El título que hoy se merece, parte de la reflexión obtenida del libro de Iván Illich (1926-2002), titulado: “La sociedad desescolarizada”, el cual está compuesto por siete temas tan antiguos como actuales acerca de la educación.
En este libro se hace una gran crítica a la función escolarizada de la escuela, por la cual Illich nos menciona:
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Muchos estudiantes, en especial los que son pobres, saben intuitivamente qué hacen por ellos las escuelas. Los adiestran a confundir proceso y sustancia. Una vez que estos dos términos se hacen indistintos, se adopta una nueva lógica: cuanto más tratamiento haya, tanto mejor serán los resultados. Al alumno se le "escolariza" de ese modo para confundir enseñanza con saber, promoción al curso siguiente con educación, diploma con competencia, y fluidez con capacidad para decir algo nuevo. A su imaginación se la "escolariza" para que acepte servicio en vez de valor (1985, p. 4).
De igual forma, nos presenta la institucionalización de los valores la cual, nos conduce a: “la contaminación física, a la polarización social y a la impotencia psicológica”. Llevándonos esta escolarización a la modificación de los alumnos como una empresa prometéica, a través de la construcción de un mundo adecuado para que en él viva un hombre epimeteico (Illich. 1985, p. 58).
Pero, ¿a qué se refiere o de dónde proviene el término epimetéico? Pues bien, como recordaremos en la mitología griega se nos habla de dos hermanos: Epimeteo y Prometeo, quienes actuaban como benefactores de la humanidad. Sin embargo, ambos eran totalmente diferentes, ya que mientras el primero, Epimeteo (el cual significa “percepción tardía” o “visión ulterior”), sólo podía ver cosas que ya habían acontecido; el segundo, Prometeo (el cual quiere decir “previsión” o “pensamiento adelante”), éste veía el futuro y podía prever los hechos que podían suceder, lo cual nos lleva a mencionar el mito de la Caja de Pandora dado a que Epimeteo sin prestar atención a su hermano Prometeo se casó con ella, quien dejó escapar de su ánfora todos los males, pero que cerró la tapa antes de que pudiera escapar “la esperanza”. Ante esto Illich nos dice:
Para la época en que Hesíodo relataba el cuento en su forma clásica, los griegos se habían convertido en patriarcas moralistas y misóginos que se espantaban ante el pensamiento de una primera mujer. Construyeron una sociedad racional y autoritaria. Los hombres proyectaron instituciones mediante las cuales programaron enfrentarse a todos los males desenjaulados. Llegaron a percatarse de su poder para conformar el mundo y hacerle producir servicios que aprendieron también a esperar. Querían que sus artefactos moldearan sus propias necesidades y las exigencias futuras de sus hijos. Se convirtieron en legisladores, arquitectos y autores, hacedores de constituciones, ciudades y obras de arte que sirviesen de ejemplo para su progenie. El hombre primitivo había contado con la participación mística en ritos sagrados para iniciar a los individuos en las tradiciones de la sociedad, pero los griegos clásicos reconocieron como verdaderos hombres sólo a aquellos ciudadanos que permitirían que la paideia (educación) los hiciera aptos para ingresar en las instituciones que sus mayores habían proyectado.
(…) El hombre se hizo responsable de las leyes bajo las cuales quería vivir y de moldear el medio ambiente a su propia semejanza. La iniciación primitiva que daba la Madre Tierra en una vida mística se transformó en la educación (paideia) del ciudadano que se sentiría a gusto en el foro (1985, p. 59 y 60).
Partiendo de lo anterior, y tratando de visualizar los jóvenes que nos llegan hoy en día, podemos observar que la mayoría de ellos han sido “educados” en nuestras escuelas de forma epimeteica, ¿cuántos jóvenes no sólo vienen a la escuela a sentarse de forma pasiva sólo para pasar las materias? ¿Cuántos de ellos sólo están a la expectativa de lo que el maestro diga para ellos poder actuar? ¿Cuántos de ellos no pueden prever lo que los lleva a la toma de malas decisiones? E incluso, ¿cuántos de ellos no dan por verdadero que todo lo que hay en Internet es indiscutible, aceptando cualquier página como el Oráculo de Delfos?, manifestando que no quieren pensar, porque pensar cansa.
Lo anterior me recuerda un ensayo de la filósofa y catedrática, la Dra. Victoria Camps:
Sea como sea, hoy, el saludable y necesario ejercicio de dudar pareciera vetado. "Son malos tiempos para la duda. La duda exige el esfuerzo de pensar, escuchar al otro, buscar argumentos. La duda se vende mal. Es más atractivo situarse en una postura radical. La confrontación o incluso el fanatismo consiguen más titulares", dice Camps. Sin contar con que "requiere tiempo, espacio y voluntad de reflexión", cuando no "aprendizaje, porque el mundo por sí sólo no enseña a pensar".
Caro lector, con este artículo no quiero presentar una mirada nostálgica ante la situación actual de algunos de nuestros alumnos, así como de la función de muchas escuelas, por el contrario, como docentes necesitamos recuperar la esperanza, la cual yace en la caja de Pandora, y eso sólo se consigue a través de la capacidad de atender, cuidar y ser el guardián del prójimo, alumbrando, de forma correcta, el camino con el fuego que Prometeo le robó a los Dioses.
Referencias
Camps, V. (2016). Pésimos tiempos para dudar. Disponible en: http://www.elmundo.es/cultura/2016/07/07/577d547ce5fdea4c028b4577.html
Illich, I. (1985). La sociedad desescolarizada. México: Editorial Godot.