Cada 8 de marzo, fecha conmemorativa del Día Internacional de la Mujer, el recuento de lo que hemos avanzado y de lo que está pendiente es una referencia obligada. Algunos datos y comportamientos son patentes, otros encuentran resistencias en la realidad cotidiana y muchos otros están en el olvido.
Hoy en México participamos un mayor número de mujeres en las diversas actividades académicas, sociales y culturales como resultado de la larga travesía que busca la igualdad efectiva y en la que destacan los movimientos de mujeres y los grupos feministas. En el ámbito político destaca la participación paritaria de mujeres en el Congreso federal y en los congresos locales, en los cabildos municipales, como gobernadoras y la titularidad de una presidenta en el Poder Ejecutivo.
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Sin duda, las bancadas parlamentarias de mujeres han logrado concretar una demanda que tomo poco más de cincuenta años de la última mitad del siglo pasado, desde la introducción en 1974 de las primeras reformas legislativas para reconocer la igualdad de las mujeres y los hombres ante la ley; la adopción del sistema de cuotas, que incorporó la participación política de las mujeres en los órganos legislativos: 30 % en 1996, 40% en 2008, hasta lograr la inclusión del principio de paridad en la Constitución General de la República, en 2014; de la paridad en todo en 2019.
Recientemente, las acciones jurídicas que con el acuerdo del INE y la resolución del TRIFE, emitidos en 2021, mandatan la paridad para la postulación de candidatas mujeres en la elección de gubernaturas de los estados como una acción necesaria para concretar en los hechos el mandato legal de igualdad en todos los espacios del poder público.
En este contexto son evidentes los cambios. Entre 1979 y 2018 en un periodo de casi cuatro décadas, solo nueve mujeres en el país lograron convertirse en gobernadoras de sus estados, doña Griselda Álvarez, la primera mujer gobernadora de Colima en 1979.
Por otro lado, y a raíz de los cambios jurídicos que se han venido adoptando, en 2021 nueve candidatas fueron electas en sus entidades, convirtiendo a nuestro país como referente en materia de acciones afirmativas y dando como resultado que actualmente sean trece las titulares del poder ejecutivo en sus estados.
El balance hasta aquí es positivo, pero contrasta con otras realidades que nos llevan a preguntarnos: ¿de qué manera ha impactado la mayor incursión de las mujeres en el poder para las mujeres mexicanas? Dicho de otra forma, ¿para qué queremos las mujeres llegar al poder? ¿Esto ha significado, en general, un cambio en el ejercicio del poder? ¿Ha producido mejoras en las condiciones de vida del resto de las mujeres que representamos?
Al respecto las cifras son claras y contrastantes. Por ejemplo, el acceso de las mujeres a la educación es positiva en todos los niveles educativos, incluso en algunos como en la educación superior, donde fue limitado por décadas. Hoy la matrícula escolar de la población femenina es superior a la masculina y su aprovechamiento también es mayor; los mejores promedios de las universidades lo obtienen las mujeres.
Pero esta realidad no se refleja en los salarios que reciben cuando se incorporan al mundo laboral; tampoco en los espacios de toma de decisiones a los que pueden aspirar: apenas 14 % de los puestos en los consejos de administración son ocupados por mujeres y solo 4 % de las presidencias lo ocupan ellas. Adicionalmente, como se ha apuntado, persiste una brecha generalizada entre los ingresos que recibe por trabajo similar un hombre en comparación con los que recibe una mujer: por cada 100 pesos que gana un hombre, una mujer recibe en promedio 86.
La más reciente Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT 2024) destaca que las mujeres dedican 66.8 % de su tiempo total a actividades no remuneradas; esto equivale a que, en promedio, por 7 de cada 10 horas de trabajos que realizan no recibe ningún pago y, peor aún, tampoco es valorado y limita el tiempo que podrían disponer las mujeres para otras actividades, como la formación profesional, el desarrollo económico, el crecimiento laboral, incluso el descanso.
Bien apunta el monitor económico que dirige Valeria Moy desde el IMCO: más de la mitad de las mujeres (55 %) tienen un empleo informal, no tienen acceso a la seguridad social, a la vivienda, la jubilación y demás derechos y prestaciones asociadas a su condición laboral. Estas referencias son algunos de los muchos ejemplos que podrían destacarse en la conmemoración del 8 de Marzo y en las reiteradas intervenciones que se refieren solo a logros y olvidan rezagos y compromisos.
Por eso vale la pena recordar ¿para qué llegamos las mujeres al poder? Llegamos impulsadas por cientos de mujeres entregadas a la lucha por la igualdad, que empeñaron esfuerzos, esgrimieron argumentos y conquistaron batallas. Llegamos porque queríamos transformar la realidad, la que duele por la violencia que viven cientos de miles de mujeres, jóvenes y niñas en todo el país; por las que están en reclusión sin sentencias; por las que hoy en la cruda realidad buscan desesperadamente a sus hijos; por las que marchan y por las que cuidan a las que marchan, que también son mujeres.
El objetivo era llegar para transformar esa realidad. Nos darnos cuenta de que no es suficiente haber logrado la igualdad jurídica, que se ha traducido en una “igualdad descriptiva” que se expresa en números: 253 mujeres en la Cámara de Diputados del Congreso federal versus 247 hombres, tres más que sus homólogos parlamentarios; una presidenta en la máxima responsabilidad del país. Sin embargo, no se ha alcanzado una igualdad sustantiva que implique presupuestos suficientes y oportunos para atender rezagos y desigualdades persistentes en la vida de las mujeres; en la atención y erradicación de la violencia en todas sus manifestaciones, que es cada vez es más cruel y deshumanizante.
Es irónico, cuando era menor la cantidad de mujeres en la Cámara se lograron más recursos para su atención. La implementación del sistema de cuidados, que tanto se ha pregonado, sigue siendo regateada por el Estado mexicano.
Finalmente, este 8 de Marzo debemos pensar qué pasa con la igualdad simbólica de las mujeres, la percepción colectiva que debería asociar la posiciones de liderazgo que ocupan las mujeres con el reconocimiento real de su toma de decisiones y de la conducción que ejercen en los asuntos del poder, donde es frecuente seguir escuchando: “Ella no manda... la mandan”.
En el Día Internacional de las Mujeres debemos ir más allá de lo obvio, develar lo ausente, visibilizar los olvidos y a las olvidadas. Es hora de honrar la actuación de las mujeres en el poder con hechos que se traduzcan en atención a las causas más sentidas de las mujeres.
Es tiempo de regresar al origen; de buscar respuestas para las mujeres en reclusión, para las víctimas de la violencia en todas sus manifestaciones, cuyas cifras son cada día más alarmantes; de poner un alto a los feminicidios, a las condiciones de inseguridad y a las desigualdades en que las mujeres siguen llevándose la peor parte. Es tiempo de darle sentido al arribo y presencia de las mujeres en el poder.