El problema no son los viajes ni el costo de ellos. Todas las personas tienen derecho a vacacionar, a descansar, especialmente quienes trabajan bajo agendas de alto estrés. Desde hace varios años se ha instalado una narrativa que presenta a los políticos y funcionarios públicos como personas que no merecen nada.
La percepción generalizada los tacha de flojos, corruptos e inútiles. Sin embargo, la realidad es que la mayoría son personas honestas y trabajadoras, que nunca han tocado un solo peso del erario. Funcionarios con sueldos promedio, que no se hacen ricos ni viven en fraccionamientos exclusivos. Son ciudadanos comunes, con verdadera vocación de servicio, que ponen su talento al servicio de su ciudad, estado o del país.
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Generalizar y meter a todos los servidores públicos en la misma canasta ha sido profundamente injusto. Porque no todos son iguales. La indignación social que vemos hoy no está dirigida a esa gran mayoría honesta, sino a las élites que han abusado históricamente del poder, con dobles discursos, saqueos y prácticas que han deteriorado no solo las instituciones, sino también la imagen del servicio público.
Estoy convencida que ha sido perjudicial para la imagen moral de la 4T haber ganado casi todo y quedarse sin contrapesos reales. Antes de 2024, aún se podía responsabilizar a los gobiernos de oposición de los excesos, la corrupción o el despilfarro. Incluso se podía citar la famosa frase de AMLO: “No puede haber gobierno rico con pueblo pobre”. Pero hoy, cuando el poder está concentrado y los ejemplos más visibles de excesos, lujos y gastos que no corresponden con los ingresos de los funcionarios provienen del mismo movimiento que en 2019 promovió una Cartilla Moral, basada en la ética pública y personal como principios rectores de la vida nacional, resulta inevitable preguntarse: ¿qué pasó con ese proyecto de transformación profunda?
Lo realmente preocupante no es que algunos personajes del nuevo régimen ostenten lujos. Lo verdaderamente grave sería que intentaran ocultarlo, intentando convencernos de que aún viven “en la justa medianía”. Quienes hemos trabajado cerca del poder sabemos que, sin importar el color partidista, las trampas siguen ahí, más vigentes que nunca.
Por eso la pregunta es válida, urgente y necesaria: ¿Dónde quedó la Cartilla Moral de la 4T?
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