«Lengua madre sólo hay una» ese es el lema de una campaña mediática lanzada por la Real Academia Española a principios de año para contrarrestar el influjo de los anglicismos en la publicidad. Y es verdad, lengua madre sólo hay una. O, más precisamente, ya que la expresión «lengua madre» suele ser empleada para referirse a las lenguas de las que se derivan otras (como el latín en relación a las lenguas romances) lengua materna sólo hay una.
Dicha lengua es la que adquirimos por mímesis durante los primeros años de vida, mediante la interacción cotidiana (muchas veces lúdica) con los más próximos: mamá, papá, hermanos, etc. En su aprendizaje inicial casi no media la pedagogía o el estudio consciente. No obstante, llega un punto en el cual la profundización en la lengua materna (por ejemplo el español) sólo puede ser resultado de la dedicación.
Más artículos del autor
Puede darse el caso de que hablemos o escribamos en distintas lenguas, sin embargo solemos pensar las cuestiones existencialmente más definitivas en nuestra lengua materna. La importancia de esforzarnos en su profundización se evidencia, precisamente, en la constatación de que es desde su seno donde reflexionamos. «Lengua materna» y «lengua de pensamiento» resultan muchas veces expresiones intercambiables.
Al respecto encontramos un caso paradigmático en la pensadora alemana Hannah Arendt, considerada por muchos la teórica política más importante del siglo XX. Comenzó a estudiar inglés a los 35 años de edad, en 1942, cuando llegó a los Estados Unidos huyendo de la persecución a los judíos de Europa por parte de los nazis —para entonces ya conocía bien la lengua francesa. A los pocos meses de su llegada, comenzó a escribir y a publicar en inglés (primero breves ensayos y artículos, con el paso del tiempo libros tan importantes como The Origins of Totalitarianism y Eichmann in Jerusalem). No obstante, fue una pensadora alemana en el sentido más literal del término, el alemán nunca dejó de ser su lengua de pensamiento. Lo prueba el hecho de que la inmensa mayoría de las anotaciones conservadas en su denominado «Denktagebuch» (diario filosófico) fueron escritas en dicha lengua.
Arendt sostenía que una persona puede llegar a olvidar más o menos su lengua materna en favor del perfeccionamiento de otra, pero que no existe substituto posible para la creatividad de pensamiento que se experimenta en la primera. Podríamos decir que en aquélla que nos devuelve a la infancia, caracterizada por la creatividad de pensamiento expresada en la obra de los grandes filósofos, narradores y poetas de cada lengua.
Por eso, durante todo el tiempo que vivió refugiada en los Estados Unidos y, después, como ciudadana americana, no sólo buscó mantener su familiaridad con el alemán —a diferencia de otros refugiados—, sino que siguió profundizando en su dominio mediante la lectura y relectura de los grandes escritores y poetas alemanes: Goethe, Hörderlin, Schiller, Rilke, Kafka, etc, y de los anónimos en la memoria popular.
Precisamente la mejor forma de estrechar los lazos con nuestra lengua materna (presumiblemente el español) es la de frecuentar la lectura de los clásicos, los del Siglo de Oro y los de todos los siglos. Resulta preocupante que en los sistemas educativos pro tecnócratas no haya lugar para el Cantar del mio Cid o para La navidad en las montañas.
En una entrevista concedida a una televisora alemana en octubre de 1954, se le preguntó a Hannah Arendt sobre lo que quedaba de Alemania antes de Hitler. Ella respondió que lo que quedaba era la lengua materna, los poemas de Goethe, Hörderlin, Schiller, etc, los cuales conocía desde su infancia o juventud, rondaban en su cabeza, y la acompañaban en su vida en Norte América. Hannah Arendt, aunque un tiempo apátrida, nunca fue “alingue”, y, por ello, del todo apátrida.
De alguna forma la primera patria del hispanohablante, sin importar su nacionalidad, es el español, su lengua materna, la que comienza a conocer por sus padres, pero que puede ir conociendo mejor mediante la lectura de: Miguel de Cervantes, Francisco de Quevedo, Sor Juana Inés de la Cruz, Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges y, afortunadamente, en un larguísimo etcétera.
Correo: anayafranciscor@gmail.com