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OPINIÓN

El precio de Venezuela y el futuro del chavismo

Razones de intervención en Venezuela, resistencia popular y reordenamiento global en disputa

Christian Reyes Hidalgo

Criminólogo y analista social. Ha colaborado con universidades, colectivos y medios de comunicación en México y el extranjero. Su trayectoria combina investigación, docencia y activismo. Su trabajo aborda el estudio de las violencias, la desaparición y la memoria, buscando cuestionar al poder y visibilizar la dignidad de las víctimas.

Viernes, Enero 9, 2026

Hace varios años me lo dijo alguien: te van a terminar acusando a ti de narcotraficante, a ti directamente, a ti Chávez; no es que el gobierno apoya o que se permita, no, te van a tratar de aplicar la fórmula Noriega, es uno de los planes que en Estados Unidos se ha venido desarrollando, están buscando la manera de que se asocie a Chávez directamente con el narcotráfico y luego cualquier cosa es válida contra un narcotraficante que es Presidente pues, un viaje a cualquier país del mundo y llegó un comando y se lo llevó.
Hugo Rafael Chávez Frías en rueda de prensa en 2005 (1)

Recuerden que nos quitaron todos nuestros derechos energéticos. Nos quitaron todo nuestro petróleo no hace tanto. Lo queremos de vuelta. Nos lo quitaron ilegalmente…
Donald Trump en rueda de prensa el 17 de diciembre de 2025

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Como es ya de conocimiento internacional, durante la madrugada del 3 de enero de 2026 se materializó la invasión a la República Bolivariana de Venezuela. Se trató de una intervención de morfología atípica, caracterizada por el uso combinado de fuerzas especiales, operadores privados, ciberataques y control informativo, que derivó en el asesinato de decenas de personas y en el secuestro del presidente constitucional Nicolás Maduro Moros, así como de la exlegisladora Cilia Flores, esposa del mandatario y primera dama de la nación.

Este acontecimiento no sólo representa una ruptura definitiva del principio de soberanía estatal consagrado en el derecho internacional contemporáneo, sino que muestra con nitidez el rostro que asumirán las intervenciones imperialistas durante el siglo XXI.

En los dos epígrafes iniciales de este trabajo se contrasta —veintiséis años después— una advertencia que el entonces presidente Hugo Chávez formulaba a inicios del siglo XXI: la posibilidad real de que Venezuela fuese objeto de una agresión directa por parte de los Estados Unidos. Aquella previsión, durante años fue desestimada como “retórica delirante bolivariana”, pero se concretó apenas a unos días de iniciado el año 2026.

El contexto internacional que hizo posible esta operación se encuentra apuntalado por una serie de factores estructurales: el ascenso de China como superpotencia global; la crisis sistémica de los Estados Unidos, particularmente en los planos económico, energético y político-institucional; la creciente necesidad de asegurar recursos estratégicos; así como la pérdida progresiva de influencia de Washington en regiones tradicionalmente subordinadas a su órbita, especialmente América Latina.

A este escenario se suma el retorno de Donald Trump a la presidencia estadounidense para un segundo periodo, quien, al diagnosticar la decadencia interna de su país, asumió como eje discursivo la urgencia de “recuperar la grandeza perdida”, aun a costa de cualquier marco jurídico nacional o internacional que limitara la expansión del poder y crecimiento estadounidense. En palabras del propio Trump, la hegemonía de su país se habría “perdido por haber sido políticamente correctos” en el pasado (2).

La operación militar no fue presentada como una invasión, sino como la aplicación extensiva de la Ley de Seguridad Nacional extraterritorial, una “acción preventiva de estabilización regional”, retomando la lógica inaugurada tras el 11 de septiembre de 2001, donde la seguridad nacional se erige como principio supra-constitucional capaz de suspender soberanías, garantías y fronteras.

En este artículo, el internacionalista Christian Tello de la Rosa y quien suscribe, Christian R. Hidalgo, abordaremos un eje de análisis que, desde nuestra perspectiva, ha sido tratado de forma superficial en los debates recientes: la invasión a Venezuela no como un hecho aislado, sino como la cristalización de una nueva fase del imperialismo en América Latina, donde la guerra deja de ser una excepción y se convierte en una de gestión ordinaria del capitalismo global.

Así mismo, y a diferencia de numerosos analistas progresistas —muchos de ellos honestos, pero marcadamente impresionistas—, cuyo enfoque se limita casi exclusivamente a las decisiones, errores o aciertos de dirigentes y personalidades, pero sus balances se agotan pronto. Para ellos, al no partir de una perspectiva marxista, la lucha de clases simplemente no existe como categoría analítica, por lo que omiten de manera sistemática la variable que, en última instancia, constituye el eje central de toda ecuación.

Nuestro análisis pretende rescatar esa principal variable, que va más allá de las salidas usuales a través del derecho internacional, la política estatal y la burocracia en el poder, todo aquello que Marx rechazaba como “la historia de los grandes hombres y Estados” (3).

Para adentrarnos: a) En el terreno de la producción, comprendiendo porque Venezuela es vital para la acumulación del capitalismo americano y b) Cuál es la correlación de fuerzas entre la clase trabajadora venezolana, el chavismo como movimiento social y el imperialismo americano frente al próximo periodo lleno de interrogantes y seguramente contradicciones.

Entre perecer y prevalecer

Sobre el plano económico estadounidense, un análisis de tal magnitud —que da cuenta de las múltiples crisis que atraviesan los Estados Unidos y de su urgencia por conservar su lugar como gran hegemonía— no es menor y, probablemente, merecería un desarrollo más amplio y específico para otro momento. No obstante, esta coyuntura ha exigido a Washington una nueva forma de comprender e interrelacionarse con el mercado global, en la que el dique capitalista pospandémico se erige, paradójicamente, pisoteando el andamiaje simbólico, jurídico y moral del anhelo civilizatorio occidental.

Tan solo en 2025, la deuda nacional bruta de Estados Unidos superó los “38 billones de dólares” (4), evidenciando un nivel histórico que refleja el desequilibrio creciente entre gastos e ingresos públicos, más la acumulación acelerada de pasivos financieros. Este incremento se produjo en medio de un cierre del gobierno federal, y constituye la mayor deuda posterior a la pandemia.

Según estimaciones del propio Departamento del Tesoro, la deuda federal rondaba los “37.4 billones de dólares antes de alcanzar la cifra récord, representando cerca del 123 % del Producto Interno Bruto [PIB] estadounidense”. (5)

Aunque Estados Unidos no se encuentra formalmente en recesión, su economía “enfrenta presiones considerables” (6). Si bien algunos informes reportan crecimiento económico positivo en el año —con sectores como consumo, exportaciones y gasto público estimulando la actividad—, este impulso está tensionado por frágiles equilibrios fiscales y costos crecientes de servicio de la deuda que absorben una porción cada vez mayor del presupuesto federal.

En este contexto, el techo de deuda —es decir, el límite legislativo sobre el monto que puede deber el gobierno federal— ha sido elevado repetidamente “para evitar un incumplimiento técnico (default)” (7), lo que evidencia la profunda crisis fiscal estructural que enfrenta la economía estadounidense.

Sobre lo anterior cabría hacerse una pregunta fundamental: ¿es posible que la refinanciación de esta deuda y la gestión de la crisis fiscal impulsen políticas agresivas de expansión o incluso de expoliación de recursos de países como Venezuela? Dado el peso estratégico de los recursos naturales venezolanos en los mercados globales y las narrativas de seguridad nacional que han acompañado a las acciones diplomáticas y militares, más los descarados discursos de apropiación de recursos de Venezuela y el anunciado control gubernamental de este país intervenido, esta hipótesis no puede ser descartada sin un análisis crítico profundo.

Venezuela se ubica entre los países más ricos del mundo en recursos naturales. Destacando especialmente por poseer las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, con alrededor de “303 mil millones de barriles, lo que representa aproximadamente 17 % de las reservas mundiales conocidas” (8).

Además del petróleo —que por sí solo, al valor del crudo a precios internacionales, puede calcularse en decenas de billones de dólares como base de riqueza potencial— el país posee también importantes reservas de gas natural y recursos vitales para supervivencia estadounidense, como: hierro, carbón, diamantes, oro, níquel, zinc, plomo, arena de silicio, sal bauxita, y recursos hídricos que lo convierten en un territorio de gran interés geoestratégico para cualquier potencia consolidada y emergente.

Estos recursos —que no posee Estados Unidos— resultan críticos para su supervivencia, lo que Science for a changing world evidencia en su informe de 2025 (9). Son prioritarios para la industria energética, aeronáutica, automotriz, tecnológica, de defensa, de infraestructura, siderúrgica, etc.

Empero, estas riquezas subterráneas contrastan con la limitada capacidad productiva real de la industria venezolana, cuya infraestructura ha sido castigada y precarizada, generando un deterioro significativo de años, que ha impactado a la inversión, tanto por sanciones internacionales y crisis institucionales. Un ejemplo de ello gira en torno a la industria petrolera, donde en los últimos años se llevó la producción a menos de 1 millón de barriles diarios, muy por debajo de su potencial histórico.

El marcaje contra un país presentado como supuestamente financiado por actividades “narcoterroristas” (10) opera como un poderoso aliciente político para las potencias imperialistas, al permitirles deslegitimar gobiernos soberanos, erosionar su posición internacional y justificar acciones unilaterales bajo el discurso de la seguridad o del combate al crimen transnacional, particularmente cuando se encuentran en juego intereses económicos ligados al acceso a recursos estratégicos y se cierne la amenaza de una recesión y una caída inminente.

Maduro y el futuro del chavismo

Ciertamente, y pese a la complicidad mediática que ha optado por ignorar las protestas multitudinarias en Caracas a favor de la liberación de Maduro, es un hecho que su secuestro no significó la caída de la burocracia chavista ni del movimiento social que le sustenta, el cual está profundamente enraizado entre las clases populares. De estos hechos se desprenden dos conclusiones fundamentales: la primera, que Maduro era un elemento institucional de importancia, pero no significaba el movimiento en sí; y segunda, que a diferencia de una operación terrestre como ocurrió con la captura de Álvaro Noriega en 1989, Trump apostó por una operación relámpago de secuestro ante el temor de una resistencia popular prolongada encabezada por milicias civiles que, pese al descrédito internacional y las acusaciones de ilegitimidad, defienden la presidencia de Maduro y al proyecto en sí.

De haberse optado por una intervención directa, en estos momentos ya se estarían contando los muertos por miles entre las filas del ejército estadounidense, como lo fue durante la catastrófica aventura militar en Vietnam y la humillante caída de Saigón en 1975. Ese escenario podría haber marcado el “¡hasta aquí!” de los planes de Trump y Marco Rubio para la región.

Del primer hecho se desprende que el chavismo no ha sido tocado en lo fundamental, ni en la forma ni en el fondo. Es decir, las masas no se han desmoralizado ni dispersado —como cabría esperar tras un ataque de esta naturaleza y el secuestro de un presidente— ni tampoco se han replegado, ni sea dado una crisis grave de gobernabilidad; por el contrario, es evidente que la movilización de las milicias civiles armadas y las protestas en las calles se han fortalecido.

Al punto de que, como jamás se había visto en el pasado —ni siquiera tras el golpe de Estado del 11 de abril de 2002 contra Chávez— la oposición ha quedado prácticamente fragmentada, paralizada y humillada tras la negativa de Trump por apoyar la presidencia de María Corina Machado mediante una posible transición “democrática”. El chavismo, con todas las distorsiones, errores y vicios que implica su dirección —al mando del gobierno y el Partido Socialista Unido de Venezuela [PSUV] —, mantiene el control de la situación en Venezuela pese a los hechos.

La declaración de Marco Rubio —“poner a prueba a Delcy”—, más allá de anunciar un intento del imperialismo por fracturar al chavismo aprovechando la degeneración de su dirección, constituye en los hechos un reconocimiento implícito de que el imperialismo se enfrenta en Venezuela a un adversario de mayor peso: la clase trabajadora organizada en torno al chavismo. Un adversario cuya confrontación directa por la vía militar implicaría un costo devastador para el propio futuro político del grupo trumpista o incluso para la viabilidad existencial de Estados Unidos como superpotencia.

Esta es, en términos políticos, la herencia de Chávez, una herencia que rebasa los límites de la burocracia, de Maduro y del partido, y que se manifiesta en la capacidad de movilización callejera y en la organización popular de las comunas y asambleas comunales —más de 40 mil— dispuestas a defender cualquier prerrogativa frente a la política del imperialismo estadounidense y los intentos de traición al interior de la dirección del PSUV y el gobierno.

En este marco, resulta pertinente preguntarse, más allá de las infructuosas teorías sobre una supuesta traición en el seno del gabinete presidencial o una salida pactada de Maduro, qué significa para la burocracia chavista, para el imperialismo estadounidense e incluso para el progresismo latinoamericano el ascenso del movimiento antiimperialista en las calles frente a las agresiones recientes y las que están por venir. Se trata de la misma interrogante que quedó resuelta con el desbordamiento popular en defensa de Chávez tras el golpe de Estado de 2002, y que hoy vuelve a colocarse en el centro del debate político ante los límites y contradicciones de la política estatal y del entramado institucional.

Por un lado, es innegable que el aparato del chavismo ha atravesado un proceso profundo de degeneración y desgaste; sin embargo, cabe preguntarse: ¿podría la burocracia realmente depositar su confianza en Trump? ¿El mismo Trump que abandona a Zelenski en Ucrania, que rompe con sus principales socios comerciales y que modifica su posición en cuestión de horas? Frente al chavismo, ¿existiría algún burócrata dispuesto a pactar con Trump la entrega de la industria nacional, el secuestro del presidente y un bombardeo que dejó más de ochenta muertos? ¿Alguien asumiría el riesgo de enfrentar la furia de las masas que descubrirían la traición de sus dirigentes?

Es en este punto donde se impone volver a la variable fundamental. Antes de adentrarnos en los vericuetos del cálculo geopolítico, del funcionamiento estatal y la realpolitik, el análisis no puede perder de vista al sujeto central de estos procesos estructurales: las clases sociales y los intereses que se enfrentan.

Tanto en Venezuela como en Estados Unidos, la burocracia estatal y el propio Trump se encuentran atrapados en una encrucijada para avanzar hacia una nueva fase del plan de control y cerco. Al mismo tiempo, la administración Trump en su conjunto queda condicionada por los resultados de esta guerra ilegítima, en un contexto de crecientes tensiones internas: elecciones intermedias atravesadas por el escándalo Epstein, fracturas en el movimiento MAGA, redadas migratorias y la victoria del socialista Zohran Mamdani en la capital financiera del capitalismo estadounidense, una señal que inquieta profundamente a los multimillonarios y al establishment republicano y demócrata.

El ataque contra Venezuela y el secuestro de Maduro constituyen la apuesta política más arriesgada de Trump en lo que va de su mandato, orientada a recuperar una legitimidad erosionada, incluso más lastimada que durante su primer período, cuando perdió la reelección frente a Biden, y por debajo del nivel de desaprobación con el que este último cerró su gestión.

Según la revista Forbes, Trump finaliza el 2025 con un índice de aprobación del 39%. A ello se suma que, desde el inicio de su segundo mandato, el Partido Republicano ha perdido todas las elecciones locales realizadas hasta ahora, incluida Miami.

La aventura imperialista en Venezuela, así como las amenazas dirigidas contra Cuba, México y Colombia, pueden representar un breve respiro para Trump y Rubio de cara a las elecciones intermedias de noviembre. Si ese objetivo no se cumple —y todo indica que el desenlace avanza en sentido contrario—, su administración podría sumirse en un desorden irreversible, acosada tanto por sus propios aliados parlamentarios como por la presión interna e internacional.

Paralelamente es evidente que las presiones de las asambleas comunales y del movimiento chavista sobre el PSUV y el gobierno de Delcy se intensificarán, especialmente ante la negativa a aceptar cualquier negociación con Estados Unidos en ausencia del presidente constitucional. Esta situación expone el carácter contradictorio del chavismo y de su dirección, arrastrados por la movilización y el sentir de la clase trabajadora venezolana en su conjunto.

Un eventual retorno de la oposición o una colaboración del ala derecha del PSUV con la administración Trump aparecen, por ahora, fuertemente limitados por el respaldo popular contra el imperialismo que hoy se proyecta a escala internacional no solo en Venezuela, sino en la cadena de catastróficos eventos como en Gaza, Burkina Faso, Ucrania y Sudán.

Esta puede ser, quizás, la herencia más profunda del chavismo y un indicio de su posible recomposición, más allá del aparato fosilizado del PSUV o de las salidas personalistas encarnadas en los “grandes hombres de Estado” —Maduro, Delcy o Padrino—, y orientada hacia nuevas formas de acción política desde las milicias civiles, las asambleas comunales y las organizaciones barriales.

Fuentes de consulta
1. Chávez Frías, H. R. (2005). Rueda de prensa del presidente de la República Bolivariana de Venezuela sobre amenazas de criminalización internacional [Video]. Venezolana de Televisión (VTV) / Agencia Bolivariana de Noticias (ABN).
2. U.S. Department of War. (2025, 30 de septiembre). Trump: Military will protect nation with focus on merit, reawakened warrior spirit [Comunicado]. war.gov.
3. Marx, K., & Engels, F. (1974). La ideología alemana (W. Roces, Trad.). Ediciones Grijalbo.
4,5.  Congress.gov. (2025). Federal debt and the debt limit in 2025 (CRS Report No. IN12045).
6. Shukla, P. (2025, 15 de octubre). US debt crisis hits record levels — is the US economy in danger? America’s $37.8 trillion national debt spirals out of control, interest payments top $1.2 trillion — how rising U.S. debt could jolt the stock market; J.P. Morgan has this to say. The Economic Times.
7. Congressional Research Service. (2025). Federal debt and the debt limit in 2025 (CRS Report No. IN12045). U.S. Congress.
8. U.S. Energy Information Administration. (2024, February 8). Venezuela: Country analysis brief. U.S. Department of Energy.
9. U.S. Geological Survey. (2025, November 6). 2025 List of Critical Minerals. U.S. Department of the Interior.
10. Departamento de Justicia de los Estados Unidos. (2020). Narcoterrorism charges against Nicolás Maduro Moros and other Venezuelan officials. U.S. Department of Justice.
Organización de los Estados Americanos. (2020). Situación institucional y acusaciones transnacionales contra el gobierno de Venezuela. OEA.
The Brookings Institution. (2025, February 12). What are the risks of a rising federal debt? 
U.S. Bureau of Economic Analysis. (n.d.). Gross domestic product. 
Trading Economics. (n.d.). United States government debt to GDP.

 

 

 

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