Cuando comenzó este Mundial advertí que la mayor amenaza para el torneo no provenía de los equipos ni de los jugadores, sino de quienes pretendían apropiarse de él para amasar enormes ganancias, y vaya que las hubo. Eso no está de ninguna forma mal, lo que sí resulta cuestionable son las formas empleadas para conseguirlas, pues atentan contra la esencia del juego.
Algunos gobiernos, dirigentes, patrocinadores y la propia FIFA parecían empeñados en demostrar que el futbol ya no les pertenecía a los jugadores y al público, sino al negocio y a la política. Un mes y medio después, el desenlace terminó desmintiendo esa pretensión. España fue campeón porque hizo lo más complicado y, al mismo tiempo, lo más sencillo: jugar futbol.
Más artículos del autor
Fue un extraordinario Mundial en lo futbolístico, aunque no del todo en lo deportivo. Una muestra de ello fue el incomprensible comportamiento del seleccionado argentino al concluir la final, que pareció involuntariamente empeñado en achatar su propio legado y el del propio Messi. No bastó con que España aplastara a una Argentina irreconocible en el campo, incapaz de producir un solo disparo a puerta en 90 minutos, también había que empañar el postpartido y la ceremonia de coronación. Deberán venir sanciones severas de la FIFA contra los jugadores y asistentes argentinos que quisieron improvisar un verdadero cuadrilátero. Perdieron aún más con ello y provocaron un amplio rechazo.
El Mundial nos dejó extraordinarios encuentros, revelaciones inconcebibles, estadios llenos y una organización logística impecable de los tres países anfitriones y de la FIFA. Nada que reprochar. Pero también será recordado como uno de los torneos en los que Gianni Infantino decidió intervenir más allá de la cuenta en la política y el espectáculo, y no en la salvaguarda del futbol y del balón. Lo quisieron achatar y el experimento fracasó.
La lista de excesos fue larga y de naturaleza distinta, pero todos respondieron a una misma lógica: desplazar al futbol del centro del espectáculo. Las pausas de hidratación dejaron de responder exclusivamente a criterios médicos para convertirse en espacios útiles para la televisión y la publicidad. El futbol perdió continuidad y naturalidad para inclinarse ante el negocio.
El prolongado espectáculo del medio tiempo —poco memorable— en la final terminó por confirmar esa tendencia. La Copa del Mundo comenzó a parecerse más al Super Bowl y a otros deportes que al torneo que durante casi un siglo convirtió al balón y a los jugadores en los únicos protagonistas. Pretendían robarles gloria y fueron abucheados. El futbol nunca ha necesitado intermedios musicales —si quiere eso, asista a un concierto— para emocionar a millones de personas y algunos quedamos hastiados de ese teatro del absurdo.
A ello se sumó una actuación notablemente errática del VAR. En numerosos encuentros predominó la incertidumbre sobre los criterios de revisión, las intervenciones selectivas y la evidente disparidad en decisiones similares. Más que aportar certeza, el sistema alimentó la sospecha de tratamientos distintos según el equipo o el jugador involucrado. La herramienta que nació para corregir errores milimétricos terminó generando reclamos kilométricos.
Las decisiones disciplinarias tampoco ayudaron. Varias acciones merecedoras de expulsión encontraron respuestas distintas dependiendo de quién las cometía. Las polémicas alrededor de Lionel Messi y Balogun —con la pequeña ayuda de Trump— se convirtieron en el mejor ejemplo de esa percepción. Más allá de la discusión técnica sobre una jugada específica, quedó instalada la sensación de que algunas figuras —con ciertos amigos poderosos— gozaban de un margen de tolerancia que difícilmente habría recibido cualquier otro futbolista.
Aquí el descrédito y la desconfianza en el órgano rector se anotaron un golazo, como el que le fue anulado injustamente al egipcio Mostafa Ziko. El mejor gol de todo el Mundial fue anulado por el VAR. Maldita ironía.
Argentina terminó simbolizando muchas de esas contradicciones. Nadie a quien le guste el futbol puede negar la enorme calidad de su plantel ni el talento "sobrenatural" de Messi. Precisamente por ello resulta incomprensible que una selección con semejantes argumentos recurriera con frecuencia a recursos antideportivos: la provocación, las pérdidas deliberadas de tiempo, la confrontación constante con árbitros y rivales, y una actitud que por momentos colocó el conflicto por encima del juego. Más que engrandecer el legado de su principal figura, esa conducta terminó proyectando sobre él una sombra innecesaria que lo ha manchado. Una verdadera pena para uno de los más grandes.
Frente a ese escenario apareció España. Mientras se discutía con los árbitros y el VAR —con ceguera crónica, pues no se percató del gol legítimo de Nico Williams—, los españoles movieron y acariciaron el balón. Fue un grupo de jóvenes que se comportó admirablemente en todos los frentes de batalla. Mientras sus rivales se encontraban desorientados, ellos dominaron por completo el partido. Apostaron por el talento colectivo, la posesión inteligente, la velocidad, la técnica, la presión ordenada y, sobre todo, por el respeto a una idea futbolística honorable. Frente a quienes justifican los resultados sin importar cómo se consigan, debemos recordarles que las formas sí importan y mucho. Ganó el mejor equipo y el que respetó al futbol con una templanza asombrosa.
Quizá por ello la ceremonia de premiación resultó anticlimática. La política volvió a reclamar un espacio que nunca le perteneció. La imagen de Trump desbocado y de un Infantino detrás de él, intentando sacarlo de la fotografía, retrata la obcecación del poder por convertirse, a toda costa, en el centro de atención. El mandatario estadounidense invitó a la final y a la premiación a los presidentes "amigos" de Canadá y México, Mark Carney y Claudia Sheinbaum, respectivamente, y al día siguiente les sacó la tarjeta roja con más aranceles y nuevas advertencias de ir tras los narcos y los políticos mexicanos.
La presidenta Claudia Sheinbaum entregando el trofeo a Rodri, quizá el mejor jugador del Mundial reflejó una dura y cruel ironía. Me imagino que nuestra mandataria debió sentirse muy incómoda por ello y por la compañía de Trump, Melania y la realeza española, desenvolviéndose en un "territorio enemigo". Seguramente pasó un trago amargo. Qué bueno que asistió a la final, pero resulta contradictorio que les diera la espalda a los mexicanos presentes en el estadio Azteca.
La FIFA multiplicó ceremonias, espectáculos, mensajes institucionales, intereses comerciales y protagonismos ajenos al juego. Sin embargo, al final ocurrió algo que ningún reglamento, patrocinador o dirigente puede controlar: ganó el futbol.
Ésa termina siendo la mejor noticia de este Mundial. Porque cuando el balón comienza a rodar, tarde o temprano siempre encuentra la manera de fugarse del poder. Y esta vez volvió a salirse con la suya. ¡Viva el futbol!