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OPINIÓN

El lobo solitario de Teotihuacán

Abundan las armas en manos de civiles y faltan mejores políticas públicas de salud mental

Jorge Calles Santillana

Académico jubilado, interesado en la política y su socialización a través de los medios y las conversaciones públicas. Estudioso de las representaciones forjadas en la intersección de medios de comunicación, redes sociales, audiencias y prosumidores. Deportivamente, azul: Cruz Azul, Dodgers y Cowboys.

Viernes, Abril 24, 2026

UNO. La afirmación de que el ataque armado en Teotihuacán, en el que una turista canadiense fue asesinada, fue producto de un “lobo solitario”, es propia de todo manual de manejo de crisis y está orientado a tranquilizar a la población.

No obstante, es indebida y precipitada porque un acto violento, por extraño que pudiera parecer, no es un indicador fiable de trastorno mental, según la literatura psiquiátrica. Determinar si el joven guerrerense, autor del crimen, tiene padecimientos mentales requeriría estudios que reclaman personal calificado y tiempo.

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Dirigir la atención al estado mental del perpetrador y reducirlo a un acto aislado evita que, por lo menos, otros dos temas relevantes ocupen la agenda pública. Uno, el incremento cada vez mayor de armas ilegales en México. Otro, la necesidad de revisar la situación de la salud mental en nuestro paìs y el status de las políticas públicas que de ella se ocupan.

En los últimos veinte años, el ingreso ilegal de armas a México ha crecido exponencialmente. Mientras que se calcula que en 2004 ingresaron poco más de noventa mil armas de manera irregular, en los últimos años el número creció hasta alcanzar el medio millón. De esa manera, algunos especialistas sostienen que en estos días entre 16 y 17 millones de armas están en manos de civiles, trece millones de los cuales han sido introducidas ilegalmente.

En los últimos años la narrativa oficial ha responsabilizado a las empresas vendedoras de armas de los Estados Unidos; poco se dice respecto de la laxitud de nuestras autoridades aduaneras. Esas armas llegan al país a través de nuestras fronteras. Más allá de que sea posible fincar responsabilidades a los vendedores, nuestros gobiernos deberían preocuparse por evitar el flujo elevando las restricciones de ingreso y la vigilancia en nuestras aduanas. ¿No convendría hacerlo a un gobierno que dice estar dispuesto a frenar el poder del crimen organizado?

DOS. Por otra parte, proponer una política de salud mental como la que ha planteado la Presidenta a raíz del atentado implica, antes que nada, un diagnóstico serio de la materia y de las posibilidades reales que, en este momento, tiene el gobierno para afrontar uno de los tantos problemas de salud que nos aquejan.

Si la Presidenta refirió para evitar mayores raspones, debe saber que tomar el asunto precisa algo más que sugerir modificaciones legislativas y ofrecer discursivamente mayor atención a quienes la requieran.

Para que el país esté en condiciones de dar servicios que garanticen una adecuada atención a la salud mental deberán desarrollarse políticas integrales que tiendan a atender, de manera seria, profunda y no discursiva simplemente, las profundas desigualdades económicas y la situación de precariedad en la que viven el grueso de la población. Eso implica hacer crecer de manera robusta los mercados laborales formales y reducir los informales (éstos propician ambientes de estrés que fomentan desequilibrios mentales), mejorar salarios y transformar los ambientes laborales.

Un plan de salud mental ambicioso y bien planeado reclamaría la integración de los servicios médicos, hoy dispersos e ineficientes, incrementar sustancialmente el personal médico y orientar la atención de acuerdo con un modelo comunitario de atención personalizada y no uno centrado en instituciones, como el que hoy existe, un sistema de salud plural y carente de conexiones sistémicas.  

Según el Mental Health Atlas de 2024, México presenta fuertes déficits en materia de inversión pública en materia de salud mental, en número de psiquiatras por cada diez mil habitantes, una brecha muy alta en acceso a tratamiento (siete de cada diez personas necesitadas de atención no la reciben), así como graves diferencias regionales: los servicios tienden a estar concentradas en las grandes ciudades y en las zonas del país más afluentes.

Si bien la tesis del lobo solitario ayuda a reducir la tensión provocada por este hecho inusitado, lo cierto es que la presencia de un arma en un sitio turístico y la posibilidad de que México esté a las orillas de empezar a enfrentar fenómenos que siempre asumimos lejanos a nuestra idiosincrasia, como la presencia de jóvenes partícipes de la cultura incel y, ahora, asesinos masivos deben motivar reflexiones profundas.

El gobierno deberá prestar atención, desde ya, al creciente número de armas en manos de civiles y enfocarse en cortar su contrabando. Por supuesto, el asunto de la salud mental deberá ser tomado con mucha seriedad.

Sin embargo, en la medida en que hacerlo reclamará una muy fuerte inversión y una planeación como pocas veces hemos tenido en México, es posible que en el futuro debamos afrontar nuevas desgracias y terminemos consumiéndonos en reproches, acusaciones y descalificaciones polarizadas.  

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