El feminismo es una de las luchas sociales más importantes de nuestra historia. Gracias a generaciones de mujeres que enfrentaron discriminación, violencia y exclusión, hoy hablamos de derechos políticos, igualdad sustantiva, autonomía, acceso a la justicia y una vida libre de violencias. Precisamente por el valor de esa lucha, resulta preocupante cuando el discurso feminista se utiliza no para transformar la realidad de las mujeres, sino como una herramienta de conveniencia política.
Hay una enorme diferencia entre denunciar violencia política contra las mujeres en razón de género y utilizar el género como escudo frente a cualquier cuestionamiento. Debemos tener claro que no toda crítica dirigida a una mujer es violencia de género; no todo desacuerdo político es misoginia, no toda exigencia de rendición de cuentas es persecución patriarcal. He notado que en la vida pública comienza a aparecer de manera cada vez más frecuente, una práctica particularmente dañina, figuras que se apropian del discurso feminista cuando necesitan colocarse por encima de sus adversarios. Ser mujer no puede convertirse en una especie de escudo o excusa por si alguien cuestiona una decisión, una conducta, un resultado o una responsabilidad pública, la respuesta deja de concentrarse en los argumentos y se traslada inmediatamente al terreno de la victimización. Así se construye una coartada política perfecta si me cuestionas, me estas atacando por ser mujer.
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Pero las mujeres que participamos en política no podemos exigir inmunidad frente al escrutinio público. La igualdad también significa asumir responsabilidades, explicar decisiones, responder por nuestros actos y aceptar la crítica cuando ésta se refiere a nuestro desempeño y no a nuestro género.
Más preocupante aún es el ataque selectivo. Hay quienes exigen sororidad cuando necesitan protección, pero la olvidan cuando la mujer que tienen enfrente pertenece a otro grupo político, se convierten en violentadoras del personal subordinado y pasivo agresivas con sus compañeras de trabajo, si estas sostienen una posición distinta o representa un obstáculo para sus intereses. Entonces sí aparecen la descalificación, el señalamiento, la exposición pública y hasta la intención de destruir reputaciones. La defensa de los derechos de las mujeres no puede depender de quién sea nuestra amiga, compañera, adversaria o aliada política. Los principios pierden todo sentido cuando sólo se aplican a quienes pertenecen a nuestro grupo.
Existe también otra práctica que debemos cuestionar con responsabilidad, el victimismo estratégico. Cuando aparecen cuestionamientos jurídicos, administrativos o políticos, algunas personas intentan desplazar el debate y, en lugar de responder sobre el fondo del asunto, construyen una narrativa en la que cualquier señalamiento se convierte automáticamente en persecución. El problema deja de ser qué ocurrió, qué decisión se tomó, qué responsabilidad existe o qué dice la ley. La discusión pasa a ser quién es víctima y quién es victimario. Y cuando esto ocurre, la verdad pierde espacio frente a la narrativa.
Esto no significa, en ninguna circunstancia, negar que las mujeres enfrentamos violencia política. Existe, es real y tiene consecuencias profundas. Durante décadas las mujeres hemos sido desacreditadas por nuestra apariencia, nuestra vida privada, nuestra maternidad, nuestra edad, nuestra forma de hablar o simplemente por atrevernos a ejercer poder. Por eso precisamente debemos cuidar el concepto.
Llamar violencia de género a cualquier crítica política termina banalizando la violencia que verdaderamente padecen miles de mujeres. Cada denuncia utilizada de manera oportunista erosiona la credibilidad social de quienes sí necesitan ser escuchadas, acompañadas y protegidas.
El feminismo no puede convertirse en una licencia para atacar sin responsabilidad ni en una herramienta para evitar la rendición de cuentas. Ser feminista implica exigir derechos, pero también asumir responsabilidades. Implica combatir las violencias contra las mujeres, aunque la víctima no pertenezca a nuestro grupo. Implica reconocer los derechos de quien piensa distinto. Implica defender instituciones, legalidad y debido proceso incluso cuando éstos benefician a nuestros adversarios. Porque una causa basada en la igualdad no puede sostenerse sobre dobles estándares. La política necesita más mujeres, sin duda. Pero necesita también mujeres capaces de ejercer el poder sin reproducir las prácticas que durante décadas cuestionamos, la persecución, el abuso, la descalificación, el autoritarismo o la utilización de causas legítimas para obtener ventajas personales.
El feminismo no fue construido para proteger carreras políticas; fue construido para transformar y salvar vidas. Y quienes verdaderamente creemos en él tenemos también la responsabilidad de impedir que una lucha histórica por la justicia termine convertida en una simple herramienta de poder.