Hace algunas semanas, en un curso de Desarrollo Humano que estaba impartiendo a alumnos de maestría surgió el tema de la Personalidad del docente: algunos estudiantes alumnos míos hablaron sobre el “estilo” de los docentes y sobre su falta de compromiso con su profesión.
Veritas, quien es una alumna muy destacada por su pensamiento crítico y polémico me dijo:
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– Mire Doctora, si la educación ha fracasado no es sólo porque los profesores no dominen su materia, sino por la actitud tan altanera que tienen frente a grupo e incluso con sus propios compañeros docentes. Por ejemplo, hay profesores quienes comenzaron a dar clases en secundaria, existen otros que se iniciaron en puestos administrativos e incluso en intendencia, y por las vueltas de la Fortuna y con la ayuda de algún familiar, compadre, líder o amigo, como se acostumbra en nuestro gremio, ahora están laborando en educación media superior o superior en buenos puestos, sin tener la preparación correspondiente. Sus actitudes prepotentes y groseras alejan a los alumnos de toda posibilidad de desarrollo.
Mientras Veritas hablaba, yo observaba cómo sus compañeros asentían con la cabeza. Recuerdo, continúa ella que fue un lunes cuando conocí a un grupo de profesores que a mí y a otros compañeros nos trataron tan mal, que mejor nos quedamos callados…
Al seguir escuchando a Veritas, recordé las palabras de José Caldaso encontradas en la Séptima lección del libro “Los eruditos a la violeta” (1772), compuesto por Joseph Vázquez, que dice así:
(…) El lunes aplaudí la excelencia de nuestro siglo, sobre los pasados y futuros: en esto seguí la loable costumbre de los nuestros, que lo hacen con frecuencia y satisfacción, para ahorrar este trabajo a la posteridad, que tal vez tendrá otras cosas que hacer.
No obstante, dado el testimonio anterior, no aplaudí la excelencia de nuestro siglo sobre los pasados o los futuros, ni seguí la loable costumbre de los “nuestros”, que lo hacen con frecuencia y sin satisfacción, sin ahorrar este trabajo a la posteridad, puesto que aunque no tengan otras cosas que hacer, su trabajo siempre va a implicar monotonía y desencanto.
¿Por qué lo digo? Lo digo porque al buscar significados, mi alumna comentaba que al tratar de trabajar y dialogar con ellos había actitudes de hostilidad, de arrogancia, de apatía y que además no estaban bien presentados: su arreglo personal y modales gruesos no eran los de un educador. Eran “trabajadores del sector educativo”, con un encargo burocrático, que no mostraban un mínimo respeto hacia los otros, porque su preparación de licenciados o normalistas (si es que la tenían) y su zona de confort económica y laboral con una antigüedad de más de 15 o 20 años, les impedía comunicarse con educación con los demás.
Y si estos “trabajadores del sector educativo” así se comportaban con sus propios compañeros, ¿cómo lo harían en un su salón de clases con los alumnos? ¿Serían amables, loables, respetuosos, dignos de confianza y con una gran preparación académica? Yo creo que no, porque la esencia de los hombres se manifiesta en la forma de presentarse y sobre todo de tratar a los demás.
Lo anterior me lleva a recordar, y me imagino que a ustedes también, a aquellos profesores que tuvimos en primaria, secundaria, preparatoria o licenciatura y que se portaban tan hostiles con nosotros sus alumnos, creando distancia y autoritarismo en el aula. Pero que, a pesar de ellos mismos, sus malas acciones originaron un aprendizaje significativo: No querer ser como ellos.
Adicionalmente, pienso que es pertinente preguntar ¿qué podemos colegir de los profesores que no cuidan su presentación y modales en el salón de clases? Sin ir muy lejos por la respuesta, Theodore Von Keler, nos dice:
No es bueno que un hombre instruido ande con zapatos remendados. Un “maestro” que se presenta con la ropa sucia deshonra a los estudiosos (citado por Trueba Lara, 2002, p. 14).
Dicho lo anterior, y a partir de la valiosa conversación con mis alumnos de maestría del curso Desarrollo Humano, considero que el docente, su persona y sus manifestaciones remiten a una sola realidad. Así como en la viña del Señor hay de todo, en el ámbito educativo también, porque al final de cuentas no es suficiente con poseer el título de Maestro, sino también serlo y parecerlo.
Referencias
Trueba Lara, J. L. (2002). El arte de educar. La educación en voz de grandes pensadores. México: Alamah Clásicos.
Vázquez, J. (s. f.). Los eruditos a la violeta. Disponible en: http://www.biblioteca.org.ar/libros/131773.pdf