Miércoles, 9 De Septiembre De 2026 | Puebla

Seguridad

Negocio en San Miguel, no incluye la libertad ni regateos: pagan cuotas de 2 mil pesos por semana

Cuesta mil 500 pesos pasar la noche dentro junto al familiar recluido; si es día festivo, hasta 2 mil

Negocio en San Miguel, no incluye la libertad ni regateos: pagan cuotas de 2 mil pesos por semana

Foto: Gran Angular

El despertador suena a las cuatro y media de la mañana. Para las seis, ella ya está en su primer trabajo. A las dos de la tarde entra al segundo. La jornada no termina sino hasta pasada la medianoche, cuando por fin regresa a casa a dormir las horas que le quedan antes de repetir el ciclo. No es una excepción: es la rutina que impone el Cereso de San Miguel a las mujeres que tienen un hijo, un esposo o un hermano recluido ahí dentro.

Le llaman “el hotel más caro” del mundo. Lo dicen con ironía, pero también con cansancio, porque no hay nada de hospitalidad en sus cuotas: en San Miguel se cobra por entrar, por comer, por bañarse, por pasar lista, por dormir y hasta por respirar, como resume una de las mujeres que ahí espera cada semana para ver a los suyos.

El precio de sobrevivir tras las rejas

e-consulta recabó el testimonio de tres mujeres con hijos y esposos recluidos, que se ven orilladas a destinar poco más del 80 por ciento de su salario con tal de que ellos no sufran carencias o se vuelvan víctimas de agresiones.

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Dentro de este penal habitan alrededor de 3 mil 207 personas privadas de la libertad. Ninguna sobrevive solo con lo que el Estado le da: la vida diaria depende de lo que la familia logre reunir, semana tras semana, para pagar un sistema de cuotas que no está escrito en ningún reglamento, pero que se cumple con la puntualidad de un cobro de renta.

Vivir una semana adentro de la “peni” cuesta 2 mil pesos por interno. Ese monto no incluye comodidades: solo la sobrevivencia básica. Y como el sueldo de una jornada no alcanza, muchas de estas mujeres han terminado sumando un segundo empleo exclusivamente para cubrir la cuota del penal.

"Que no se cobra", dice una de ellas, casi burlándose de la frase oficial. "Sí te cobran hasta por respirar, te cobran por unas chanclas que te fueron a aventar y tú no pediste, también te venden a la fuerza la cerveza, cigarros, el jabón y más".

Entrar a ver a los suyos también tiene precio

El primer filtro está en la puerta. Los días de visita —miércoles y domingo— hay que entregarle al guardia entre 20 y 50 pesos junto con tu credencial de elector solo para poder ingresar. Después vienen las reglas de lo que se puede meter: 600 gramos de comida, dos panes, fruta y una bebida para ocho días, un gasto que ronda los 600 pesos. Si se quiere agregar algo más, son 200 pesos extra.

Adentro, ni siquiera comprar lo básico sale barato. Una dona Bimbo cuesta 75 pesos. Un rollo de papel higiénico, 35. Medio litro de cloro, 50. Un cuarto de jabón, 45. Todo se vende en una miscelánea dentro del penal, con precios que triplican los de la calle.

Bañarse tampoco es gratis: una cubeta de agua de 20 litros cuesta entre 45 y 100 pesos. Calentar la comida de la semana, 15 pesos, o 10 si se prefiere solo refrigerarla. Pasar lista, obligatorio y sin excepción, son otros 15 pesos diarios. El famoso pase de lista, algo que deben cubrir diario y sin excepción, cuesta 15 pesos. También, si calientan la comida que les dejaron para el transcurso de la semana, deben pagar 15 pesos o 10 si la refrigeran.

"La cárcel es el hotel más caro del mundo y, desafortunadamente, los familiares, igual que los internos, sufrimos", resume otra de las entrevistadas.

Ni el dinero que se manda llega completo

Cuando una familia deposita dinero para que su interno tenga con qué cubrir estos gastos, ese recurso tampoco llega íntegro. Los presos con más poder dentro del penal cobran una “mordida” del 15 por ciento sobre cada transferencia, un filtro que ellos mismos inventaron y que nadie cuestiona en voz alta.

Ni el contacto con el exterior escapa a esta economía informal. Los teléfonos de caseta cobran 10 pesos por llamada apenas se conecta, así que la alternativa —prohibida, pero tolerada— es un celular de contrabando. Mantener una línea propia cuesta 350 pesos a la semana, después de pagar mil 500 pesos solo por meterlo. Dentro del penal, cuentan las mujeres, hay hasta un taller dedicado a repararlos.

"A cualquiera, ahí se los dan a cualquiera. En el penal ha de haber como 4 mil teléfonos. Ahí te cobran por minuteo y te cobran por renta, por noche o por día", cuenta una de ellas.

Dormir una noche con la familia, el lujo más caro

El punto más alto de esta tarifa paralela es quedarse a dormir. Pasar la noche dentro, junto al familiar recluido, cuesta hasta mil 500 pesos; si es día festivo, hasta 2 mil pesos. El ingreso se hace minutos antes de que cierren las plumas de acceso, cuando todos regresan a su dormitorio. Es una práctica prohibida, pero para muchas familias es la única forma de estar cerca de quien quieren.

Las mujeres que viven de la Sierra Norte, de la Mixteca o de regiones más alejadas de la capital no siempre pueden sostener este ritmo: entre el viaje y la cuota, muchas terminan desistiendo de las visitas. Se quedan con la distancia, porque el otro precio —el de estar cerca— resultó demasiado alto. (MCJ)

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