Hace unos días una querida amiga y compañera me escribió desde Guatemala con desconcierto: “Me gustaría saber tu pensamiento con respecto a lo que está viviendo Venezuela. Quiero seguir creyendo y lamento tantos comentarios de traición… espero estés bien… un abrazo”.
Lo más desconcertante para mi amiga es que buena parte de los señalamientos de traición provienen de gente de izquierda. Estoy convencido de hay que partir de la cruda verdad para enfrentar estos señalamientos de traición que involucran a la presidenta encargada Delcy Rodríguez, al entonces jefe de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) Vladimir Padrino, al presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela Jorge Rodríguez y al ministro del interior y principal dirigente del Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV), Diosdado Cabello. Cuando hablo de “cruda verdad” recuerdo el aforismo de Lenin que postuló que la “verdad siempre es revolucionaria”.
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La cruda verdad es que la invasión estadounidense a Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores, fue una severa derrota para la Revolución Bolivariana de consecuencias continentales similares a las del derrocamiento de Arbenz en Guatemala en 1954 y al de Allende en Chile en 1973. La abducción de Maduro y su esposa significó además un golpe moral de gran trascendencia para el pueblo venezolano.
La cruda verdad es que después del 3 de enero Venezuela pasó de ser una referencia antiimperialista a como lo ha calificado Sergio Rodríguez Gefelnstein, “un protectorado de facto”. La cruda verdad es que la operación quirúrgica imperialista que duró solamente 89 minutos no fue respondida por las fuerzas armadas venezolanas. Esa omisión ha sido calificada por alguno de los artículos que he leído como “inacción militar radical”. La cruda verdad es que uno de los componentes de “esa inacción militar radical”, fue como lo calificó en enero un análisis técnico militar del gobierno cubano escrito recién realizada la invasión, una penetración en la inteligencia en la que “definitivamente hubo traición interna”.
Pero no nos confundamos. No hagamos eco de las interesadas versiones que provienen de la derecha y de los voceros del imperialismo en Miami, de que la traición fue fraguada por Delcy, Padrino, Diosdado o Jorge Rodríguez. Estas versiones que indican que ellos convinieron previamente con la CIA la entrega de Maduro y Flores, es una calumnia que busca infundir desconfianza, desmoralización y división en las filas del chavismo y de todos los que en el mundo entero simpatizamos con la Revolución Bolivariana. La “inacción militar radical” fue multifactorial, no solamente se debió a la penetración de la inteligencia a través de la traición interna. También a fallos significativos en las cadenas de mando, anulación de la defensa antiaérea a través de su destrucción en tierra y el fracaso del anillo de seguridad presidencial entre otros hechos por su relajación y exceso de confianza. Este último se batió en condiciones totalmente desfavorables debido a la “inacción militar radical” y por ello la mayor parte de bajas provinieron de ese anillo, entre ellos los 47 soldados venezolanos y los 32 internacionalistas cubanos.
Lo que siguió a la invasión ha sido una cadena de análisis fallidos y reflexiones llenas de explicable frustración. Entre las segundas, está el razonable artículo de Luis Britto (“Resisto luego existo”) y la entrevista al exvicepresidente Elías Jaua en la cual después de un análisis mesurado llama a una lucha por una “nueva liberación nacional”. Frustración y análisis fallidos no solamente ha provenido desde la izquierda. También desde la derecha, la cual deploró que Trump no haya puesto en la presidencia de Venezuela a María Corina Machado después de ensangrentar a Venezuela.
Un ejemplo de ello es el artículo publicado en El País el 6 de enero por la antaño competente cientista social Margarita López Maya: “Para quienes votamos por una transición democrática liderada por autoridades investidas de la voluntad popular, la propuesta de Trump parece intragable”.
La frase no solo es ignominiosa sino evidencia un mal análisis: Trump no perseguía el dominio total de Venezuela porque eso implicaba necesariamente una invasión terrestre con un impagable costo humano y político para Washington. Lo que perseguía Trump es precisamente lo que consiguió: que los sucesores de Maduro hicieran las concesiones en materia de soberanía y petróleo que hoy nos ultrajan. Lo que persigue Trump, probablemente a diferencia del aún más neofascista Marco Rubio, es que el chavismo desmonte al chavismo y finalmente en un tiempo posterior entregue la presidencia y el poder a la derecha venezolana.
He aquí la guerra de posiciones que estamos observando en Venezuela. La administración Trump buscando debilitar simbólicamente al gobierno venezolano (por ejemplo el mapa de Venezuela como el “estado 51”) e impone concesiones onerosas: las licencias de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro que autorizan transacciones financieras a los bancos venezolanos y al comercio del petróleo venezolano le da un respiro económico al país, pero al mismo tiempo los pagos por ese petróleo no van a Venezuela sino a una cuenta controlada por Estados Unidos. Las licencias de la OFAC excluyen la venta del petróleo a Rusia, China y Cuba, así como cualquier transacción comercial con Irán, e implican que la extracción, refinamiento y comercialización queda en manos del imperio (Chevron y las petroleras que lleguen).
Otros hechos nos muestran el sometimiento imperialista que sufre Venezuela: la visita de estado del jefe de la CIA John Ratcliffe el 16 de enero (para explicitar las nuevas reglas del juego); la visita del secretario de Energía y petrolero Chris Wright el 13 de febrero (arreglar las nuevas condiciones de manejo del petróleo); visita del Fondo Monetario Internacional en mayo (reestructuración de la deuda y reinserción financiera); reforma del 29 de enero a la Ley de Hidrocarburos (apertura a la inversión extranjera en petróleo y gas); nueva ley de minería en abril (abrir el sector minero a inversiones internacionales); Ley de amnistía en febrero (liberación de los presos políticos); reforma al Tribunal Supremo de Justicia en mayo (el TSJ incluye al órgano electoral); anuncio de nuevas reformas económicas durante 2026 y 2027 (entre otras la ley de exportaciones y derechos socioeconómicos).
Y algo que ha sembrado confusión en las filas del chavismo: el arresto y deportación a Estados Unidos del ex ministro de industria Alex Saab, quien durante el gobierno de Maduro se convirtió en un símbolo de resistencia cuando fue arrestado en 2020 en Cabo Verde y después enviado a Estados Unidos donde permaneció encarcelado hasta diciembre de 2023.
Durante marzo y abril, el mundo presenció como Irán propinó una derrota estratégica al imperialismo y al sionismo en el Golfo Pérsico. Destruyó la mayor parte de las bases militares estadounidenses, derribó aviones de su fuerza aérea, agotó y penetró el domo de hierro que protegía a Israel, Hezbollah a quien se creía acabada resurgió y propinó severos golpes a las fuerzas de ocupación de Israel.
El resultado de la guerra fue que en Irán no hubo cambio de régimen, no entregó su uranio enriquecido, no desmanteló sus drones y misiles, mantuvo su alianza con Hezbollah, Hamas y los Hutíes y controla hoy al estrecho de Ormuz. Finalmente, Estados Unidos se vio obligado a detener la confrontación y solicitar conversaciones. Sucedió todo lo contrario de lo que vimos en Venezuela. Pero Venezuela pese a todo el armamento que se dijo que tenía, no es ni por asomo la potencia militar que es Irán. Además, es diferente librar una guerra contra el imperialismo estadounidense en el Golfo Pérsico con el apoyo discreto de Rusia y China que hacerlo en el Mar Caribe sin apoyo alguno. Me parece absurdo comparar a Venezuela con Irán.
El gobierno venezolano y la dirigencia política de la Revolución Bolivariana están luchando por mantener lo que queda de la soberanía nacional. Pese a ser gobierno, el chavismo es ahora resistencia y la está haciendo en el contexto de una correlación de fuerzas sumamente desfavorable. Al igual que con Cuba, China y Rusia condenan lo sucedido, pero lo sucedido está en el “espacio vital” estadounidense y es limitado lo que pueden hacer ambas potencias.
Washington ha pensado tres fases para su intervención: “Estabilización” (dejar al Chavismo en el gobierno); “reconstrucción” (desmantelamiento del chavismo); “transición” (sacar al chavismo del gobierno). La llamada “transición” será la celebración de elecciones en las cuales la Casa Blanca hará lo posible para imponer a María Corina Machado o a quien la coyuntura aconseje
El bolivarianismo venezolano debe prepararse para la última fase de la embestida imperialista. La Revolución Bolivariana tiene que preservar, ampliar y profundizar la base política y social de apoyo que ha construido en los últimos 27 años. Debe evitar hacer concesiones inaceptables que alimenten la confusión que hoy advertimos y que mermen su apoyo electoral.
Debe moverse con habilidad y desde la resistencia en el espacio que le ha dejado Estados Unidos. Y ese espacio implica que su dirigencia puede ser asesinada en cualquier momento como lo demostró el secuestro de Maduro y Flores y el asesinato del Ayatola Alí Jamenei. No nos confundamos. Enfrentar la cruda verdad y abandonar las acusaciones de traición que ignoran la adversa correlación de fuerzas, es el camino para salvar a la Revolución Bolivariana de las fauces del monstruo imperial.