Hay muchas cosas en el mundo que van de salida. Por ejemplo la radio y la televisión como las conocemos. Otras están ya casi arrumbadas, verbi gracia las máquinas de escribir y coser. Pero hay otras intangibles, como es el caso de las visitas de jefes de estado a las monarquías.
Lo que recién vivió el presidente Peña Nieto con su visita a Londres es parte del folclor mundial. La probada de “gloria” que las realezas que aún quedan ofrecen a países tercermundistas son pinceladas de reminiscencias coloniales. Sobre todo coloniaje cultural.
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Y si los visitantes gustan de nutrir su ego con recepciones, atenciones, paseos y fotos mayestáticos, con una pompa nostálgica imperial, derraman hacia quienes creen sus súbditos de sus respectivos países ese mismo tufo.
Y hay capas altas y clasemedieras en esas naciones que hasta aplauden gustosas esas remembranzas de luz y oropel.
Y esas escenas de cuento de reyes, carruajes, palacios, joyas y vestuario, es un contraste imprudente, vacuo y brutal con la realidad que vive la gente el día a día en un país tercermundista. México, por ejemplo.
A modo de paréntesis, es bueno recordar que la monumental frivolidad de Fox, no cayó en una visita a la reina inglesa como la que acabamos de ver. Jorge Castañeda, su funcionario responsable de tales menesteres se opuso al teatro sin sentido. Otras funciones histriónicas hubo, es cierto. Quizá peores…
¿Y cuándo vimos a un Señor con mayúscula como don José Mugica andar en tamaños desfiguros…?
El presidente Peña, por cierto, arrinconado en una entrevista con un medio inglés que no pudo eludir de modo alguno, tuvo que admitir que el país sufre de incredulidad y desconfianza. Y nada más dijo.
Si somos optimistas, ingenuos o simplemente demócratas, habría que esperar consecuencias prácticas de tales palabras. De otro modo se quedarán como hojas al viento, que es lo más probable.
Y es que el diagnóstico local es que estamos en un círculo vicioso sin la presencia de un estadista o de un gobierno capaz de romperlo.
Roberto Newell, un brillante analista, nos dice que son tres los pilares que sostienen a las sociedades más avanzadas en el mundo. Esas naciones lograron construir una burocracia centralizada eficaz, eficiente e imparcial, proveedora de bienes públicos sobre bases confiables.
En segundo término, un sistema de derecho que protege a las personas en forma confiable e imparcial.
Y en tercero, un sistema de rendición de cuentas que permite que la población periódicamente pueda manifestar si está conforme con las condiciones prevalecientes y con el desempeño del gobierno en la resolución de problemas sociales.
Si el trípode funciona bien, nos dice, se detona un periodo de mejora sostenida que gradualmente nutre la confianza de la población en la forma en que opera la sociedad.
Pero cuando cualquiera de los tres falla, o muestra parcialidad, la confianza pública se erosiona, lesionando la legitimidad del sistema y causando que la sociedad entre en un equilibrio estático de baja confianza y desempeño. Es lo que caracteriza al México actual.
¿Qué es lo que tenemos? Carencia de estructuras gubernamentales profesionales e imparciales y un sistema judicial confiable. Poderes subdesarrollados, partidos de cúpulas privilegiadas viciadas que representan intereses particulares, y que organizan elecciones para pagar favores.
Este es un diagnóstico sencillo. Aquí tendría el señor Peña Nieto y su equipo una descripción objetiva y, acaso, apuntadas las herramientas para ponerse a trabajar y revertir eso que fue a reconocer a Londres: carencia de un estado de derecho, incredulidad y desconfianza.
Este es el piso. Como se ve, es una terracería vil y tosca, lejos de las algodonadas alfombras del palacio inglés.
Se acabó el paseo. Queremos hechos.
(Si, mi libro “IDEAS PARA LA VIDA” está a la venta en el puesto de periódicos de Doña Mago, en la esquina del portal, frente al Salón de Protocolos)