Miércoles, 9 De Septiembre De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Acechar no es conquistar

El interés que una persona pueda sentir por otra nunca puede estar por encima de su libertad...

Araceli Molina Diz

Coautora del libro “La Campaña”, Guía para Estructurar Candidaturas; creadora del podcast Política en Femenino. Consultora con experiencia en políticas, gestión y administración públicas, comunicación política y perspectiva de género.

Miércoles, Septiembre 9, 2026

En Puebla se está discutiendo algo que durante mucho tiempo hemos normalizado; esa insistencia que incomoda, esos mensajes que invaden, que generan miedo y que muchas veces se disfrazan de interés, de enamoramiento o incluso de romance.

El pasado 25 de agosto llegó al Congreso del Estado la discusión sobre el acecho o stalking, una conducta que en otros países lleva décadas reconocida y legislada. 

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Y quiero empezar aclarando algo, porque nunca falta el comentario de “entonces ya ni se va a poder ligar…”, obvio sí.  Ligar, conquistar o mostrar interés forma parte de las relaciones humanas, la diferencia es sencilla; el llamado cortejo sabe escuchar un no el acecho decide ignorarlo y llevarlo muy lejos.

La historia que dio origen a la llamada Ley Valeria ayuda a entenderlo. Valeria, una maestra universitaria, comenzó a recibir miradas insistentes, después llegaron cientos de correos, mensajes constantes y una declaración sentimental que ella rechazó. Pero el rechazo no puso fin a la situación. Por el contrario, comenzaron a llegarle contenidos relacionados con feminicidios, violencia y muerte.  Entonces dejó de ser una historia sobre alguien que no sabía manejar un rechazo, para convertirse en una historia de miedo.

Y precisamente ahí está el punto que me parece más importante de esta discusión, ya que la violencia no comienza necesariamente con un golpe, generalmente comienza mucho antes. Empieza cuando alguien modifica su camino para no encontrarse con una persona; cuando revisa quién está afuera antes de salir; cuando bloquea una cuenta y aparecen tres nuevas; cuando deja de acudir a algún sitio por temor a encontrarse con quien la sigue, la observa o insiste en comunicarse. El acecho consiste justamente en conductas repetidas de vigilancia, seguimiento, búsqueda de cercanía, presencia intimidante o comunicación no deseada que terminan provocando miedo o alterando la vida cotidiana de una persona.

No estamos hablando de un mensaje que quedó sin respuesta.

Estamos hablando de abrir nuevas cuentas después de haber sido bloqueado, aparecer una y otra vez en los lugares que frecuenta alguien, seguir sus movimientos, buscar información sobre dónde se encuentra o contactar de manera insistente a familiares, amistades o personas cercanas. Y también debemos dejar claro que no es una conducta que afecte exclusivamente a las mujeres, puede ocurrir entre exparejas, contra hombres, entre personas del mismo sexo o incluso contra la nueva pareja de una expareja. Puede darse en espacios físicos y, cada vez más, en el mundo digital.

Esto último merece especial atención cuando hablamos de niñas, niños y adolescentes, porque hoy buena parte de su convivencia ocurre también en videojuegos, redes sociales y plataformas digitales donde pueden interactuar con personas que no conocen. Por eso es tan importante la discusión de la Ley Valeria, porque sabemos que muchas violencias graves estuvieron precedidas por señales que nadie quiso mirar, que se minimizaron o que incluso fueron interpretadas como demostraciones de amor.

Durante generaciones nos enseñaron que insistir era romántico, que quien perseveraba terminaba conquistando, que los celos significaban amor, que saber dónde estaba tu pareja era preocupación, que aparecer “por casualidad” una y otra vez podía resultar hasta halagador. Creo que llegó el momento de analizar si queremos trasmitir a nuestros hijos e hijas esas ideas.

Legislar sobre el acecho no significa criminalizar el amor ni declarar ilegal el romance; significa reconocer un principio mucho más básico, el interés que una persona pueda sentir por otra nunca puede estar por encima de su libertad, su tranquilidad y su derecho a decir no.

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