La decisión de Ricardo Villa Escalera de declinar su aspiración a ser candidato independiente a gobernador en Puebla parece razonable, aunque tardía. Sigue la lógica propuesta por Jorge Castañeda: para que una candidatura independiente sea eficaz debe ser única. Así lo expresó Villa Escalera, la única persona que ha sido tres veces candidato a gobernador en Puebla, dos por el PAN (1986 y 1992) y una por el PRD (1998). Aunque su momento estelar fue en 1983, año de inicio de la transición electoral en México, cuando fue candidato a la presidencia municipal de la capital.
Es correcta pero tardía. Tardía por una cuestión práctica: las firmas que recolectó su organización no podrán ser sumadas al precandidato que ahora apoya, Ricardo Jiménez Hernández. Quedan seis pretendientes a ser candidatos independientes. No va a ser fácil que los seis cumplan los requisitos, empezando con la reunión del número suficiente de firmas. No va a ser fácil que renuncien cinco de ellos para apoyar a uno solo. No hay ni el tiempo ni los criterios necesarios.
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Tampoco los habrá para construir otros dos requisitos que Castañeda propone: por un lado un equipo de campaña y de gobierno, por otro un programa o agenda. A diferencia de la propuesta del excanciller, que desde principios de 2016 propone el inicio de un proceso que lleve a una candidatura independiente a la presidencia de la república en 2018, en Puebla no hubo ni el tiempo ni la perspectiva necesarios para armar esa candidatura a la elección de gobernador.
Podría haberla, como en Nuevo León, si surgiera un líder carismático con la capacidad de articular el descontento hacia el sistema de partidos. Pero es una situación difícil y arriesgada. Difícil porque rara vez surgen personas con las características adecuadas para construir un liderazgo carismático. Arriesgada porque centrar toda esperanza en una persona y no en una propuesta, en un equipo, en un entramado institucional, no ofrece muchas garantías.
Por eso es digna de considerar la propuesta de seleccionar a un grupo de precandidatos a la presidencia desde ahora. De conocer sus propuestas. De ir construyendo un consenso en torno a una agenda de gobierno y de un equipo de trabajo. De definir criterios para seleccionar a un solo candidato de entre los varios aspirantes. De hacerlo con tiempo.
Lo contrario es la dispersión y la vaguedad. Aunque la renuncia de Villa Escalera disminuye el número de pretendientes, no ayuda mucho: de siete nos quedamos con seis. No se ve fácil que sigan el ejemplo, entre otras razones porque no hay un criterio que guíe a quienes deben renunciar y quien se debe apoyar.
Sería raro que los seis aspirantes lograran ser candidatos. Pero con que hubiera dos, partiendo del supuesto que los dos fueran legítimos, es decir, que cumplieran con el espíritu de la candidatura independiente y no fueran hechuras de algún grupo de poder para fragmentar el descontento, sus candidaturas estarían sumamente debilitadas.
Por eso es sensata la propuesta de Castañeda. Aunque estrictamente lo que está proponiendo es la creación de un partido político para la coyuntura electoral de 2018: un programa o agenda, un equipo de campaña y de gobierno, un candidato. No es una propuesta antipartidista, sino contra el régimen de partidos vigente. No busca un candidato impoluto que por sus meras cualidades personales vaya a cambiar las cosas, sino una propuesta y un grupo articulados. No me convence del todo, pero es más sensata que confiar el cambio en una sola persona.