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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La crisis estructural de la BUAP

Reconocer la crisis es indispensable para transformarla en una genuina universidad pública

Guadalupe Grajales

Licenciada en Filosofía por la UAP con Maestría en Filosofía (UNAM) y Maestría en Ciencias del Lenguaje (UAP). Candidata a doctora en Filosofía (UNAM). Ha sido coordinadora del Colegio de Filosofía y el posgrado en Ciencias del Lenguaje (BUAP), donde se desempeña como docente. Es la primera mujer en asumir la Secretaría General de la BUAP.

Martes, Noviembre 11, 2025

No cabe duda de que vivimos una crisis en el sistema de educación superior. Me referiré a los artículos recientemente escritos por especialistas en educación, también reconocidos por sus amplias trayectorias académicas y políticas.

En su artículo del 25 de octubre de 2025 aparecido en La Jornada, Hugo Aboites señala “…en un recorrido de un siglo, (de 1908 a 2018) ha prevalecido la visión de la educación como contención mediante la armonía porfirista del progreso basado en el orden social.” … “la visión armónica no permite ni a las dirigencias ni a estudiantes y maestros enfrentar desde la educación su circunstancia social tan desafiante.”

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Aquí Aboites apunta a una dicotomía: o educas para domesticar o educas para liberar. Claramente la ignorancia te encadena, pero no sólo la ignorancia sino la falta de oportunidades para alcanzar, dentro de la forma de vida de la comunidad a la que perteneces, tus fines, tus objetivos. Quien ingresa a una institución de educación superior espera que ésta cumpla con sus fines de prepararlo profesionalmente y formarlo críticamente en el respeto a sí mismo y a los demás.

Aboites continúa “…(un) efecto secundario pero muy grave es el deterioro de la misma conducción institucional. Fiel al ideal porfirista, la dirigencia actual se siente más a gusto con la práctica de un gobierno vertical, unipersonal y autoritario. Funciona y se recrea constantemente como una corte aristocrática. Basada en procesos reservados a la corte, lejos de las multitudes y objeto de tratos y componendas secretas, el acceso a los puestos y la permanencia en ellos se convierte en un fin en sí mismo. Y frecuentemente los pone ellos mismos al borde de la ruina política.”

Las aseveraciones de Aboites se hacen desde la perspectiva de las circunstancias específicas de la Universidad Autónoma Metropolitana, pero son observaciones válidas para muchas, si no es que todas, las universidades públicas autónomas y no autónomas del país. Pensemos simplemente en la reelección de la rectoría de la BUAP, cuyos resultados expresaron el descontento del sector estudiantil frente a las formas verticales y autoritarias de conducción de la universidad.

En el caso específico de la UNAM, el artículo de Imanol Ordorika del 23 de octubre de 2025 en La Jornada resulta muy esclarecedor desde su título La UNAM frente a su crisis estructural. Aquí señala: “La crisis actual muestra que la violencia y la inseguridad que se viven en la UNAM no son fenómenos aislados ni exclusivos de la universidad, pero sí revelan una atención institucional deficiente.”

El hecho simple de que las autoridades no dialoguen con el estudiantado vuelve evidente su incapacidad para escuchar críticas y posiciones disidentes que no pueden enfrentar y, en consecuencia, no les permiten fundamentar la prevalencia de un sistema educativo que ya no responde a las expectativas de las y los jóvenes y mucho menos a los fines sustantivos de la universidad: educar y formar.

“Se recurre a medidas de control -detectores de metales, rehiletes o accesos biométricos- o acciones necesarias como la ampliación de programas de salud mental. Algunas de estas iniciativas son positivas, pero tienen un alcance limitado y siguen sin atender las causas profundas de los problemas.”

Efectivamente, la atención emocional va dirigida a las personas, a los individuos; pero los problemas estructurales que viene arrastrando la universidad pública no se resuelven con terapias, ni individuales ni colectivas. Y aquí caracteriza a los movimientos estudiantiles surgidos por diversas razones, pero que comparten estos rasgos comunes.

“Los movimientos estudiantiles actuales son distintos a los del pasado. Hay menos experiencia organizativa, menos politización, y los pliegos de demandas suelen ser ambiguos o fragmentados. Sin embargo, expresan los sentires legítimos de comunidades que enfrentan abandono, precariedad y violencia.”

Coincidimos totalmente con Ordorika en que la universidad pública ha vivido un proceso de despolitización por décadas, pero las comunidades estudiantiles y magisteriales también han sufrido un adoctrinamiento que las ha pulverizado. La competencia descarnada disfrazada de excelencia ha vuelto al universitario el lobo del universitario y se aceptan sin cuestionar una serie de ordenamientos punitivos porque consideran “justa” la evaluación a la que el sistema ha sometido el trabajo especializado de docentes y estudiantes.

Todo el sistema descansa en la bendita evaluación y la “educación” ha domesticado a la comunidad universitaria que debiera jugar el papel de la conciencia crítica por excelencia.

Pensemos simplemente en el tipo de campañas electorales recientes que no sólo fueron increíblemente cortas, sino que además se caracterizaron por la “infantilización” (este concepto se lo debo al doctor José Luis Aranda) de las personas a quienes iban dirigidas. Ese trato que sólo pretende despertar emociones y no razones es la muestra fehaciente del poco respeto que les merece la comunidad a la que van dirigidas.

La conclusión de Imanol Ordorika es contundente: “La UNAM necesita una revisión profunda de su modelo institucional. No se trata sólo de atender casos individuales, sino de reconocer que existe una crisis estructural que afecta a todos los sectores. La universidad pública debe recuperar su vocación formativa, crítica y democrática. Y para ello, es indispensable escuchar, entender y actuar con responsabilidad, sensibilidad y visión de futuro.”

El llamado es para todas las instituciones públicas de educación superior, y es un llamado a cambiar el sistema prevaleciente y las políticas públicas que lo instauraron.

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