Se acercan las elecciones y, con ellas, vuelve una discusión que deberíamos tener antes de que comiencen las campañas, ¿A quiénes estamos eligiendo para tomar decisiones que afectan la vida de millones de personas?
La democracia no debería convertirse en un concurso de popularidad ni en una pasarela de personajes conocidos. Tampoco se trata de descalificar a quienes provienen del entretenimiento, las redes sociales, el deporte o cualquier otra actividad; todas las personas tienen derecho a participar en la vida pública. El problema aparece cuando la notoriedad sustituye a la preparación, cuando los seguidores en redes se confunden con representación ciudadana y cuando la exposición pública se convierte en el único criterio para construir una candidatura. Necesitamos una depuración urgente de perfiles en el sistema de partidos, no para excluir, sino para seleccionar mejor. No para establecer quién merece participar por su profesión o condición social, sino para preguntarnos qué conocimientos, capacidades, experiencia, ética, valores y compromiso tiene cada persona para ejercer una responsabilidad pública.
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Una candidatura implica mucho más que ganar una elección. Quien llega a un Congreso, a un ayuntamiento o a cualquier espacio de representación tendrá que estudiar leyes, aprobar presupuestos, fiscalizar recursos, diseñar políticas públicas, enfrentar problemas de seguridad, servicios públicos, salud, movilidad, educación, medio ambiente y desigualdad. Para ello se necesita preparación, criterio y capacidad de decisión.
Y ya me conocen, no puedo dejar de hablar de género; durante décadas se cuestionó a las mujeres por su apariencia, su vida privada o su forma de vestir antes de valorar sus capacidades; no podemos seguir reproduciendo ahora esos mismos mecanismos para juzgar a ninguna mujer. Las mujeres no podemos ser descalificadas por ser influencers, empresarias, artistas o por nuestra apariencia; debemos ser evaluadas con los mismos criterios de preparación, experiencia, ética y capacidad que cualquier hombre. La perspectiva de género también significa combatir los estereotipos, no sustituir unos prejuicios por otros.
La ciudadanía merece representantes diversos, sí, pero también responsables y preparados. La popularidad puede abrir una puerta; la capacidad debe determinar si alguien está listo para cruzarla. Los partidos políticos tienen una responsabilidad enorme, dejar de buscar únicamente personas capaces de generar votos y comenzar a seleccionar personas capaces de generar resultados; al tiempo que, la ciudadanía también tiene una tarea, dejar de votar únicamente por quien conocemos y empezar a preguntarnos quién realmente está preparado para representarnos.
En tiempos de desinformación, polarización y desafíos cada vez más complejos, necesitamos menos espectáculo y más responsabilidad pública.
Porque una elección no es un casting, es la decisión de quién tendrá en sus manos una parte del futuro de nuestra comunidad.