Si algún trazo, pincelada o impronta le faltaba a nuestro lienzo para completar nuestra marina mexicana, era esto.
No bastó con el escándalo cada vez más oscuro y siniestro en torno a la cancelación de visas de la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar, y su esposo. Ahora, a esa turbulenta imagen, se suma otra marina: la Secretaría de Marina Armada de México, coloquialmente llamada Marina.
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Ambas Marinas, distan mucho de evocar a aquellos cuadros apacibles, luminosos, de colores suaves que inmortalizaron amaneceres, atardeceres, acantilados, canales o ríos, pintados por Canaletto, Turner o José María Velasco, que, ahora se exhiben en The National Gallery de Londres.
Este par de Marinas mexicanas retratan con claridad turbulencias y un mar embravecido, que parece no querer dar tregua a nuestros quebrantos nacionales.
El encallamiento de popa del Buque Escuela Cuauhtémoc tras colapsar en el legendario e icónico puente de Brooklyn de Nueva York, que une a los distritos de Manhattan y Brooklyn -construido a partir de 1869- , es inverosímil y una cruel ironía. De nueva cuenta nos remite a la categoría que nos endilgó para siempre André Breton: “México es el país más surrealista del mundo”.
El padre del surrealismo lo dijo al quedarse asombrado por las contradicciones en el arte y la vida de los mexicanos que conjugaban lo maravilloso y lo absurdo al mismo tiempo. Breton lo dijo en 1938, cuando visitó México huyendo del fascismo en Europa. Vaya ironía de la vida, ahora los exiliados que recibimos, tienen una connotación muy distinta de aquellos.
Hablar de surrealismo en México se ha vuelto un lugar común, una excusa para no intentar analizar lo inverosímil o aparentemente inexplicable. Pero ver al Cuauhtémoc navegando de reversa por el río Hudson, golpeando el puente con sus tres mástiles y con decenas de marinos apostados en cada uno, en el anochecer neoyorquino… eso desafía incluso al surrealismo.
Hasta hace no mucho, estas travesías eran acompañadas de noticias sobre la picaresca vida de los marinos mexicanos. Comunicados que giraban en torno a reyertas, bravatas, amoríos efímeros y algunas botellas de ron de más (como buen marinero que se precie de serlo). Algunos paisanos detenidos o golpeados, que la diplomacia mexicana de aquellas épocas y sus oficinas consulares resolvían con atingencia. Hasta ahí alcanzaba la nota de pasquín.
Nadie podía dar crédito de lo que se vio, se escribió y se seguirá escribiendo sobre el trágico evento, en el que perdieron lamentablemente la vida dos jóvenes marinos.
Surgieron muchos "expertos" espontáneos, verdaderos “Popeyes y Brutus” virtuales, que lo explicaban todo. Inmediatamente se enfrentaban en un ring virtual con sus teorías náuticas y políticas, sin la estilizada Olivia, ni latas de espinacas de por medio. La politización no se hizo esperar y subió como espuma de mar.
Para añadir más surrealismo -si pareciera imposible- morenistas de Nueva York postearon videos desde la citada embarcación antes del percance -al parecer una de ellas de origen poblano y armentista- para promover la votación en favor de algunas candidatas y candidatos al Poder Judicial. En un error evidente, incluso confundió las funciones de dicho poder con el legislativo. Más allá de la ilegalidad, reveló un alarmante desconocimiento. Así es imposible votar.
También vale la pena preguntarnos si la Marina no está siendo desbordada por las múltiples funciones que se le han asignado en los últimos años: seguridad, puertos, aduanas, salud pública, construcciones. Como el personaje de caricatura El Pulpo Manotas, que con ocho brazos no alcanzaba a cumplir todas las órdenes del inefable Alférez Pérez. Cuando estaba en problemas, muy frecuentemente, solo atinaba a gritar ¡Ay Mamá Pulpa!
El puente de Brooklyn ha sido protagonista y escenografía de fondo de incontables películas como Manhattan de Woody Allen; Érase una vez en América, de Sergio Leone y otras más palomeras como Godzilla, Spiderman, Pandillas de Nueva York, Batman. Recuerdo otra, Last exit to Brooklyn, con la música y guitarra de Mark Knopfler de Dire Straits y cuyo título pareciera remitirnos a que quizá el buque pretendía alcanzar esa última salida.
El Cuauhtémoc pudo haber sufrido este accidente en cualquier lugar del mundo. Pero ocurrió, justo ahí.
Las preguntas que saltan son: ¿por qué el destino urdió esto? ¿Por qué tuvo que ser en Estados Unidos y específicamente en Nueva York y no en otra parte del mundo? ¿Por qué tuvo que ser en el Puente de Brooklyn y no en el George Washington u otro menos simbólico? ¿Por qué tuvo que ser el barco insignia de la Marina y no otra fragata? ¿Por qué otra vez, nos arrincona e incordia con Estados Unidos, como si no tuviéramos bastante con el estilo de negociar de Trump?
Lo que ocurrió, es un episodio prístino del surrealismo mexicano puro. Una escena global de nuestro propio caos, lamentablemente en este caso, for export.
Posdata. Hay que ser serios y esperar, esperar y seguir esperando -como ha recomendado la presidenta Sheinbaum en otros temas delicados- los resultados preliminares, que se estimaron en 30 días, por parte de Washington y la National Transportation Safety Board (NTBS) y de la SEMAR, que al parecer ya se adelantó muchísimo, para deslindar responsabilidades. Es lo mínimo que merecen los jóvenes fallecidos, sus familias y, por qué no, todos los mexicanos.