El México de hoy vive un proceso de transformación social, económica y política que demanda gobiernos que atiendan precisamente las necesidades que genera esta dinámica, con decisiones rápidas y acciones pertinentes; siempre guiadas por una estrategia que atienda lo urgente y no se salga de la ruta de lo importante, en el mediano y largo plazo.
La reflexión tiene lugar porque hace unos días el diario estadounidense Financial Times publicó una entrevista al Presidente Enrique Peña Nieto y al secretario de Hacienda, Luis Videgaray, en donde el mandatario mexicano puntualizó dos aspectos fundamentales para lograr el desarrollo de nuestra nación: las reformas estructurales y la confianza ciudadana.
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El camino para la implementación de las reformas nadie dijo que sería fácil pese a que darán resultados muy por importantes para nuestro país. El Gobierno de la República ha enfrentado un escenario complejo, reactivo, precisamente de estos cambios que no a todos deja contentos.
A lo largo de la historia se ha visto. Los reformadores tienen enemigos, que son aquellos que han sacado permanente provecho del antiguo orden y sólo pocos defensores, hasta que se ven los resultados.
En las 11 Reformas impulsadas por el Presidente Peña Nieto hay propósitos claros que traerán para los mexicanos crecimiento sostenido en el ámbito económico y prosperidad a nivel de tierra, con el ciudadano de cada ciudad, de cada comunidad rural.
Tiene que ver con la necesidad imperiosa de revertir el rezago en la educación pública, culminar casi ocho décadas de un monopolio de energía y darle, como ya quedó manifiesto, una mayor competencia en las telecomunicaciones.
Los resultados ya empiezan a sentirse en los recibos de luz, en la eliminación de cobros de larga distancia, la eliminación de los gasolinazos y la apertura a los créditos para los emprendedores, así como en establecer mecanismos de mérito para ascensos y plazas en el magisterio.
En materia energética están sentadas las bases para contar con un sistema moderno para la extracción y procesamiento del petróleo, además de alentar a la inversión privada e impulsar la producción.
Los analistas plantean que la inversión extranjera directa podría alcanzar hasta de 12 mil millones de dólares al año, lo que se traducirá en condiciones para impulsar el empleo de manera eventual y permanente.
Es cierto, no es tarea fácil convencer sobre una expectativa de vida mejor, pero los cimientos y las bases están ahí, luego de décadas intentando crear un marco legislativo que permitirá dar el salto a la modernización del país.
Es el momento entonces de encarar el nuevo escenario, aprovechar las condiciones que ofrecen estas reformas y asumir una actitud proactiva, en donde todos los actores políticos, gubernamentales, organizaciones civiles y empresariales y ciudadanos, avancemos en la construcción del México que queremos para el futuro.