Actualmente se lee con gran cotidianidad en cualquier periódico: “Niños matan a su compañera”, Detienen jóvenes que torturaron y mataron a un niño de seis años: dicen que estaban jugando al secuestro”…
Kohlberg dice que “los niños aprenden los valores morales en el medio social en que se encuentran, lo importante con respecto a su competencia moral es el modo como los jerarquizan, como los ordenan a la hora de tomar decisiones en casos de conflicto. Ese modo de estructurar u ordenar no lo aprenden del medio social, sino lo construyen desde su interior a través de la interacción con dicho medio, modificando así su propia estructura”. Así, “el cambio de estructuras que va produciéndose en el niño y en el adulto sigue un orden lógico, común a los individuos de las distintas culturas, en donde la moral puede ser relativa a éstas desde el punto de vista de los contenidos, pero las estructuras formales o estadios del desarrollo son universales, invariantes y seriados”.
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Por otro lado, para Rugarcía sólo hay una estructura operativa universal normativa, recurrente, acumulativa… que potencia al sujeto al ir transitando diferenciadamente por cuatro niveles de actividad consciente al atender, entender, valorar y transformar la realidad por medio de decisiones auténticas, a través de una escala de valores socioculturales, referido al Método Transcendental (MT), propuesto por Lonergan, entendido éste como un método interior que opera dinamizado por preguntas críticas para ir logrando ciertos resultados que el sujeto va trascendiendo intencionalmente al pasar al siguiente nivel de actividad consciente (2013).
Es decir, mientras Kohlberg habla de decisiones morales Rugarcía las llama juicio fácticos que confluyen en el conocimiento de la situación moral, integrados con las decisiones por medios de juicios de valor que convergen a sus vez en valores y que Kohlberg no distingue o integra. Dice Rugarcía, implícito en los juicios de valor está el manejo de la afectividad, de los sentimientos intencionales hacia valores, porque a final de cuentas lo que decide es la afectividad del sujeto, puesto que no es lo mismo razonar que valorar.
Pero de ser cierto lo anterior, ¿Qué juicios de valor o intelectivos nos lleva a justificar los hechos cotidianos llenos de maldad en los jóvenes de hoy? ¿Cómo se da el manejo de la afectividad, de los sentimientos intencionales hacia los valores? ¿Qué sucede con estos jóvenes de hoy que optan por el daño más que por la bondad? ¿Y los padres, la escuela, o la sociedad qué pueden decir ante estos actos de brutalidad?
Dicho lo anterior, y tratando de dar alguna solución a través de los encargados de la educación de los niños y jóvenes, es decir del trabajo cooperativo entre padres- escuela – gobierno, se debería realizar las siguientes actividades:
O como dice Lonergan lo que nos interesa es la orientación del individuo, entro de una comunidad ya orientada (2001). En su raíz, la orientación del individuo consiste en las nociones transcendentales que nos urgen y al mismo tiempo nos capacitan para avanzar en la comprensión, para juzgar con verdad y para responder a los valores. Sin embargo, esta exigencia y posibilidad se hacen efectivas solamente mediante el desarrollo. Siendo necesario, adquirir las habilidades y los conocimientos que hacen competente a un ser humano en un determinado género de vida. Hay que crecer en sensibilidad y disponibilidad en relación a los valores, si queremos ser seres humanos auténticos.
Por lo tanto, se debe optar por el bien humano, el cual es a la vez individual y social. Los individuos no operan únicamente para satisfacer las necesidades de los demás. El proceso no consiste solamente en el servicio del hombre; es una construcción del hombre mismo, su progreso en la autenticidad, la realización de su afectividad, y la dirección de su trabajo hacia algo que vale la pena: los bienes particulares y el bien del orden y el bien valioso o los valores.
Debemos tener cuidado de tener una visión estrecha y moralista de la educación, ya que puede ser responsable del fracaso de los fines y valores deseables en la construcción del hombre.
La disciplina, el desarrollo natural, la cultura y la eficiencia social son rasgos morales, son caracteres de una persona que es un miembro valioso de aquella sociedad que la escuela tiene por misión desarrollar. Existe una sentencia antigua, que dice: “no basta que el hombre sea bueno, tiene que ser bueno para algo”. Siendo este algo la capacidad del hombre para vivir como un miembro social de modo que el que obtiene de vivir con los demás se equilibre con lo que él contribuye. Lo que obtiene y lo que da como un ser humano, como un ser con deseos, emociones e ideas no sean posesiones externas, sino una ampliación y profundización de la vida consciente, una comprensión de sentidos más intensa, disciplinada y expansiva. Lo que materialmente recibe y da es a lo más oportunidades y medios para la evolución de la vida consciente. De otro modo, ello no es dar ni tomar, sino un cambio de posición de las cosas en el espacio como el agitar el agua y la arena con un bastón.
Dicho de otra forma, La disciplina, la cultura, la eficacia social, el refinamiento personal, el perfeccionamiento del carácter no son sino fases del desarrollo de la capacidad noble de participar en tal experiencia equilibrada. Y la educación no es un mero medio para esa vida. La educación es tal vida. Mantener la capacidad para tal educación es la esencia del hombre, pues la vida consciente es un continuo comenzar de nuevo. ¿Qué fácil, verdad?
Referencias
Kohlberg, L.; Power, F. y Higgins, A. (2002). La educación moral. Barcelona, España: Gedisa Editorial.
Lonergan, B. (2001). Método en teología. Salamanca, España: Ediciones Sígueme.
Rugarcía Torres, Armando. (2013). El desarrollo integral de sujeto vía el método trascendental. México: Universidad Iberoamericana Puebla.