Todo comenzó cuando René Descartes declaró: “Pienso, luego existo”. Pero nadie nos advirtió que ese “pienso” también sería el origen de nuestra prisión.
Siglos después, William James nos enseñó a mirar hacia adentro, a observar nuestra propia mente, a convertirnos en testigos de nuestra experiencia. Y más tarde: Sigmund Freud, influenciado por los experimentos de hipnosis de Jean-Martin Charcot, reveló una verdad incómoda: no somos dueños de nosotros mismos.
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Dentro de cada persona existe un conflicto invisible.
Una lucha constante.
Freud la llamó la lucha entre el Ello, el Superyó y el Ego:
El Ello exige placer.
El Superyó exige obediencia.
Y el Ego… intenta que sobrevivas.
No que seas feliz.
Sólo que sobrevivas.
Esta es la gran mentira que casi nadie cuestiona:
El Ego no está diseñado para tu bienestar.
Está diseñado para tu supervivencia psicológica y social.
El Ego es el que te hace preocuparte por lo que otros piensan.
Te hace compararte.
Te hace competir.
Es el que te hace sentir amenazado cuando alguien te rechaza.
El que te empuja a buscar reconocimiento, no paz.
El Ego no quiere tu libertad.
Quiere tu seguridad.
Porque para el Ego, la seguridad es vida.
Y el bienestar, no existe.
Gracias al Ego tienes un nombre,
una historia, una identidad.
Gracias al Ego puedes decir “yo”.
Puedes trabajar.
Puedes defenderte.
Puedes existir en sociedad.
Sin Ego, no podrías funcionar.
Pero con un Ego dominante, tampoco puedes vivir plenamente.
Porque el Ego vive en un estado de defensa constante y permanente.
Siempre alerta.
Siempre comparando.
Siempre protegiendo una imagen.
Siempre intentando evitar su propia destrucción.
Aquí está lo más perturbador:
El Ego no eres tú.
Es una estructura.
Un mecanismo.
Una construcción psicológica presente para ayudarte a sobrevivir en el mundo.
Pero cuando te extravías, el Ego se convierte en tu amo.
Y entonces tu vida deja de ser una experiencia,
y se convierte en una estrategia de supervivencia:
Vives para proteger una imagen.
Para sostener una identidad.
Para evitar el rechazo.
Vives para no desaparecer.
Y en ese proceso, el bienestar se vuelve accidental.
No es cardinal.
El bienestar aparece solo cuando el Ego deja de luchar.
Cuando deja de defenderse.
Cuando deja de controlar.
Cuando deja de tener miedo.
El Ego es necesario.
Pero no es el destino final de la Consciencia Humana.
El Ego es sólo el guardián de la puerta.
No la puerta.
Ni lo que hay detrás.
La pregunta no es si puedes vivir sin Ego.
La pregunta es:
¿Estás viviendo para sobrevivir… o estás listo para ser libre?
alefonse@hotmail.com