Lunes, 8 De Junio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Tapachula merece un respiro ante caravanas

Organismos calculan que hay 15 mil extranjeros en las calles, a la intemperie institucional

Norma Angélica Cuéllar

Investigadora y periodista mexicana. Actualmente realiza una estancia de investigación posdoctoral en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP. Tiene publicaciones sobre migración y política en revistas especializadas y en diarios nacionales. Sus temas de investigación son migración, religión y política nacional.

 
 

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Miércoles, Abril 15, 2026

Esta semana salió otra caravana desde el sur del país. Una más. Probablemente no llegará lejos. Como ha ocurrido en los últimos años, lo más seguro es que sea contenida antes de abandonar Chiapas, disuelta entre retenes, operativos y negociaciones a medias. Pero detrás de esa escena repetida hay algo más profundo: no es una movilización organizada por cálculo político, sino un acto desesperado de personas que ya no tienen opciones de vida.

Los chiapanecos, especialmente los de Tapachula, también necesitan descansar de este escenario, de un territorio convertido en contenedor de poblaciones migrantes sin que existan empleos suficientes ni siquiera para quienes han vivido ahí toda la vida, de una presión constante sobre servicios, economías locales y dinámicas sociales que se sostienen sin apoyo estructural, de una espera interminable que no distingue entre quienes llegan y quienes ya estaban.

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En Tapachula y otras ciudades del sur, la situación se ha vuelto insostenible. Haitianos, cubanos, venezolanos y centroamericanos sobreviven en una especie de limbo administrativo donde no pueden avanzar ni regresar. Son miles de personas atrapadas en trámites que no avanzan, en citas que no llegan, en un sistema que los contiene sin integrarlos. La caravana no es una estrategia: es la última salida cuando todo lo demás ha fallado.

A ese escenario se suma una práctica que comienza a volverse estructural: la recepción de personas deportadas desde Estados Unidos que no son mexicanas. En lo que va del año, alrededor de 15 mil personas de otras nacionalidades han sido trasladadas a territorio mexicano y abandonadas, principalmente en ciudades como Tapachula o Villahermosa. No llegan con redes, ni con recursos, ni con documentos. Llegan, literalmente, a la intemperie institucional.

El procedimiento es tan frío como revelador. Tras su traslado, las autoridades del Instituto Nacional de Migración les entregan un “oficio de salida” que les da un plazo de diez días para abandonar el país por sus propios medios. Diez días. Como si se tratara de un trámite administrativo menor y no de la vida de personas que, en muchos casos, han pasado décadas fuera de sus países de origen y que ya no tienen a dónde volver.

Ahí está el caso de los cubanos deportados recientemente. Algunos vivieron más de treinta años en Estados Unidos y fueron detenidos por faltas administrativas o cargos antiguos. Tras pasar por centros de detención fueron enviados a México. Hoy están en Tapachula, sin documentos, sin acceso real a empleo y, en muchos casos, en situación de calle.

Trabajan de manera informal por salarios mínimos que apenas alcanzan para comer o pagar un baño. No pueden regularizarse porque no tienen papeles. No pueden salir porque no tienen dinero. No pueden volver porque ya no tienen país.

El resultado es un cuello de botella humano que crece día con día. Mientras tanto, las caravanas seguirán saliendo porque cuando no hay rutas legales, la movilidad se convierte en acto colectivo de supervivencia.

México ya no puede seguir administrando esta realidad con medidas improvisadas y de contención. Se ha convertido, en los hechos, en un espacio de depósito de poblaciones migrantes sin un proyecto claro de gestión.

Es momento de asumirlo como tal y diseñar una estrategia integral que no solo controle flujos, sino que gestione vidas: acceso a documentos, posibilidades reales de regularización, inserción laboral y coordinación institucional. Lo contrario es perpetuar una crisis que ya dejó de ser coyuntural y que, cada semana, vuelve a ponerse en marcha en forma de caravana.

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