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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Anatomía de un vacío: razón relegada y conciencia alienada

El fetichismo de la mercancía y la idealización de la imagen, nos hace animales de ficción

Nelson Loranca y Campos

Licenciado en Derecho por la IBERO Puebla, maestro en Derecho (USAM) y doctor en Derecho en Ciencias Penales y Juicios Orales (USA). Magistrado Federal por el 28 Circuito. Es académico y columnista.

Jueves, Abril 24, 2025

En septiembre de 2008, Mario Vargas Llosa publicó en la revista Letras Libres el artículo de opinión La civilización del espectáculo.

El ganador del Premio Nobel de Literatura critica a la sociedad contemporánea en la que el entretenimiento se ha erigido como valor supremo, desplazando otros ideales y convirtiéndose en una herramienta universal para combatir el aburrimiento.

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Este fenómeno, afirma el autor, tiene sus raíces en el bienestar económico posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando el crecimiento de las clases medias, la liberación de costumbres y el auge de las industrias del entretenimiento —impulsadas por la publicidad— transformaron la diversión en un mandato generacional.

Advierte que, en el contexto de la globalización —la mundialización del capitalismo, los mercados y la revolución tecnológica— se ha creado una cultura de masas en la que impera el consumo de todo tipo de productos. Una sociedad en la que el único valor existente es el que fija el mercado.

Otros pensadores, como Gilles Lipovetsky en La era del vacío, han abordado estas sociedades del espectáculo y el consumo: culturas que relegan la razón mientras las empresas capitalistas se mueven en un océano de público sin defensas intelectuales, convirtiendo a las personas en presas de la cosificación.

Este estadio industrial avanzado de la sociedad contemporánea —el fetichismo de la mercancía— está tan enraizado en los consumidores que se pierde de vista el interés por lo intelectual, lo social, lo cultural e incluso lo político.

Así, líderes de opinión, “influencers”, artistas, la moda y la publicidad crean comunidades entregadas al consumo sistemático de objetos y experiencias vacías, mermando la conciencia de las inquietudes sociales, intelectuales y espirituales. De este modo, los individuos funcionan como rebaños que no advierten la manipulación a que están sometidos; no existe autoemancipación, pues vivimos en sociedades automatizadas controladas desde las pantallas.

De acuerdo con Dussel, la idolatría del hombre moderno consiste en que ha llegado a divinizar el dinero, el capital, se ha divinizado a sí mismo, sistematizando la opresión del humano para aumentar en riqueza (1). Hegel en su Jenaer Realphilosophie concibe al dinero como la vida de lo que está muerto, moviéndose en sí misma.

Nietzsche, por su parte, habló de la decadencia e impotencia del hombre moderno, al que llamó el “último hombre”. Lo describió como un borrego de rebaño —mezquino, filisteo, burgués, decadente, amante del confort y de la satisfacción fácil—, una radiografía de nuestras sociedades contemporáneas.

Esta civilización moderna, seducida por la economía, reduce la realización del ser al mero obtener. Jean Baudrillard señala que la sociedad actual ha convertido a la cultura en un objeto de consumo trasladado a todos los ámbitos, incluso a la política, transformándola en mera mercancía.

De este modo, los ideales de izquierda —defensores de la igualdad social— terminaron seducidos por la diversidad sectorial y cooptados, en última instancia, por las empresas capitalistas que los convirtieron en nichos de mercado. Esa diversificación transformó al multiculturalismo y a la diversidad en valores intrínsecos, ahogando su propósito central: la emancipación de los oprimidos.

La nueva modernidad, no es, sino la multiplicación de las opresiones y, por tanto, su cancelación mutua. Cuando todas las expresiones sociales estén oprimidas —por género, raza, identidad cultural, ideales, capacidades e incluso gustos—, el proyecto emancipatorio de la izquierda se diluye.

En nuestro tiempo, la construcción de una falsa realidad se ha vuelto predominante, como si la realidad auténtica fuera miserable. Esta simulación, se ha convertido en la experiencia central de muchos; lo que se percibe como verdadero ya no es lo tangible, sino lo que proyectan las pantallas, que definen nuestra percepción del mundo.

Primero, el objeto aparece como componente externo que, de a poco, comenzará a interiorizarse en el propio cuerpo.

Las distopías de Huxley en Un mundo feliz, y de Orwell en 1984, si bien distantes en sus elementos, encuentran un punto de convergencia en el vaticinio de una sociedad controlada en su conjunto: las “tele pantallas” reflejadas hoy en el consumo de contenido tecnológicos, íntimamente relacionados a la “soma”, experiencias y objetos para mitigar la melancolía que el propio sistema genera.

En la medida en que el desarrollo digital eclipse mayormente los espacios de la vida habitual del ser humano, lo que somos, si es que alguna vez fuimos algo, irá mutando. Como reflexionó Ortega y Gasset, la personalidad es función de aquello a lo que atendemos.

La sociedad actual está alineada en beneficio del objeto y de la experiencia contemplada; la contemplación mella la vivencia porque el espectador se identifica con lo observado y ve disminuido su propio deseo.

El mito de la caverna, está más vigente que nunca, cambiaron quienes proyectan las sombras, pero cómo en la República de Platón los prisioneros no quieren ver el mundo real. Somos animales de ficción, meros espectadores.

Referencia
Dussel, E. (1980). El ateísmo de los profetas y de Marx. Filosofía ética latinoamericana V: Arqueológica latinoamericana. Una filosofía de la religión antifetichista. Bogotá: Universidad Santo Tomás. Centro de enseñanza descolonizada

 

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