UNO. La mala fe de Donald Trump es tal, que de manera grosera y despectiva descalificó la política de seguridad de la presidenta de México. Entrevistado durante un vuelo, Trump dijo que Claudia Sheinbaum es una “mujer encantadora”, pero que teme enfrentar al crimen organizado. Sabía que su declaración sería difundida en nuestro país por los medios de comunicación y por las redes sociales.
Fiel a su naturaleza, Donald Trump no buscaba otra cosa que abrir fuego en contra de Sheinbaum y crear conflicto. El presidente norteamericano está empecinado en sacar de sus cabales a la presidenta. Le urge, al parecer, tener un fuerte encontronazo con ella para justificar, tal vez, medidas severas contra el país, tanto económicas como políticas. Posiblemente tenga la necesidad de justificar el envío de tropas a este lado de la frontera, con el pretexto de enfrentar a los cárteles del crimen organizado.
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Sin embargo, a diferencia de él, la presidenta Sheinbaum sí ha aprendido, en la relación tormentosa que Trump ha establecido con ella, que la prudencia es un recurso valioso ya que le ha dado buenos resultados en el manejo de la interacción. Así, en un evento público el domingo pasado, la presidenta se refirió a las afirmaciones de la prensa norteamericana, según las cuales Donald Trump le habría ofrecido la intervención del ejército de su país para combatir al narcotráfico. Ella admitió que, efectivamente, en alguna de sus múltiples llamadas él había hecho un ofrecimiento respetuoso, no en la forma reportada por los periódicos de Estados Unidos.
Trump le preguntó, sostuvo la presidenta, cómo podría ayudarla porque estaba dispuesto a hacerlo y afirmó que su respuesta fue: “No presidente Trump, la soberanía no se vende; la soberanía no se negocia”. El lunes por la mañana, durante su conferencia matutina, el tema surgió de nueva cuenta y, con sobrada inteligencia emocional, la presidenta no se apartó del guion que ha diseñado junto con sus asesores de comunicación política: repitió que México está en posición de colaborar con Estados Unidos, pero que no permitirá la intromisión de sus fuerzas armadas. Dejó zanjado el asunto, para evitar, dijo generar desencuentros.
DOS. Pero el discurso del presidente norteamericano tiene jiribilla. El objetivo inmediato es molestar a la presidenta; una vez que Trump consigue que sus interlocutores caigan en su juego, avanza hasta donde quiere llegar porque sabe que tiene la partida ganada. No lo ha conseguido y difícilmente hará que la presidenta responda con agresiones. Sin embargo, hay una segunda intención que, en el mediano plazo, podría darle resultados. Él sabe que la política de seguridad que Sheinbaum ha echado a andar es diametralmente opuesta a la que siguió López Obrador. Siempre estuvo claro que ella se olvidaría de los “abrazos”. Por eso se decantó por García Harfuch como secretario de Seguridad, a pesar del disgusto de su mentor.
Claudia ya no repite en sus discursos que no habrá la “guerra de Calderón” porque ya hay —es un hecho innegable— guerra y es la “guerra de Sheinbaum”. Los resultados que el secretario de Seguridad ha entregado en los siete meses de la actual administración, en términos de detenciones de miembros de las bandas criminales, decomisos de drogas y desmantelamiento de laboratorios ilegales, superan por mucho a los alcanzados por López Obrador en sus cinco años. Donald Trump sabe esto y sabe, también, que esta política no es del todo grata para el expresidente.
Dígalo si no, la descortesía tanto de Adán Augusto como de Fernández Noroña de abandonar, por razones distintas, el recinto en la que García Harfuch compartía con los senadores los alcances de la estrategia de seguridad. Argumentar que los esfuerzos desplegados son insuficientes no persigue si no hacer ver que el fenómeno es de tales dimensiones que requiere, desde la perspectiva de Trump, permitir el ingreso de tropas estadounidenses, que no la cooperación informativa de México hacia Estados Unidos, como ha ofrecido reiteradamente la presidenta. Es difícil saber si ella está de acuerdo, pero la propuesta de Trump implicaría entrar en un conflicto más amplio con López Obrador. En el peor de los casos para ella, esto es una encrucijada.
No son pocos los expertos en materia de seguridad que han planteado, también en no pocas ocasiones, que el fenómeno del crimen organizado requiere de una estrategia global, en la que no sólo México y Estados Unidos deberían participar, sino también Canadá. El Congreso está facultado para permitir acciones coordinadas de este tipo sin que se ponga en juego ni se pierda la soberanía. Los cárteles son mexicanos, es cierto, pero el fenómeno incluye no sólo la producción, sino también la distribución y el consumo. Los tres países están involucrados en, por lo menos, alguna de las fases del proceso. Las propuestas han tenido eco en el Senado mismo. Ricardo Anaya, el parlamentario más activo actualmente, ya lo propuso. Fue escuchado, pero nada pasó después.
Sin duda, Trump continuará buscando la manera de desquiciar a la presidenta. Lo único que va a conseguir es darle a ella extraordinarias oportunidades para que siga convenciendo a sus fieles seguidores que es la más valiente y recalcitrante defensora de la soberanía. Entretanto, el fenómeno adquirirá nuevas formas y dimensiones, en respuesta a la actual guerra.
Porque no hay de otra: o los crímenes de las bandas organizadas se combaten con una estrategia multinacional o, más temprano que tarde, terminaremos viviendo en un narco estado, si no es que ya vivimos en él.
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