Aprovechando el carácter virtual de este artículo y las ventajas que ofrece el ciberespacio con relación a los diarios impresos, propongo a los lectores que se asomen al video que aparece en la siguiente liga.
Y a partir de lo que plantea esta niña argentina de sólo 7 años, pensemos un poco en la educación que requieren las niñas del futuro que ya nos alcanzó.
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Este material llegó a mis manos a partir de una de mis hijas, estudiante universitaria con acceso a las redes sociales, que encontró la recomendación en Twitter y decidió difundirlo por el interés que despertó en ella el hecho de que una niña pequeña hiciera un análisis crítico tan sugerente de las princesas que aparecen en las películas de Disney.
Desde el punto de vista de la protagonista del video, las princesas de Disney son tontas porque salvo Mulán “que es fuerte, muy fuerte”, las demás se concretan a “esperar que el príncipe las rescate”, “mirando los pajaritos” y sin hacer nada por salvarse de la situación de cautiverio injusto en el que en la mayoría de estas historias las tienen viviendo los villanos de cada uno de los cuentos.
“Si no viene nadie, no te quedes ahí, trabada esperando: Haz algo”, como Mulán que al ser encerrada en una torre no se queda pasiva ante la situación sino que lucha por resolver su situación y lo hace. Entonces, como “ella fue tan luchadora, el mundo le agradece y entonces tiene un novio”, pero no lo tiene por suerte sino porque su esfuerzo y su lucha la convierten en atractiva para el joven príncipe que dice: “yo quiero tener una novia como esa”.
La comparación con Mulán deja muy mal paradas a las otras princesas que se concretan a esperar lamentándose de su situación mientras ella es una protagonista activa de su propia historia y conquista el amor por sus acciones y su valor y no solamente por ser princesa.
Cuando escuché el razonamiento de esta pequeña que no se deja llevar por el romanticismo idealista que pregonan estas princesas y el papel pasivo y casi decorativo de la mujer que van inoculando en la consciencia de las niñas –y también de los niños- las películas infantiles que crecen reproduciendo estos estereotipos, pensé que la educación que es realmente significativa puede tener un impacto en el cambio real de la cultura.
Porque los roles de género como todos los demás roles sociales se van aprendiendo desde la más tierna infancia en el hogar, en la escuela y a través de elementos simbólicos de la cultura en que se vive como los cuentos, las historias, las películas, la música y todas las demás manifestaciones artísticas.
De manera que estos relatos de princesas que esperan a que su príncipe las salve sin hacer nada por ayudarse a sí mismas van siendo introyectados por las futuras generaciones haciendo que las niñas crezcan en esta visión pasiva de su propio papel social, pensando que su única misión en la vida es esperar al príncipe que las rescate y las haga vivir “felices para siempre”.
Pero aunque muchas veces se piense que la educación –familiar y escolar- es meramente reproductora del statu quo e incapaz de transformar a la sociedad, la realidad va demostrando que si se tiene la paciencia histórica necesaria, la educación va poco a poco incidiendo en el cambio cultural que reforma elementos importantes de la sociedad como en este caso, el de la relación entre hombres y mujeres.
Porque si bien seguimos viviendo en una sociedad que es en muchos sentidos tradicional y machista, gradualmente vamos siendo testigos de la forma en que las luchas sociales y políticas de las mujeres y los esfuerzos que se hacen desde el ámbito académico y educativo por generar una perspectiva de equidad, complementariedad y corresponsabilidad activa de mujeres y hombres en el desarrollo de la sociedad van dando frutos.
Niñas que se autoconciben como hacedoras de su propio destino, como personas capaces de actuar para salvarse, para liberarse, para construirse a sí mismas sin quedarse pasivamente esperando al hombre que las rescate. Niñas que no renuncian al amor, pero que lo ven no como algo que llega por suerte, magia o simple cuidado de la belleza física sino a partir del esfuerzo personal que las hace autovalorarse y generar por ello interés en los demás.
La existencia de niñas como la que expone sus ideas en este material renuevan la esperanza de que las nuevas generaciones sean capaces de construir un mundo en el que no haya más dominación masculina y sometimiento femenino a partir de imágenes de princesas que esperan y príncipes que rescatan, ni una realidad en la que exista una lucha de poderes entre mujeres y hombres sino una sociedad en la que todas las personas sean capaces de convivir armónicamente y relacionarse a partir de sus cualidades y limitaciones, de su propia lucha por salvarse de las situaciones que las oprimen o impiden realizarse.
La educación de las niñas -y niños- del futuro tiene una gran tarea en este desafío de formar gente que haga su parte en lugar de quedarse esperando al príncipe azul que seguramente no llegará.