Estados Unidos es un Estado terrorista si se juzga por sus acciones históricas, no por su retórica.
Noam Chomsky
Tenemos alrededor del 50 % de la riqueza del mundo y solo el 6 % de su población.
Nuestra tarea es mantener esa desigualdad.
George F. Kennan
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Hoy en día ya no es un secreto para nadie —ni siquiera para quienes aún sostienen, con disciplina casi litúrgica, un proyecto de oposición política en México— que, tras el relanzamiento y aprobación de la llamada "Estrategia de Seguridad Nacional" (1) por parte del gobierno de los Estados Unidos, en noviembre de 2025, el orden internacional ha recibido un golpe de profundidad difícilmente reversible. Sus efectos, lejos de ser hipotéticos, ya comenzaron a cobrarse facturas muy concretas.
Este nuevo marco estratégico, de naturaleza abiertamente supranacional, se articula en torno a algunos ejes que Washington presenta como virtudes cardinales: a) soberanía, b) control fronterizo, c) disuasión militar y d) seguridad económica. No obstante, bajo esa retórica defensiva se han incorporado —o recrudecido— medidas de alto impacto que desbordan con facilidad las fronteras estadounidenses.
Se trata de una estrategia con vocación extraterritorial que, en cuestión de semanas —apenas iniciado 2026—, ya ha sido proyectada contra diversas soberanías, sin mayor pudor ni demasiadas justificaciones jurídicas. Lo que comenzó con la denuncia de aparentes malos extranjeros que afectaban a los estadounidenses, hoy esa retórica se comienza a poner debajo de la alfombra, para lograr ver el fondo que ahora es figura.
El resultado ha sido una cadena de problemáticas difícilmente eludibles: desde la erosión acelerada del marco jurídico internacional y de las instituciones que lo sostienen —ahora decorativas— hasta la progresiva chatarrización de los derechos humanos, útiles solo cuando no estorban o cuando se proyectan contra el enemigo. A ello se suma la activación de conflictos, el aumento de tensiones regionales, la imposición de presiones económicas y la normalización de formas de intervención indistinta contra países aliados y adversarios por igual. Todo ello ha obligado a reacomodos abruptos en el mapa geopolítico regional e internacional, confirmando que la estabilidad global era, en realidad, un acuerdo frágil sostenido por inercia conveniente.
Las alertas se han encendido en prácticamente todos los rincones del planeta. No parece existir territorio alguno exento de las pretensiones de Washington. Esta estrategia no se limita a garantizar la seguridad e integridad nacional estadounidense; en su formulación más honesta —y quizá más cínica— apunta a recuperar influencia perdida en el concierto internacional, revertir crisis internas de carácter estructural y, sobre todo, impedir a cualquier costo el afianzamiento de la República Popular China en regiones estratégicas del mundo —particularmente en América —. El controlar recursos, rutas y cadenas de suministro no es un efecto colateral: es el objetivo, sin matices.
Para el gobierno trumpista, esta disputa es presentada como una cuestión de supervivencia. De ahí que no resulte exagerado recordar que Estados Unidos continúa concentrando un poder destructivo capaz de aniquilar el planeta "150 veces" (2) una capacidad que, paradójicamente, se invoca como garantía de paz. En este marco, la seguridad deja de ser un medio y se convierte en un fin absoluto, incluso si ello implica vaciar de contenido al propio orden internacional que alguna vez dijo defender.
México, por supuesto, no se encuentra al margen de este escenario. Su carácter de socio estratégico, su condición de vecino inmediato, ni mucho menos su membresía en el T-MEC han sido suficientes para moderar el tono del gobierno republicano, que oscila entre la retórica de alta intensidad y momentos de abierta hostilidad hacia nuestro país.
La posición mexicana es particularmente compleja. No solo se comparten miles de kilómetros de frontera con la Unión Americana, sino que se mantiene una profunda relación de interdependencia económica, comercial y de seguridad. Esta codependencia, lejos de ser una fortaleza que blinde y salvaguarde al país, más bien evidencia una vulnerabilidad estructural que incrementa el riesgo de presiones directas o incluso de escenarios de intervención, anunciados reiteradamente —y no siempre en tono metafórico— por actores políticos estadounidenses de alta relevancia, en los últimos meses.
México se encuentra así atrapado en una ecuación incómoda, un intento de gobierno progresista atado a la mesa del más fuerte. Demasiado relevante para ser ignorado, pero demasiado dependiente para resistir sin costos severos. En algún momento el país se aprecia como una hoja al viento dentro de una tormenta. En un contexto donde la excepcionalidad se ha convertido en doctrina, la prudencia ya no garantiza inmunidad.
Hace aproximadamente siete meses publiqué un video (3) —sin mayor difusión— en el que expongo que la intervención estadounidense en territorio mexicano no es una hipótesis ni un escenario futuro, sino es un proceso de antaño en ejecución. Comparto nuevamente ese planteamiento porque, lejos de perder vigencia, los hechos observables lo han ido confirmando y profundizando.
La intervención estadounidense en México no adopta hoy la forma clásica de ocupación militar directa. Se expresa, en cambio, mediante mecanismos funcionales, administrativos, tecnológicos y de seguridad que operan de manera simultánea, diferenciada y, en muchos casos, opaca. Su eficacia radica precisamente en que no requiere proclamarse como tal.
Entre las formas más visibles se encuentra la presencia sostenida de agencias estadounidenses en tareas de seguridad e inteligencia. De acuerdo con información oficial del propio gobierno de Estados Unidos, agencias como la DEA, el FBI, el DHS y el ICE mantienen cooperación operativa con autoridades mexicanas en materia de narcotráfico, migración, tráfico de armas y crimen organizado. Esta cooperación incluye intercambio de inteligencia en tiempo real, capacitación, asesoría técnica y operaciones conjuntas, muchas de ellas sin un control público detallado por parte del Congreso mexicano.
En el plano menos visible, pero estructuralmente más profundo, se encuentra la intervención tecnológica y de inteligencia. Desde hace más de una década, Estados Unidos ha financiado y provisto infraestructura de vigilancia, sistemas de intercepción de comunicaciones, plataformas de análisis de datos y equipamiento aéreo no tripulado bajo el marco de programas como la "Iniciativa Mérida" (4) y sus esquemas sucesores. Aunque formalmente estos instrumentos se presentan como “asistencia”, en la práctica consolidan una asimetría informativa en la que gran parte del procesamiento estratégico permanece fuera del control nacional.
A ello se suma la dimensión económica y normativa. La política de seguridad estadounidense se encuentra directamente vinculada a decisiones comerciales, financieras y regulatorias. Las presiones sobre controles aduaneros, certificaciones, cadenas de suministro, combate al lavado de dinero y verificación de flujos migratorios funcionan como mecanismos supranacionales de disciplinamiento estatal. En este esquema, la frontera no es una línea geográfica, sino un dispositivo móvil que se desplaza hacia el sur.
Los datos permiten afirmar que la intervención es cada vez más precisa, más demandante y más visible. No porque aumente el número de tropas —lo que también ocurre —, sino porque se perfecciona la capacidad de condicionar decisiones internas sin necesidad de asumir costos políticos internacionales. Estados Unidos actúa desde una lógica de viabilidad nacional: la preservación de su seguridad interna, su estabilidad económica y su posición estratégica se colocan por encima de cualquier consideración externa.
En ese marco, ninguna soberanía, ninguna vida ni ningún régimen jurídico internacional resulta prioritario si entra en tensión con la viabilidad del proyecto estadounidense. La arquitectura legal internacional funciona mientras no obstaculiza ese objetivo. Cuando lo hace, se flexibiliza, se ignora o se redefine. El derecho internacional, en este contexto, opera más como un recurso instrumental que como un límite efectivo.
Si en algún momento el sistema internacional logra recomponer contrapesos reales, es posible que se restituya cierto equilibrio. Mientras tanto, los hechos indican que la intervención no solo continuará, sino que tenderá a normalizarse como parte del funcionamiento ordinario de la relación bilateral.
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Fuentes de consulta
(1) The White House. (2025). 2025 National Security Strategy.
(2) Sánchez, L. (2025, 4 de noviembre). EEUU puede destruir el mundo 150 veces, amenaza Trump. JP+ Noticias de Nicaragua y el mundo.
(3) La invasión en #México ya comenzó [Video]. (2025, octubre). YouTube.
(4) U.S. Government Accountability Office. (2021). Merida Initiative: U.S. assistance to Mexico has helped counter drug trafficking, but oversight challenges remain. GAO.
(5) U.S. Department of State. (2022). U.S.–Mexico Bicentennial Framework for Security, Public Health, and Safe Communities.