El descubrimiento hace apenas unas semanas del Rancho Izaguirre en Teuchitlán, Jalisco, pone en evidencia la magnitud del horror que atraviesa México debido a la violencia asociada al fenómeno del narcotráfico de las últimas décadas. Este espacio, donde un número indeterminado de jóvenes fueron secuestrados, torturados, asesinados y sus cuerpos eliminados, representa la materialización más cruda de la violencia estructural que se ha normalizado en amplias regiones del país. Los testimonios sobre hornos crematorios, torturas y ejecuciones extremadamente crueles nos enfrentan a una realidad que algunos prefieren ocultar y muchos otros no quieren ver. Y mientras el gobierno federal intenta minimizar y responsabilizar al pasado del horror de Jalisco, la violencia continúa su marcha implacable.
En estos mismos días, Puebla ha sido escenario de hallazgos igualmente perturbadores; el más significativo es el de cinco cuerpos abandonados en las inmediaciones de la Feria de Puebla. La imagen de estos restos humanos, arrojados como basura en una zona históricamente emblemática, opera como una macabra metáfora de la realidad nacional: la muerte junto a los juegos infantiles, la muerte normalizada e integrada al paisaje, la muerte convertida en parte del espectáculo de lo cotidiano.
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Raíces estructurales de la violencia
Lo ocurrido en el Rancho Izaguirre y en la Feria de Puebla no son episodios aislados, sino la expresión concentrada de un proceso que opera cotidianamente en nuestro país. Este proceso inicia mucho antes de que las víctimas lleguen a estos espacios de muerte: comienza con la producción y reproducción sistemática de sujetos prescindibles, despojados de su dimensión política e histórica, reducidos a mera materia disponible para la explotación, el abuso y, finalmente, la eliminación. Los jóvenes que terminan en estos campos ya habían sido convertidos en "desechables" por las condiciones estructurales antes de su desaparición física. Estos jóvenes, excluidos del sistema educativo, sin acceso a trabajos dignos, sometidos a vigilancia y criminalización selectiva, son el producto de decisiones políticas concretas, no de un simple vacío de poder. El Estado, entendido en una acepción amplia como el conjunto de relaciones de poder institucionalizadas y no formales, está presente en su aparente ausencia. La exclusión social y económica es una política estatal, no la falta de ella.
Esta condición de prescindibilidad no es accidental: es el resultado de un ordenamiento político y económico que determina qué vidas merecen ser protegidas y cuáles pueden ser sacrificadas. Lo que algunos teóricos han denominado "necropolítica", se manifiesta precisamente en esta gestión diferenciada de poblaciones, donde ciertos grupos son sistemáticamente expuestos a condiciones que comprometen su supervivencia, mientras otros reciben protección y cuidado. Lo más perturbador de esta deshumanización es que opera sin provocar indignación social generalizada. La muerte violenta de un joven de barrio marginal no genera la misma conmoción que la de alguien de un sector privilegiado. Esta respuesta diferenciada revela cómo la sociedad ha interiorizado jerarquías implícitas sobre el valor de las vidas humanas. Cuando se descubre una fosa con decenas de cuerpos, la pregunta inmediata no es cómo evitar que esto siga ocurriendo, sino si las víctimas "andaban en algo" que justifique su eliminación.
La estética de la muerte y las manifestaciones simbólicas de la violencia
La violencia no sólo se ha normalizado como práctica, sino que ha generado sus propias expresiones culturales. La narcocultura, con sus códigos estéticos, sus valores y sus narrativas, es la manifestación simbólica de una realidad material concreta. Los narcocorridos, las series televisivas y la estética asociada al narcotráfico codifican, reflejan e interpretan una realidad cotidiana para muchos jóvenes. Estos corridos y narrativas no son la causa de la violencia, sino el reflejo y vehículo de reproducción de una realidad social ya fracturada; son síntoma y espejo, no origen del problema, aunque su popularización naturaliza y perpetúa ciclos de violencia ya presentes en el entramado social.
Mientras familias buscan a sus desaparecidos, la narcocultura glorifica a quienes perpetran violencia. Esto se evidenció en la Feria del Caballo de Texcoco 2025, donde el público reaccionó con indignación cuando Luis R. Conriquez se negó a interpretar "corridos bélicos". El duelo colectivo y la celebración de la violencia emergen de un mismo origen estructural: la desigualdad estructural y la falta de oportunidades legítimas. El incidente de la Feria de Texcoco reveló algo más perturbador que una preferencia musical: los asistentes reaccionaron como devotos a los que se les ha negado su rito. No era música lo que exigían, sino la reafirmación de una mitología donde el criminal es héroe y la violencia es camino de ascenso social.
Ante este fenómeno, diversos estados han intensificado medidas contra la "apología del delito" prohibiendo narcocorridos. Estas prohibiciones han generado debate: unos argumentan que glorifican la violencia, otros señalan que vulneran la libertad de expresión. Sin embargo, estas prohibiciones resultan ineficaces al abordar manifestaciones culturales sin tocar las estructuras que las generan. La tendencia a culpar a manifestaciones culturales por fenómenos sociales complejos invierte la relación causal: la narcocultura no crea narcotraficantes, sino que refleja una realidad preexistente.
La narcocultura como espejo del sistema económico
Ciertamente, la narcocultura no es neutral en sus efectos. Refleja y a la vez reproduce valores como el individualismo extremo, el consumismo ostentoso, la masculinidad violenta, la objetivación de los cuerpos femeninos. Pero estos valores no son exclusivos de la narcocultura: son exacerbaciones de los mismos valores promovidos por el sistema económico dominante. El narcotraficante que exhibe riqueza, poder y violencia no es la antítesis del empresario exitoso celebrado en los medios, sino su versión sin filtros, despojada de las mediaciones formales que recubren la acumulación capitalista "legítima".
En efecto, la narcocultura revela al sistema capitalista en su expresión más descarnada. Mientras el capitalismo convencional mantiene una fachada de legalidad, civilidad y responsabilidad social, la economía del narcotráfico expone sin tapujos la lógica de acumulación, competencia y dominación que subyace a ambos sistemas. Los valores que ostenta, éxito individual a cualquier costo, acumulación material como símbolo de valía personal, jerarquización social basada en el poder económico, no son invenciones del mundo criminal, sino intensificaciones de los principios que rigen la economía global.
La diferencia fundamental radica en los métodos: mientras el sistema formal oculta sus violencias estructurales tras complejos entramados legales e institucionales, el narcotráfico ejerce su poder de manera directa y explícita. Esta transparencia en la brutalidad es, paradójicamente, lo que hace a la narcocultura tan atractiva para amplios sectores de la población, especialmente jóvenes: ofrece una versión sin hipocresía del mismo sistema que los excluye por vías "legítimas".
Hacia una aproximación crítica a la narcocultura
El problema del debate actual sobre la narcocultura no es que aborde lo cultural, dimensión fundamental de cualquier fenómeno social, sino que lo hace de manera superficial y descontextualizada. Se concentra en las expresiones más visibles (música, vestimenta, lenguaje) sin analizar las estructuras profundas que las generan y sostienen. Esta banalización del debate cultural cumple una función política clara: desviar la atención de las responsabilidades institucionales y estructurales. Es más sencillo culpar a un corrido por la violencia que reconocer su causalidad en la distribución desigual de oportunidades y recursos.
Frente a esta simplificación, necesitamos una aproximación más compleja y crítica a la dimensión cultural de la violencia. Esto implica analizar tanto las condiciones materiales que producen determinadas expresiones culturales, como el papel activo que estas juegan en la reproducción o cuestionamiento del orden social. En lugar de demonizar expresiones culturales específicas, deberíamos preguntarnos: ¿qué condiciones sociales hacen que estas narrativas resulten atractivas? ¿Qué necesidades simbólicas y materiales satisfacen? La transformación cultural requiere la creación de condiciones que hagan posibles otros horizontes de sentido y pertenencia.
El debate sobre la prohibición de narcocorridos nos plantea una falsa disyuntiva entre libertad de expresión y seguridad pública. No se trata de elegir entre permitir cualquier contenido sin restricciones o censurar toda expresión que incomode, sino de construir una respuesta integral a la violencia. Las prohibiciones y criminalizaciones desde el aparato estatal reproducen las mismas lógicas punitivistas que han demostrado ser ineficaces para abordar fenómenos sociales complejos, buscan castigar lo que ellos mismos generan, eso es una contradicción en el seno del propio Estado en su acepción más amplia.
La respuesta no puede limitarse a medidas coercitivas que sólo atacan las expresiones superficiales del problema. La verdadera transformación debe surgir desde la base social, a través de la reorganización comunitaria, la recuperación de espacios públicos, y la construcción colectiva de alternativas culturales que disputen el terreno simbólico que hoy ocupa la narcocultura. Son las propias comunidades, con sus saberes y prácticas, quienes pueden articular respuestas efectivas que no reproduzcan la violencia sistémica.
Frente al horror del Rancho Izaguirre y tantos otros espacios de muerte, no podemos permitirnos debates reduccionistas. La cultura es un campo de batalla crucial, pero no el único. Combatir la narcocultura sin transformar las estructuras económicas y políticas que la generan es seguir operando en la misma lógica del sistema que la produce. Las soluciones efectivas requieren intervenciones integrales que modifiquen tanto las condiciones materiales que producen la violencia como los marcos simbólicos que la normalizan. La cultura es espacio de disputa y para transformarla la única vía es la transformación material de la realidad.