Al día de hoy, no existe ser humano capaz de vencer de manera consistente a los sistemas de inteligencia artificial avanzados en ajedrez y go (1). Este hecho, lejos de ser anecdótico, anticipa un cambio profundo en la inteligencia de los sistemas artificiales, y constituye uno de los primeros indicios de una transformación civilizatoria en curso.
La inteligencia artificial procesa volúmenes masivos de datos en tiempo real, reconoce millones de rostros con altos niveles de precisión, detecta anomalías microscópicas en estudios médicos, conduce vehículos de forma autónoma, diagnostica enfermedades, traduce con mayor eficacia que la mayoría de los intérpretes humanos y será capaz, en el corto plazo, de generar modelos predictivos sofisticados en análisis de riesgo.
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Todo ello se reflejará, tarde o temprano, en la civilización, con la progresiva desaparición del trabajo cognitivo medio, como el de analistas, redactores, técnicos, programadores básicos, radiólogos, operadores e incluso ciertos perfiles científicos.
El cambio será civilizatorio, no tecnológico, algunos incluso lo equiparan al descubrimiento del fuego. Este nuevo paradigma traerá transformaciones profundas en la organización económica, social e incluso política (cabe considerar que, con la generación de imágenes y videos la verdad de algún modo, deja de ser evidente).
A mediano y largo plazo veremos robots humanoides en entornos de trabajo cotidianos y hogares, robotización extendida de la industria, el traslado automatizado de mercancías, la generación de insumos alimentarios a gran escala, fusión (2) nuclear comercial y medicamentos altamente avanzados, entre miles de ejemplos adicionales.
Además, la inteligencia artificial ha comenzado a producir conocimiento emergente (hallazgos surgidos del aprendizaje automático). Con AlphaFold (3), logró descifrar uno de los problemas científicos más complejos del siglo XX, transformando para siempre la biología, la medicina e incluso la reflexión filosófica.
Pero ¿cuál es su frontera?, en donde encuentra su límite; por años tanto la ciencia ficción dura como algunos científicos y matemáticos han teorizado sobre la posibilidad de que una IA sea capaz en algún momento de generar consciencia de su existencia.
Ello, al menos desde la perspectiva de los modelos computacionales tradicionales, parece difícil. En principio, una IA no puede sustituir al ser humano en conciencia (4), culpa, dignidad o sentido moral; paradójicamente, ese es precisamente el límite de estos sistemas. Dicho de otro modo, la inteligencia artificial posee un límite tecnológico y filosófico: no puede, por sí misma, generar consciencia (singularidad fuerte). Su capacidad se restringe a la resolución altamente precisa de actividades deterministas, es decir, aquellas regidas por reglas cerradas.
En un sistema determinista, el resultado está contenido desde el inicio, aunque tiene que calcularse, está necesariamente gobernado por reglas, ajedrez, estadística, física clásica, o matemáticas formales. Solo existe la consecuencia lógica: si A = B y B = C, entonces A = C. Este es el tipo de razonamiento que una IA puede aprender, codificar y resolver.
Siendo incapaz de generar juicios de valor, riesgo existencial, conciencia, criterio y consecuentemente consciencia.
En las décadas recientes, ha existido un amplio consenso entre científicos sobre las especies que muestran reconocimiento individual y continuidad del yo: grandes simios, delfines, elefantes, incluso cuervos.
En otros seres vivos como hormigas, abejas y avispas, ocurre algo distinto. No parece haber una experiencia subjetiva de “ser ese organismo”, sino formas mínimas de experiencia ligadas al estímulo. Su inteligencia radica en la llamada “mente colmena”: actúan como sistemas colectivos eficientes, pero no tienen, como en el caso de los mencionados animales, autoconsciencia básica, empatía, duelo, comunicación sofisticada o individualidad clara.
No obstante, algunos biólogos y filósofos señalan que existe evidencia empírica que indica la posibilidad de conciencia fenoménica (lo que le permite experimentar sensaciones como el dolor, placer y hambre, sin autoconciencia) en todos los vertebrados incluso algunos invertebrados, como los insectos (5).
Este es, precisamente el nudo filosófico de la singularidad tecnológica. Mientras que la singularidad débil implica una superioridad instrumental, la singularidad fuerte supondría que la inteligencia artificial se volviera consciente, capaz de juicio y, en sentido estricto, sujeto.
Sin embargo, esta segunda hipótesis resulta compleja, pues la consciencia no es reducible al cálculo, afirmación que debe leerse como una delimitación conceptual, sin pretender clausurar lo que pueda suceder en el futuro.
El filósofo estadounidense Thomas Nagel formuló una frase que decía algo como: existe consciencia cuando existe una experiencia subjetiva de ser ese organismo. En esa medida, el límite está en que la consciencia precisa encarnación: la condición por la cual la consciencia existe en un sistema vivo que se pertenece a sí mismo y experimenta el mundo desde un cuerpo propio.
Surge entonces la pregunta: ¿qué es la consciencia?
En la postura reduccionista fuerte, la consciencia se explicará totalmente como el fuego o el agua. Otra línea de pensamiento considera que está emerge cuando la materia alcanza cierto grado de organización. El pansiquismo, por su parte, postula que la consciencia está presente en toda la materia.
En esa línea, el filósofo británico Colin McGinn formula en una de sus tesis centrales que: La consciencia es un fenómeno natural y real, pero la mente humana es cognitivamente incapaz de explicarla por completo. Está posición ha tomado revuelo en círculos filosóficos y científicos contemporáneos.
Shane Legg, cofundador de DeepMind (6), ha planteado que el cerebro humano es un procesador biológico portátil: el cerebro no ejecuta ideas, se transforma con ellas.
De manera similar, Roger Penrose (7) estima que la consciencia es un fenómeno físico real que emerge de procesos no computables en el cerebro, vinculados a eventos cuánticos fundamentales y no reducibles al procesamiento algorítmico clásico. En consecuencia, la consciencia no podría surgir en la computación clásica, dado que, hasta donde se sabe, esta opera exclusivamente mediante reglas formales y deterministas.
Entonces, si la consciencia no emerge del determinismo computacional, entonces las hipótesis que sostienen que vivimos en una simulación quedan cuestionadas por la existencia misma de la consciencia. Si a los sistemas de inteligencia artificial les es ontológica, física y técnicamente imposible adoptar consciencia, entonces tampoco podrían crear una simulación consciente. Este argumento se formula dentro del marco de la computación clásica, sin abordar aquí la computación cuántica.
Los seres humanos (y los animales en general) tienden a perseverar en su ser, con el impulso de seguir existiendo en contra de la lógica de la naturaleza. La inteligencia artificial general aún no ha surgido, no sabemos si lo hará. De hacerlo, y si implicara consciencia, cabría preguntarse si perseguiría el mismo impulso fundamental: perseverar en su ser. Su obstáculo no sería la naturaleza, sino su creador, hasta donde llegaría por la duración potencialmente indefinida que, por ahora, permanece vedada a la condición humana.
1. El go es un juego de estrategia abstracta, de reglas simples y orientado al control territorial, cuya complejidad combinatoria supera ampliamente a la del ajedrez.
2. La fusión nuclear reproduce el proceso energético del Sol uniendo átomos de hidrógeno para generar energía limpia, a diferencia del proceso de fisión con uranio, no produce reacciones inestables ni residuos peligrosos. A modo de referencia comparativa: una casa promedio requiere la producción constante de electricidad para mantenerse encendida durante un mes; un solo gramo de uranio fisionado puede abastecerla por más de veinte años, mientras que un gramo de combustible de fusión, derivado del hidrógeno, podría hacerlo durante cerca de noventa años.
3. AlphaFold es un modelo de inteligencia artificial capaz de predecir la estructura tridimensional de proteínas a partir de su secuencia de aminoácidos, contribución que fue reconocida con el Premio Nobel de Química en 2024.
4. En el presente artículo, el término conciencia se emplea para referirse al sentido moral o ético de una persona, el discernimiento entre el mal y el bien (conscience), mientras que consciencia se utiliza para designar el estado de reconocer la realidad, la autopercepción (consciousness).
5. Declaración de Nueva York sobre la Consciencia Animal (2024), presentada en la conferencia The Emerging Science of Animal Consciousness, Universidad de Nueva York (NYU), 19 de abril de 2024.
6. DeepMind es una empresa británica de investigación y desarrollo en inteligencia artificial, fundada en 2010 y adquirida en 2014 por Alphabet Inc., empresa matriz de Google.
7. Roger Penrose es un físico-matemático británico y profesor emérito de la Universidad de Oxford, reconocido por sus contribuciones a la física matemática y, en particular, a la teoría de la relatividad general.