiplican o crecen. Los partidos siguen en su vociferante actuar, con esa verborrea sin fin sobre los asuntos más triviales, como si en otra nación se vieran.
Este clima de inseguridad, impunidad, corrupción e incertidumbre, empieza a tocar las puertas de la vida económica del país. Hay ya reacciones de las empresas establecidas o de inversionistas en potencia. La situación ha llegado ya a un punto grave.
Las condiciones están para advertir paros de empresas, porque las protestas y reclamos de acción del gobierno no son escuchados. Es caótica verdaderamente la situación.
El gobierno federal juega con fuego y es enormemente grave la irresponsabilidad que muestra para cumplir mínimamente con su responsabilidad.
Es deseable que reaccione pronto, con inteligencia, sensibilidad, los recursos de la política y la fuerza de la ley. Cada día que deja de hacerlo, es un día que México se acerca al peligro.