Me entero en este inicio de semana de tres fallecimientos muy sentidos por la sociedad poblana: don Esteban Pedroche de la Llave, la señora Mercedez Nuño de la Parra y mi vecino Eduardo Naveda Guiza.
Don Esteban Pedroche de la Llave, empresario ferretero y de la construcción, fue miembro en su momento de la Junta de Mejoramiento Moral, Cívico y Material del Municipio de Puebla (JMMCMMP), organismo que funcionó de 1958 hasta finales de los años setenta.
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Una entidad integrada por la iniciativa privada poblana que tuvo a su cargo la creación y promoción de obras de índole material, cívico y moral en la ciudad de Puebla. La junta se creó con el objetivo de cooperar con el ayuntamiento ya que la ciudad estaba en malas condiciones -calles con baches y problemas de pavimento y deficientes servicios públicos-, y las autoridades municipales no contaban con un presupuesto suficiente para solventar las necesidades materiales de la población.
Esta institución operaba con fondos del ayuntamiento, aunque también con una aportación de todo el comercio e industria de la ciudad de Puebla quienes hacían una cooperación anual al tramitar su licencia de funcionamiento. La ley que se creó ex profeso para darle legalidad y señalaba que las personas que la integrarían serían las más representativas “por su honradez, actividad y espíritu de cooperación y servicio” en los municipios.
La Sra. Mercedez Nuño de la Parra fue una poblana que estudió su educación básica e intermedia en la segunda mitad del siglo pasado en el Colegio America (Teresiano) cuando no había la cantidad de escuelas particulares que existen en este siglo XXI. Las señoritas que estudiaban en esa escuela se distinguían por proceder de familias poblanas católicas y con una situación económica estable.
Tenían una enorme rivalidad con quienes estudiaban en Colegio Central (Verbo Encarnado) las que gozaban de un linaje idéntico a las niñas del América. Ambos colegios en esa época fueron exclusivos para mujeres. Mismo hecho ocurría en esa época con los varones de esa misma posición que estudiaban en el Colegio Benavente (lasallistas) y también en el Oriente (jesuitas), o en el Colegio Americano (Fundación Jenkins). Aunque este último sí era mixto. En ese tiempo la vida social (noviazgos) eran generalmente entre alumnas del América y Central con estudiantes del Benavente, Oriente y Americano.
También falleció mi vecino de toda la vida Eduardo Naveda Guiza, quien vivió a solo a una calle de mi casa de siempre en la Colonia la Paz. Tenía exactamente mi edad por lo que de niños convivimos mucho.
Estos tres dolidos sucesos me hicieron recordar mi ciudad en la segunda mitad del siglo pasado, sin duda una Puebla diferente a la actual; mi población de antaño, la Puebla que se nos fue.
Por lo que esta columna la dedico a la memoria de estos tres destacados paisanos que se nos adelantaron al otro plano.
Para sus deudos, mi más sincero pésame.