La presencia de los celulares permitió conocer en tiempo real los efectos de las lluvias: pueblos devastados e incomunicados, personas desaparecidas y fallecidas. Infraestructura pública de mala calidad. El patrimonio familiar arrebatado en unas horas por la vulnerabilidad del abandono. La revelación de la incompetencia de los gobernantes gracias a la comunicación instantánea.
En la pantalla: casas anegadas y sepultadas por toneladas de lodo. Escuelas devoradas por el escombro arrastrado de los cerros. Caminos y carreteras triturados. ¿Edificación de infraestructura pública sin criterios de calidad, por el moche? No se trata de fenómenos naturales recientes, es la desgracia hecha costumbre. Los ojos desorbitados de tristeza en la palma de la mano.
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La ira de los cataclismos y la incompetencia de los gobiernos cebados contra los condenados de la tierra. Campesinos y campesinos indios, atados a la tierra porque no tienen más opción de sobrevivencia que subirse a los montes, al filo de los acantilados y laderas de cerros. En la ciudad, hacinados en los cinturones de miseria. Las llamadas regiones de refugio en el concepto de la antropología mexicana.
Ahora sabemos que de poco sirvió que los alcaldes de las regiones devastadas hayan actualizado su Atlas de Riesgo, si de todos modos fueron ignorados por las áreas competentes del Estado. No se tomaron acciones de prevención en aquellas zonas identificadas de mayor riesgo. ¿Para qué, entonces, hacen gastar a los presidentes en planes de desarrollo sí entregados, pero que nadie los pela? ¿Para darle chamba a empresas cercanas a la Secretaría de Finanzas y Administración?
¿Por qué persiste la misma fatalidad sobre los mismos sectores de la sociedad? Porque las acciones de gobierno, a través de las políticas públicas, de los tres niveles (federación, estados, municipios), condena a grandes grupos de la población a persistir en situación de rezago social. A sobrevivir en la inmovilidad. A morir como nacieron. Como los padres, los abuelos.
El único esfuerzo serio, viable, fundado en evidencia científica y técnica, de romper el círculo generacional de la pobreza (de padres a hijos), lo planteó Santiago Lévy: creador de Progresa-Oportunidades-Próspera (POP). Enfurecido y calculador nomás llegar, López Obrador lo decapitó a hachazos. E hizo el programa clientelar más efectivo del siglo, en el que López Obrador es El Gran Bienhechor, en la narrativa diseminada por los servidores de la Nación. Es la razón de la popularidad.
En un libro muy importante de Lévy (Pobreza y transición democrática, FCE, 2009), se refiere al programa. Dice una cosa que turba a las mentes malintencionadas o perversas. Como en López Obrador. El autor dice que diseñó Progresa no para abatir la pobreza, sino para crear capital humano. Formar ciudadanos autónomos e independientes. Sacarlos de la tutela del Estado colonial, como en el virreinato. En los Juzgados de Indios, los indios hacían valer su lealtad al rey, un valor insuperable.
En un trabajo robusto sobre los programas sociales, de 2021, los académicos concluyen que las intenciones (de mejorar las condiciones materiales del pueblo) del presidente (López Obrador) “no se han traducido en políticas públicas medianamente eficaces. La pobreza ha empeorado, la desigualdad también, y los recursos dedicados al gasto social en los primeros años, contra lo que se dice, son menores a los que dedicó Peña Nieto en el mismo periodo”, (Casar y Núñez González, Nexos, marzo, 2022).
Lo cierto es que en general los programas gubernamentales no modifican la antiquísima matriz de desigualdades. A lo mucho, la refrendan. ¿Por qué? En la tradición mexicana, la pobreza es reserva político-electoral. Se le moviliza en función de los intereses de la clase gobernante, que para eso la paga con transferencias en efectivo. Un hecho inobjetable, reconocido en una mañanera por el presidente. “Con ellos se va a la segura”.
La política social en México no cambia la vida de las personas, a lo mucho, administra su reproducción. Abunda la literatura al respecto. Cito el ejemplar más a la mano: Etnografía de la administración de la pobreza, 2015, Universidad Iberoamericana, la Ciudad de México, de un antropólogo, Alejandro Agudo Sánchez, dotado de buenos recursos académicos y de trabajo de campo.
El que logra salir del encierro de ser pobre, y sube en la estructura piramidal, es porque abandona el país, y se va de bracero, o de plano se mete a la economía negra del narco. La principal fuente de reclutamiento para unos; y único medio para ganar prestigio social para otros.
Regresar al pueblo tripulando una troca, te coloca por encima de los demás, y por primera vez eres motivo de envidia de tu prójimo. La historia hecha canción: “La gente anda preguntando en qué trabaja el muchacho” (Los Huracanes del Norte). Y “si eres pobre te humilla la gente, si eres rico te trata muy bien” (Los Tucanes).
Es la quintaesencia del relato del corrido, y por el que gusta tanto, y tiene arraigo en los sectores de abajo, y mucho de plano añoran acabar su vida como verdaderos héroes de canción: los que se le rifan desde mero abajo y logran tocar las ubres de la luna.
Es preferible unos pocos años viviendo como “reyes”, que muchos como “bueyes”, tirando del arado. Dicho muy popular en los pueblos, cuando aparece alguien con afanes moralizantes o se enfrentan a los disimulados mensajes del gobierno.
Los pobres se saben excluidos del gran convite de la República. No de ahora, desde el momento mismo en el que se impuso el nuevo régimen político y la Nueva España se convirtió en el Estado Libre y Soberano de México.
Los triunfantes blancos de razón en la guerra de Independencia, criollos y españoles, prometieron a los indios un país de igualdad para todos. Los coaccionaron a jurar lealtad al nuevo régimen, y en seguida se fueron sobre sus tierras comunales, con el indio Juárez a la cabeza.
No es aventurado decir, entonces, que Juárez concluyó tres siglos después la conquista de los pueblos indios, dejada a medio hacer por los castellanos, promulgando sus leyes de desamortización de tierras en manos muertas. Las de los pueblos.
Es una herida abierta que gobierno tras gobierno, y campaña tras campaña, prometen cerrar. El más audaz de todos en los tiempos modernos fue Vicente Fox. En su discurso de protesta del cargo de presidente de la República prometió establecer una nueva relación del Estado Mexicano con los Pueblos Indios.
El Congreso consensó la ley indígena más generosa que se haya registrado hasta ahora. Pero López Obrador se encargó de boicotearla para ahondar la brecha entre el gobierno del PAN y los grupos de izquierda liberal y de izquierda radical.
Con Fox los indios levantados en armas recorrieron el país, protegidos por las fuerzas de armas, encabezados por su líder máximo, Marcos. Hablaron desde el Congreso, la máxima tribuna de la nación. Marcos –El Guerrillero, cual estrella de cine– fue entrevistado por Julio Scherer para Televisa.
Con López Obrador el EZLN fue arrinconado. Hasta ponerle bozal. Con esto quiero ponderar que no hay solución a la vista para los pueblos indios, que no sea mediante un régimen plenamente democrático.
Parecerá fuera de lugar referir reminiscencias de un pasado remoto. Pero el problema de los indios pobres, los que ahora resienten los estragos de las lluvias, es un problema que lleva cinco siglos, o si se quiere ser más preciso. Dos siglos.
La promesa de edificar un país soberano, en la que todos sus miembros gozarían de los mismos derechos, sin distingos de posición social o raza, resultó ser una quimera. En los hechos, el mexicano es un Estado contrahecho, que reproduce las desigualdades implantadas durante los primeros años de la Colonia.
Eso explica que la mayoría de los afectados de los desastres sea población pobre, en regiones de ascendencia indígena, y regiones inhóspitas, caracterizados por servicios públicas de mala y pésima calidad.
Los indios nómadas del norte resistieron la colonización europea dos siglos más gracias a la pronta asimilación del caballo y la pólvora, nos recuerda Gabriel Zaid. El teléfono celular convertido en instrumento ciudadano de denuncia pública.
Tal vez por eso se dice que el gobierno tiene una ley en letra chiquita que lo facultad a revisar los teléfonos privados en tiempo real. Una medida de censura que ni en sus momentos más siniestros imaginaron los comisarios del Tribunal de la Inquisición.
Chayo News
Gracias al acopio realizada por el INAH, a través de sus coordinaciones nacionales, la licenciatura de Arqueología de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, el Centro INAH-Puebla, y la asociación civil Perspectivas Interdisciplinarias (PIRED AC), el martes, el arqueólogo Alberto Díez Barroso y un servidor, estuvimos en la comunidad de Chila de Juárez, Honey, un pueblo indígena otomí, haciendo la entrega de los víveres. Nuestro agradecimiento a los donantes que confiaron en nosotros, y a las autoridades municipales, en especial al señor Alberto Ordaz, presidente, y a las autoridades de la Junta Auxiliar. Nada tan conmovedor como ver el regocijo inocente de los niños.
@ocielmora