Todo parece indicar que el embate militar contra presuntos narco-terroristas iniciado en septiembre —dirigido contra embarcaciones venezolanas— no se detendrá. Por el contrario, todo apunta a que escalará y se extenderá hacia Colombia, e incluso a otros países de la región. México, por tanto, debe estar muy atento a esta peligrosa evolución del conflicto.
Desde el 2 de septiembre, la nueva Fuerza de Tarea del Comando Sur, creada ex profeso para eliminar a “narcoterroristas”, ha ejecutado seis o siete ataques —strikes, en jerga militar— contra embarcaciones que surcaban las costas venezolanas y el Caribe. Según la información difundida, el saldo ronda las treinta muertes. Las imágenes publicadas por el gobierno de Trump son contundentes: muestran ataques quirúrgicos y una letalidad aterrorizante.
Más artículos del autor
Hasta ahora, todos los blancos habían sido lanchas procedentes de Venezuela, aniquiladas en aguas internacionales —según Washington—, es decir, fuera de la jurisdicción de cualquier nación, excepto la más reciente: una embarcación que zarpó de Colombia.
Las imágenes difundidas muestran una embarcación semisumergible cargada con fentanilo, según la versión estadounidense. El ataque, de fecha imprecisa, dejó tres muertos y dos sobrevivientes, repatriados a Ecuador y Colombia para su detención y procesamiento. Es la primera vez que hay sobrevivientes en este tipo de operaciones.
El incidente desató una tormenta diplomática entre Donald Trump y el presidente colombiano Gustavo Petro, avivando un diferendo político que amenaza con añadir inestabilidad a toda la región. Conviene recordar que las tensiones entre ambos mandatarios ya habían escalado durante la Asamblea General de la ONU en Nueva York, cuando Washington revocó la visa de Petro por arengar a militares a desobedecer a Trump.
Petro aseguró que la embarcación era tripulada por pescadores, no por narcotraficantes, y calificó la acción estadounidense como una “flagrante violación” de la soberanía colombiana —una afrenta extensible, dijo, a toda América Latina. Exigió explicaciones por la muerte del pescador Alejandro Carranza y retiró a su embajador en Washington.
La respuesta de Trump fue inmediata y fiel a su estilo estridente. Acusó a Petro de ser “un líder del narcotráfico” y ordenó suspender toda la ayuda a Colombia, además de imponer mayores aranceles —que tenían un promedio de 10 %— a sus exportaciones.
Pete Hegseth, secretario de Defensa, dobló la apuesta: respaldó la operación asegurando que ocurrió en aguas internacionales y que “murieron tres terroristas”. Aprovechó para calificar a los cárteles de la droga con “los Al Qaeda del hemisferio occidental”.
Narrativas filosas enfrentadas
A final de cuentas, se trata de definir quién es el más malo de la película. La batalla no solo es diplomática, sino simbólica.
Petro intenta internacionalizar el conflicto más allá de sus aliados tradicionales —Venezuela y Cuba—, buscando sumar apoyos que contrarresten el poderío estadounidense. Pero luce solo y abandonado. Ningún organismo internacional ha emitido postura alguna y México, una vez más, permanece en el limbo de la recientemente instaurada “Nueva Doctrina Estrada”, obligado por las presiones de Trump.
Así, el mandatario colombiano recurre a la vieja teoría de la conspiración imperialista yanki: detrás de la ofensiva, sostiene, se oculta el objetivo de apoderarse del petróleo de Venezuela y Guyana. “La codicia petrolera de Trump no tiene límite”, sentenció.
En su intento de mostrarse como adalid del narcotráfico, Petro remata con una frase de manual de propaganda: “Ya no conocen a Colombia en el mundo por Pablo Escobar. Me daba tristeza oír eso cada vez que hablaba con un extranjero. Ahora —no quiero caer en egos—, conocen a Colombia por Petro, por este gobierno.” Es bueno aclarar que no se trata de egos; nadie lo hubiera sospechado.
Trump no dejó pasar la provocación y, fiel a sí mismo, no se quedó atrás: “Más vale que Petro, un líder de baja calificación y muy impopular, con la boca abierta hacia Estados Unidos, cierre estos campos de exterminio inmediatamente, o Norteamérica los cerrará por él. Y no lo hará amablemente.”
El magnate justifica sus acciones asegurando que cada barco hundido “salva miles de vidas estadounidenses”. Pero omite detalles cruciales: qué tipo de droga y cantidades transportaban, quiénes eran los tripulantes o a qué cártel pertenecían. Los congresistas demócratas no tienen la fuerza necesaria para conseguir mayores explicaciones.
México en el fuego cruzado
En medio de este tenso tablero, el gobierno de Claudia Sheinbaum insiste en defender a regímenes como los de Venezuela y Cuba, picándole constantemente la cresta a Washington. La más evidente —y penosa— demostración fue su negativa a felicitar a María Corina Machado, ganadora del Premio Nobel de la Paz, y su ausencia en la Cumbre de las Américas en la República Dominicana, en protesta por la exclusión de esos países.
Esa postura podría salir cara. Hasta ahora, México no ha fijado posición sobre el conflicto entre Trump y Petro. Si bien ambos comparten una visión ideológica —Petro no encabeza una dictadura—, el silencio mexicano entonces parecería más un cálculo pragmático que prudencia diplomática.
La vilipendiada Doctrina Estrada —que antaño dio a México prestigio internacional como mediador y garante de soberanía— hoy se usa a conveniencia, carente de identidad y al borde del abismo de la bipolaridad. Se invoca para callar ante los abusos de unos y se olvida para juzgar a otros. Se convirtió en un comodín diplomático, no ya en un principio, pomposamente elevado a rango constitucional y enmarcado en letras de oro.
México se encuentra bajo dos fuegos incompatibles: el de Trump, con la negociación del T-MEC en puerta y la exigencia de combate al narco permanente, y la defensa ideológica de la 4T y sus aliados latinoamericanos. En algún momento podría detonarse un punto de inflexión.
Pero retomando las palabras de Petro, asalta la pregunta: ¿cómo nos conocerán ahora en el mundo? Si a Colombia ya no la asocian con Pablo Escobar, sino con Petro, ¿México no es recordado ya por El Chapo Guzmán…? Quizá será rememorado por Adán Augusto y su “Barredora”, o por el huachicol fiscal, o por Sheinbaum y su 4T. Sería buena idea que alguna empresa demoscópica nos aclare esa duda existencial.