Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Carlos Manzo, gobernar desde el crimen

Su asesinato es la expresión de un hecho más, acontecido dentro de la rizomática gobernanza criminal

Christian Reyes Hidalgo

Criminólogo y analista social. Ha colaborado con universidades, colectivos y medios de comunicación en México y el extranjero. Su trayectoria combina investigación, docencia y activismo. Su trabajo aborda el estudio de las violencias, la desaparición y la memoria, buscando cuestionar al poder y visibilizar la dignidad de las víctimas.

Viernes, Noviembre 14, 2025

La idea de que existe una clara división entre el Estado y el crimen —y de que la corrupción y el contubernio son el producto de algunas personas deshonestas— es un mito hegemónico promovido por los Estados-nación y los medios de comunicación oficiales.
Dawn Marie Paley

Crónica de lo cotidiano
El 26 de junio de 2022, Omar García Harfuch sobrevivió a un atentado brutal perpetrado por un grupo criminal. En ese entonces fungía como Secretario de Seguridad Ciudadana del Gobierno de la Ciudad de México, bajo la administración de Claudia Sheinbaum Pardo, ahora presidenta de la República.

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Aquel ataque marcó un antes y un después en la vida de Harfuch. La amenaza a su persona ha permanecido constante, clara, y vigente. En ese entonces, la respuesta del Estado fue inmediata: un dispositivo de seguridad minucioso y de alta complejidad fue desplegado para proteger a quien hoy ocupa el cargo de Secretario de Seguridad Ciudadana del Gobierno Federal.

Muy distinto, aunque igual de desafiante, fue el caso de Carlos Manzo Rodríguez, presidente municipal de Uruapan, Michoacán. Un estado sumido desde hace décadas por la violencia criminal. La coincidencia entre estos dos, es que ambos decidieron enfrentar al mismo grupo dentro del mismo proceso, pero Manzo lo hizo de manera atípica. Abandonó el traje y la corbata, tomó las armas y se puso al mando frente a su pueblo, con el ánimo de arrasar contra el orden establecido.

No, lo hizo como político, sino como alguien decidido a resistir la violencia desatada por el crimen organizado y sus gestores. Por esta acción, los enemigos se diversificaron fuera de la estructura criminal, amplificando el riesgo y obviando el desenlace. La amenaza contra su vida era ineludible, la suerte estaba echada y la moneda giraba en el aire. Su cabeza tenía precio, era cuestión de tiempo para que los interesados cobraran su venganza, a fin de restituir el orden que Manzo decidió comprometer.

Finalmente, el funcionario de cuarenta años fue asesinado el primero de noviembre del año en curso. Desde aquel momento la figura de Carlos Manzo trascendió de manera poderosa a través de una manifestación obvia de indignación: miles de ciudadanos hartos por la situación de eterno retorno —sin transición—, decidieron evidenciar su malestar, expresar su rabia y señalar su indignación por la situación del país. Energía ciudadana pura, a la espera de ser procesada para transformarla en potencia. Pero como era de esperar, el furor comenzó el curso de su capitalización, para que los necrófilos intentaran convertir este crimen, en una oportunidad para generar claros dividendos políticos.

Su muerte puede asumirse como un episodio más a la larga cadena de asesinatos políticos en el país. Sin embargo, lo que este caso revela —si así se desea ver— es el grado de imbricación entre el Estado, el crimen y el capital: un territorio donde las fronteras entre lo legal y lo ilegal, lo legítimo y lo ilegítimo, se desdibujan e interactúan en concierto.  Aunque se ha documentado que Carlos Manzo recibió apoyo de la federación para reforzar la seguridad en su entorno, cuando la infiltración opera en forma de mimetización, esa ayuda se vuelve indistinguible del riesgo.

La respuesta del Estado ante su asesinato, así como la reacción mediática que lo siguió, tan solo son síntomas de una forma de gobernar que ha aprendido a convivir con la muerte como parte de su engranaje. Cada operativo, cada despliegue, cada comunicado oficial deja ver una misma lógica: la administración del caos como estrategia de orden.

Esta muerte oportuna para los diversos intereses políticos de oposición, ofreció una línea retórica para liberarse —por el momento— de la hipoxia prolongada: una bocanada de aire ha inyectado vida a través del festín de la muerte, un halo de luz y esperanza que invita a tomar el camino de guerra total o de otras formas descarnadas del neofascismo. El despliegue de miles de efectivos de las fuerzas del orden —después de ocurrido lo previsible— reivindica veladamente la estrategia que se resiste, dan espacio a la razón de los que consideran que el sendero transitado en la guerra contra el narcotráfico es la única salida viable, a pesar de que la muerte multiplique efectos y dividendos.

Gobernanza criminal, más allá del deseo

Esta exposición será apenas un esbozo que desarrollaré más adelante en mi quehacer académico. Por ello, es posible que lo aquí planteado —para su profundización— requiera algo más que un artículo de opinión periodística.

El deseo del gobernante, no implica la transformación de la historia a placer, la idealización sobre un Pueblo percibido como “bueno” o “malo”, no se traduce en un cambio estructural de las relaciones hegemónicas imperantes. El Pueblo es producto de sus circunstancias.

Un buen punto de partida, es decir que hay una insistencia en mirar al crimen organizado como una anomalía sistémica, como una forma de desviación patológica que se debe cambiar. Pero ¿y si el crimen no fuera el error, sino la forma más nítida del orden esta blecido? ¿Y si la violencia no fuera una interrupción, sino la forma de un sistema que ha aprendido a alimentarse de sí mismo?

Las organizaciones criminales —particularmente aquellas inscritas en el espectro de la macrocriminalidad y la transnacionalización— constituyen una manifestación funcional a la lógica de acumulación y reproducción ampliada del capital. Tal afirmación encuentra sustento en la manera en que estos grupos, al igual que los grandes monopolios empresariales surgidos durante la década de los noventa, han acaparado y centralizado diversas actividades ilícitas que antes eran gestionadas por actores locales. En ambos casos, se observa una misma tendencia estructural hacia la “monopolización del flujo de valor” (1), orientada a la maximización de la tasa de ganancia y a la consolidación de posiciones hegemónicas dentro de la economía global —legal e ilegal—.

Las guerras, las economías ilícitas, el tráfico de vidas y recursos son formas contemporáneas de gestión del negocio de la guerra y la muerte. No hay contradicción entre matar y administrar; ambas son formas complementarias de la rentabilidad en esa diversificación criminal. La delincuencia organizada, bajo las condiciones actuales, no representa una falla ni un desvío. Es una manifestación funcional a la acumulación y a la reproducción ampliada del capital. Las guerras, las economías ilícitas, el tráfico de vidas y recursos son formas contemporáneas de gestión del negocio de la guerra no tradicional. Al final, dentro del capitalismo, la inmortalidad se presenta a través del dinero como una eternidad sin alma, construida sobre cadáveres y mercancías.

La fábrica del enemigo

Todo orden necesita un monstruo o un mártir. Este ha sido engendrado desde distintas formas: Poseso, loco, comunista, criminal, terrorista, narcoterrorista o luchador social: categorías que mutan, se suceden, se heredan. Cada una de ellas ha sido necesaria para justificar una nueva cruzada, un nuevo campo de concentración legal, una nueva frontera moral. El Estado se legitima a través de la invención del “enemigo” (2). Esa invención no es un accidente del poder, sino su principal dispositivo de cohesión.

El aparato mediático se encarga de dotar a esos enemigos de rostro y narrativa. Construye un espejo deformado donde el mal habita siempre en el otro: el barrio, el cuerpo racializado, la autodefensa, el territorio estigmatizado, el político que se rebela contra el orden.

Mientras tanto, la estructura que produce la violencia permanece intacta, resguardada bajo la retórica de la legalidad. Así, el crimen organizado se presenta como lo que el sistema no quiere ver de sí mismo: su propia imagen invertida. No es el caos, sino la forma más sofisticada del orden. Lo criminal, en el capitalismo tardío, no se opone al sistema: lo sostiene.

La gobernanza —sin el componente criminal— se define como un entramado de redes públicas y privadas, articuladas en nombre de la transparencia, la comunicación y la eficacia administrativa (3). Pero cuando el crimen se incorpora a esa red, lo que emerge es una gobernanza criminal. Un sistema híbrido donde lo legal y lo ilegal coexisten como partes de un mismo flujo de valor.

El crimen organizado no tiene, por tanto, una forma aislada, paralela o ajena al capitalismo. No solo es funcional a su lógica, se presenta como una manifestación rizomática (4) de ella. No actúa únicamente dentro de los márgenes del sistema económico, sino que se enraíza, ramifica y adapta en los intersticios mismos del capitalismo, produciendo un impulso expansivo de acumulación. En este sentido, el capital no solo tolera el crimen, lo integra como una de sus múltiples formas de circulación y valorización, en un entramado donde lo legal y lo ilegal son parte del mismo “flujo de valor para la reproducción ampliada del capital” (5).

El crimen organizado no opera en los márgenes del capitalismo; es su rizoma. Como describieron Deleuze y Guattari, el rizoma no tiene centro ni jerarquía, se expande por interconexiones múltiples, adaptativas difíciles de erradicar.  Bajo esa lógica, las organizaciones criminales, no son meras organizaciones verticales de poder, sino sistemas en red que penetran lo político, lo económico y lo social. Son expresiones rizomáticas de la acumulación capitalista, multiplicando las formas de circulación y valorización del dinero.

Si bien el capital necesita al Estado para su reproducción, hoy el Estado y el neoliberalismo en crisis, han dejado de ser suficientes. Por ello, ha emergido una alianza soterrada a través de la co-gobernanza criminal, donde la gestión de la vida, la muerte y el dinero se integran en una economía política de la violencia. Donde el Estado pierde control, el crimen administra. Donde el mercado no llega, el crimen regula, por tanto, la gobernanza criminal no es la sombra del Estado, sino su extensión más eficiente.

En el caso del asesinato de Manzo, el mensaje del cártel es claro: el poder no necesita esconderse, porque posee omnipotencia y omnipresencia en estado puro. Su violencia no es desorden, sino recordatorio de restitución. Cada cuerpo tirado en la calle, cada fosa, cada nombre borrado es un monumento al nuevo pacto entre capital, Estado y crimen. Un régimen donde la vida se administra como mercancía y la muerte como inversión.
El Estado no combate realmente al crimen; lo coadministra, y el crimen ya no se oculta se institucionaliza antes una manifestación simbiótica.  Mirar esa fusión sin horror es imposible, pero negarla sería infantil.

El monstruo que creemos ver en los márgenes del sistema, no es otro que el propio sistema mirándose al espejo. Ya no es neoliberalismo, es algo nuevo. Un artificio maldito que pudre a quien lo toca, impregnado con la sangre de miles de mercancías que alguna vez tuvieron vida.

Continuaré…

Fuentes de consulta:
(4) Deleuze, G., &; Guattari, F. (2002). Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia (Vol. 2; J. Vásquez Pérez, Trad.). Pre-Textos.
Jakobs, G. (2003). Derecho penal del ciudadano y derecho penal del enemigo. Madrid: Civitas.
(1) (2) Fuentes Díaz, A. (2025, noviembre). Comentario en el Panel 3: Seguridad, violencia y subjetividad. En Semana China–América Latina: En el contexto de tensiones geopolíticas
(5) [Mesa de trabajo]. Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. [Video]. Facebook. https://www.facebook.com/share/v/19rARBdH7r/
(3) Furlan, José (2012) “Reforma del Estado, descentralización y gobernabilidad local en iberoamericana” Estudios Celadel.

 

 

 

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