A comienzos de este año, diversos análisis de riesgo advertían que la inestabilidad política internacional sería el principal factor de incertidumbre para el crecimiento económico global y el comportamiento de los flujos de inversión. Aunque el conflicto entre Rusia y Ucrania ocupaba un lugar central en estos escenarios, también se anticipaban tensiones en Medio Oriente —particularmente entre Israel y Palestina, y el papel de Irán con su imprecisa capacidad nuclear bélica—, sin prever la dimensión que ha cobrado actualmente.
Los informes coincidían también en la imposibilidad de prever el rumbo político de Estados Unidos, sobre todo ante el segundo piso del inasible Donald Trump -allá también gozan de su segundo piso, aunque no lo patentaron- lo que añadía mayor inestabilidad al anterior orden mundial, que hoy parece convaleciente.
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Asistimos así a una reconfiguración del poder global -el mundo ya no es como antes- que no se articula en coordenadas ideológicas claras, sino bajo una lógica cruda de concentración de poder. En este nuevo escenario, las autocracias y dictaduras —cada vez más numerosas— adoptan un discurso de “doble pensamiento” orwelliano, en el que se invoca la paz, la democracia y la libertad para justificar acciones bélicas y otras atrocidades.
Ya no se trata de escaramuzas diplomáticas: hoy se avanza con determinación, y lo más alarmante, violando abiertamente el Derecho Internacional, las convenciones multilaterales y la Carta de las Naciones Unidas, firmadas por casi todas las naciones, incluido Estados Unidos. Hoy, todo ese andamiaje jurídico y político parece letra muerta.
Este contexto resulta clave para entender el momento que enfrenta México. Hace apenas unas semanas, el país lidiaba con las redadas antiinmigrantes trumpianas, un asunto abordado en colaboraciones anteriores. Ahora, enfrentamos una coyuntura posiblemente más grave, cuyas implicaciones —aunque algunos las minimicen por considerarlas ajenas— repercuten de manera directa en la ya deteriorada relación bilateral con Estados Unidos.
La lógica estrecha de este pensamiento, parece creer, como en un acto de fe, que no lo es, que la hasta ahora “mini guerra”, nos cayó como anillo al dedo. Conseguimos un respiro, un alivio, que nos sacará de la mirada de Trump, que estará más ocupado en Medio Oriente que en lo que haga su vecino del Sur. Sin embargo, los mensajes derivados de la reciente acción militar estadounidense contra instalaciones nucleares en Irán son profundamente inquietantes, especialmente para México.
Lamento ser aguafiestas. La decisión de Washington de lanzar un ataque unilateral contra un país que, desde la perspectiva del Derecho Internacional, no había agredido a nadie, constituye un precedente peligroso. Bajo el pretexto de un “ataque preventivo”, se ensayaron nuevas tecnologías bélicas. La lógica subyacente es clara: “ataco primero, por si acaso”. Una reinterpretación contemporánea, e igualmente preocupante, de la sentencia revolucionaria mexicana: “jusílenlo, después viriguamos” o de lo que ocurre en Puebla, legisla, después preguntamos.
¿Qué puede venir para México, si Trump, desprecia las leyes y el derecho internacional? El presidente estadounidense advirtió veladamente unos días antes su ataque a Irán y cumplió su amenaza. Tenía planeado este escenario militar y aunque parezca ocurrencia, no lo fue.
¿Cuántas veces ha anunciado su intención de actuar contra los cárteles mexicanos, ahora catalogados como grupos terroristas? ¿Qué lo detendrá ahora para intervenir en territorio nacional, con el consentimiento o no del gobierno mexicano? Nos queda claro, que con la justificación de perseguir a narco-terroristas, Estados Unidos, con sus propias leyes, puede desarticular laboratorios de fentanilo o atacar enclaves del crimen organizado.
Ante este panorama, resulta más urgente que nunca que el Estado mexicano condene de forma clara y enérgica la violación al Derecho Internacional cometida por Estados Unidos en Irán. No basta con emitir llamados abstractos a la paz, ni con recurrir a referencias vaticanas de León XIV.
Históricamente, los gobiernos mexicanos —en contextos igualmente complejos, aunque diferentes— han sostenido una política exterior basada en el respeto irrestricto a las normas internacionales, condenando toda acción unilateral. Fue una postura, basada en la reconocida política exterior mexicana –desdibujada en la actualidad- que resistió filiaciones partidistas y fungió como escudo frente a intentos intervencionistas de potencias extranjeras. Le dio a México prestigio y liderazgo diplomático, especialmente en América Latina, y le permitió defender su soberanía con mayor eficacia sobre todo en relaciones asimétricas. Se extraña, en estas coyunturas, esa diplomacia ida.
La respuesta débil del actual gobierno mexicano frente al ataque estadounidense a Irán podría interpretarse como un esfuerzo por evitar tensiones con Trump. ¿Se trata de enviar una señal de alineamiento incondicional con Estados Unidos, con la esperanza de obtener beneficios en temas bilaterales sensibles como la migración, los aranceles, las visas, las listas de políticos vinculados con el crimen organizado y lo que se acumule? Si es así, se trataría de una estrategia riesgosa, que intentaría evitar lo inevitable, basada más en la vulnerabilidad que en el cálculo.
Muchos analistas han elogiado el pragmatismo de la presidenta Sheinbaum en asuntos globales y particularmente en su relación con Trump. No obstante, conviene no confundir el pragmatismo con la omisión. El presidente estadounidense ya ha demostrado que cumple sus amenazas. Ignorarlo o subestimarlo sería un error estratégico grave. Ha dejado claro que no se siente obligado por las normas internacionales, aquellas que, por décadas, garantizaron una paz relativa en el sistema de naciones.
Posdata: La paz en Medio Oriente dista de estar asegurada, pende de hilos muy finos. Las acciones preventivas difícilmente sientan las bases de una paz duradera. La historia lo ha demostrado con creces. Seguiremos observando el desarrollo de este conflicto, cuyas repercusiones ya cambiaron el orden mundial. De eso no cabe duda.