El domingo por la tarde, buscando en mi biblioteca un libro acerca de la Historia de la Educación, me encontré accidentalmente un pequeño libro empastado, de 1928 de Georg Kerschensteiner (1854-1932), por lo que mi búsqueda se vio interrumpida dado el nombre tan majestuoso que tenía este libro: El alma del educador y el problema de la formación del maestro.
Dado lo anterior, comencé a hojear el libro, que en el 2009 había yo leído, pero que quizás no le había dado la importancia tan merecedora que exigía en ese momento, ya que al introducirme en esta lectura, por segunda ocasión, descubro la importancia que tiene el concepto de formación ligado no sólo al ámbito profesional, sino a ciertas condiciones espirituales que los docentes deben cumplir y descubrir.
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Como bien sabemos, el discurso en el ámbito educativo se va repitiendo siglo tras siglo, con palabras más o palabras menos, pero que por lo general apuntan a la necesidad de la transformación docente, a su actualización académica, partiendo de la base de estudios preparatorios que lleven a los maestros a una verdadera práctica de la educación.
A través de la lectura de este libro, pude encontrar una descripción puntual sobre los rasgos esenciales de la naturaleza del educador, por el cual Kerschensteiner describe cuatro caracteres predominantes en el alma del educador:
Por los cuales, todas las actividades que puedan ser desprendidas de estos cuatro caracteres, como dice Kerschensteiner:
Deben desarrollarse sobre la base de la naturaleza social, cuya tendencia primordial es el amor, ese gran amor enigmático que nunca se extingue y brilla siempre. Que sonríe igualmente ante las virtudes como ante los yerros, que no conoce fatiga ni desengaño, que espera siempre desmayar en ningún momento, que tal vez es la esencia de un sentimiento total que Harald Höffdign (1843-?) ha designado en su libro de 1918, con el nombre de buen humor (1928, p. 55).
Pero, lo que Höffdign designa con el nombre de humor como sentimiento de vida, o, también buen humor, se refiere a un sentimiento perfecto, a una concepción y comprensión de la vida, siendo una forma expresiva de la propia conversación, que se apoya en el conocimiento de la personalidad propia, es decir,
Una expresión que tiene la mayor atención para la vida y una honrada experiencia para las bagatelas y desventuras de la misma. A pesar de su conocimiento del valor de las grandes cosas, no ha perdido el sentido de lo pequeño y lo penoso, de lo infantil e insuficiente, de lo imperfecto y aparentemente sin valor (citado en Kerschensteiner, 1938, p. 85).
En otras palabras, un maestro con buen humor tiende a la simpatía y a la comprensión, acompañado de talento retórico especial o facilidad de expresión, así como de una elocuencia propia que esté apoyada en una profunda base espiritual.
Estimado lector, si bien Kerschensteiner no realiza una definición exacta acerca del significado del alma, como bien lo hicieron los griegos, si nos describe la necesidad de ser un maestro de vocación, con determinados caracteres y características espirituales y profesionales propias de un educador. Se nos plantea la “Ley del amor” que para el maestro debe ser esencial, ya que consiste en el amor hacia nuestros estudiantes, como futuro portador de valores ilimitados, que dan cuenta al desarrollo de múltiples personalidades basadas en valores.
Y, para terminar, Kerschensteiner nos habla de la necesidad de una verdadera Reforma Escolar, manifestando que el problema más difícil es, de momento, encontrar profesores y directores capacitados, esto es, docentes que sientan el eros pedagógico y que esté animado tanto por el espíritu como por el verdadero conocimiento.
Referencias
Kerschensteiner, G. (1928). El alma del educador y el problema de la formación del maestro. Barcelona-Buenos Aires: Editorial Labor, S. A.